LA LLUVIA EN LA MAÑANA



Aún ahora a las 8:03 de la mañana están cayendo unas diminutas gotitas de rocío sobre la ciudad. El sol las alumbra y tratan de esconderse. Se hunden entre la sábana clara del día que luce ya hermoso. Brillan los vidrios enormes del edificio cercano y sus barrotes blancos acanalados. El firmamento tiene hoy vestido azul infinitamente claro. El sol es tenue pues el frío de la madrugada aún penetra en la piel.
Hoy amaneció lluvioso el día. No sé por qué llora. Esas lágrimas tienen una razón de ser. Nadie llora sin un motivo. ¿Y a la mañana quién no la adora? Ya la aurora se fue. Es la hermana mayor de la mañana y tiene muchas horas para adelante que las puede aprovechar. Los copitos de lluvia le mojarán el cabello pero el sol naciente los puede ir secando con la ayuda de la brisa o el viento.
Veo pasar a través de mi amplio ventanal, sin cortinas, la mañana rauda sin paraguas. Salió con la aurora sin pañoleta ni sombrero de calle y con los cabellos sueltos. Se ve alegre, con su veste azul claro casi hasta los pies. Se ve larga, candorosa su tez y el paso algo apresurado. No quiere dar la impresión de afán porque sabe que el sol la persigue y no desea perder la placidez de un cuerpo fresco.
Ha dejado de briznar. ¿Así se dice? Sí. Las briznas son gotitas casi imperceptibles que tienen una vida efímera. Casi no alcanzan a llegar al suelo desde la nube que las deja caer insensible. Sin embargo, producen una frescura en el ambiente que aprovechaba la mañana.
Pero ya salió el Sol, algo imprudente y sabedor que es el dueño del día. Es el Rey de los días y puede salir sin sombrero, en pantaloneta y en chanclas, como todo un turista en la playa.
Él sabe de la dureza de sus rayos, de picazones en la piel, de cremas en los brazos y la cara, pero para eso es el Rey. Eso al Rey no le afecta. Va raudo y sin afán. El no suda ni lleva toalla, siquiera. Ni tampoco lleva un jugo o una bebida de tarro. Desde que nació no he leído que necesite entrar a un bar a tomar una limonada o a comprar en el supermercado una servilleta o pañito refrescante y de olor discreto.
La mañana sigue y ha entrado al ritmo de la gente. Camina erguida de la mano del Sol. Mira a lo alto y allá, lejos, observa unas nubes livianas y algo turbias que amainan los rayos. Sigue su camino sin preocuparse. Ve pasar a su lado automóviles, camionetas, pocos buses. Allá en el Bulevar del Río, empiezan a pulular vendedores y algunos poquísimos paseantes que se sientan a conversar de la noche pasada. La mañana los mira a su paso y no pierde el ritmo. Nadie alaba su caminado ni la veste que ya tiene unos pliegues arrugados a esta hora. Oh… algo detrás la inquieta. Unos nubarrones con tarros amenazan mojarla…
17-11-17 8:35 a.m.



