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La Limosnera Aristocrática

La Limosnera Aristocrática

La Limosnera Aristocrática

  • Ruth Aguilar es médico-psiquiatra, esposa del escritor Eduardo Santa, ha publicado dos libros, el primero autobiográfico, muy relacionado con su profesión; el segundo, una selección de cuentos que realmente no lo son pues se trata de personajes que ella ha tratado como psiquiatra, desde luego, cambiando la «nomenclatura» por razón moral de su profesión, pero son historias reales. Prepara otro libro de relatos y me ha enviado “La Limosnera Aristocrática” pues me parece muy antológico y recuerda el cuento de Rafael Pombo «era una pobre viejecita sin nadita que comer”. Un cordial saludo, Neftalí Sandoval.

Ruth Aguilar Quijano

Octubre 12 del 2014

   Salía todas las tardes, con su grueso abrigo de paño fino que le llegaba hasta los tobillos y que ya no se podía esclarecer de qué color era exactamente, a caminar lejos de su elegante barrio, donde nadie la conociera y se paraba en una esquina con muchos cruces de carros, pues confluían en ella varias vías de una ciudad algo caótica, en extremo congestionada, superpoblada, y cuyos habitantes estaban acostumbrados a ir en automóvil hasta para comprar un confite. El semáforo en dicha esquina, por extrañas casualidades de la ineficiente administración, estaba tan mal sincronizado que era eterno en cambiar de rojo a amarillo y luego a verde.

   El sitio dada esta característica del lentísimo cambio del semáforo, se había convertido en la esquina favorita de personajes muy variados, dándose cita allí: limosneros, jóvenes acróbatas, malabaristas, niños que limpiaban los vidrios de los automóviles, discapacitados en sillas de ruedas que llamaban a conmiseración, indígenas de diferentes etnias quienes vendían bolsas de plástico y tejidos de colores vistosos, portando carteles deslucidos en los que con mala ortografía explicaban su condición de desplazados en miseria; hombres que ofrecían folletos, libros, películas, discos, cargadores de celular, limpiones, placas con diversos nombres impresos y todo un variadísimo repertorio de mercancías que cambiaba según las diferentes épocas del año. Para Agosto, por ejemplo, se engalanaba la esquina de cometas; para el 20 de Julio y otras fechas cívicas, las tricolores banderas nacionales de diferentes tamaños ondeaban al viento recordando a todos la historia de la patria y para las festividades de la  navidad, aparecía otro contenido de escenario con objetos llamativos de adornos, juguetes y demás implementos para exornar la casa, los almacenes y los jardines.

    De igual forma no faltaban las flores que otros vendedores ofrecían. Todos corriendo sin cesar desde su puesto de “trabajo” a la orilla del sardinel, hasta el automóvil que por fortuna les requería su mercancía, muchas veces sin llegarlas a adquirir en protesta por el precio exigido, ya que siempre regateaban el costo al pobre, cosa que nunca hacían con los poderosos en los deslumbrantes almacenes de los centros comerciales donde ejercían su derroche económico.

   Nuestro personaje pasaba los 70 años de edad, estaba muy avejentada y demasiado flaca, por lo que el faldón del raído abrigo parecía carecer de sustento corpóreo; sus greñas las llevaba hasta el hombro y se entremezclaban las canas con tinturas ya demasiado desteñidas de colores rojizos, rubios y amarillentos. Conservaba sus finos rasgos de mujer que había sido bella y sus ojos deslucidos deslumbraban por un no sé qué de desvarío.

   Era descendiente de un rico hacendado quien le había dejado una buena herencia y en su casa equipada con exquisito refinamiento y opulenta tradición lucía todo en orden, limpieza y magnífica disposición, gracias al eficiente desempeño de su buena ama de llaves, quien llevaba acompañándola más de cuarenta años en fiel e irrestricto cumplimiento de sus deberes.

   La mujer, a quien nuestro ojo escrutador seguía de cerca, había quedado completamente sola en línea descendiente y ascendiente; y por fuerzas misteriosas que se agitaban en su cerebro y que dominaban por completo su destino, estaba en la certeza de ser pobre en grado sumo y vivir en absoluta indigencia.

   Esto motivaba sus escapadas en la tarde, pues al sentir que no poseía ni un solo centavo, iba a pedir limosnas a los transeúntes y preferentemente a los conductores de carros quienes tenían que sufrir el largo lapso de tiempo que aquél semáforo les imponía. Ya era familiar para muchos la imagen de la mujer y algunos le estiraban alguna moneda de poco valor y otros hacían caso omiso de su presencia, al tiempo que los había quienes se embebían en elucubraciones acerca del origen de la enigmática vieja, quien en algo se diferenciaba de los demás integrantes de este abigarrado escenario callejero, retrato enigmático de una ciudad en la que se daban cita el lujo y la pobreza, el derroche y la miseria, la ostentación de poder y el vacío denigrante de ejecutorias auténticas en relación con la justicia social, el decoro y el buen gobierno.

    Había una pareja en especial, que afirmaba que la buena señora era una rica propietaria y afincaban su certeza en el hecho que alguna vez la habían pillado entrando a una lujosa residencia en un buen barrio no muy lejos de aquél semáforo.

    Unos decían que a lo mejor era la empleada mal pagada, explotada por esos miserables ricos y a lo mejor sufriendo malos tratos, vejámenes y hasta hambre. Otros afirmaban que era una vagabunda a quienes los buenos ricos de la casa daban alojamiento y no faltaron los que afirmaron que era una parienta pobre de aquella familia a quien tenían en total abandono, brindándole únicamente la posibilidad de la posada en las noches.

     Lo cierto es que la mujer cumplía su peregrinaje de la mansión al semáforo todos los días como si se tratara de un trabajo esclavizante que le impedía tener descanso, días libres, vacaciones o alguna opción de cambio.

    Su ritual de limosnera aristocrática era como su propia identidad y las monedas que a diario recogía su más preciado tesoro.

    El tiempo fue pasando y los estragos de la vejez hicieron en ella honda mella y nuestra aristócrata mendicante enfermó de pulmonía, ya que el frio en las tardes en aquella ciudad de alta latitud lesionó su débil contextura física y hubo de guardar cama por varios días en los que fue empeorando cada vez más, pues aunque estaba bien asistida en compañía, atenciones, medicamentos y visitas profesionales de galenos de alto rango, nadie vislumbró siquiera cuál era la causa de su falta de ánimo y su extremo negativismo en relación con su propia mejoría.

    Era un secreto que ella llevaría consigo hasta la tumba y su médico de cabecera, erudito y eficiente, jamás alcanzó a dilucidar la real etiología de la enfermedad de su paciente, pues aunque la pulmonía cedió, la tristeza la tenía postrada y el desánimo era tan grande que ya ni comía ni dormía y fue entrando en un círculo vicioso ajeno a toda comprensión, pues en la misma medida que no mejoraba, así mismo le era imposible efectuar su recorrido a su lugar de trabajo que le daba valía, significado, razón de ser a su existencia.

    A nadie confesó la mujer que estaba invadida por sentimientos de miseria, de carencias extremas. Nadie entendería esto pues sus relacionados, galenos y vecinos, se habían creído el cuento de esa señora que se autodenominaba “ama de llaves”, quien decía a los cuatro vientos que ella era la rica propietaria de la mansión donde vivía y de otros muchos bienes que le producían jugosas rentas.

    Así fuera cierta toda esa historia, según su parecer, ella estaba arruinada, completamente pobre, sin un solo peso y si no comía ni recibía las ricas viandas que le ofrecían, era porque en su mente, al no poder ir al semáforo a pedir sus limosnas, ella carecía de todo alimento, pues no tenía en realidad con qué comprar ni un pan, ni un solo bocado.

    Era pobre, muy pobre, y ahora miserable del todo ya que no podía ir a recibir su salario de mendiga impenitente y este hecho la tenía del todo postrada.

   Otros mendigos del mismo semáforo principiaron a extrañar la competencia que les hacía la mujer, en especial uno que compartía su clase social, pues pertenecía a una familia de profesionales exitosos, quienes ocupaban un nivel de respetabilidad consagrada en la ciudad. Él era esquizofrénico y su insania mental lo había llevado al estado en que se encontraba, pidiendo limosnas y alimentándose de sobras que le ofrecían en algunos restaurantes cercanos a aquel semáforo de tan lentos cambios. Las dos familias, la del joven esquizofrénico y la de la mendicante aristocrática estaban relacionadas por algún lejano enlace de parientes y aunque cada uno sabía quién era el otro, ellos se respetaban su respectivo secreto haciendo caso omiso de su procedencia, pero en el fondo de sus certezas mentales, sentían respaldo uno en el otro, algo de seguridad y mucha identificación psicológica.

     Otra asistente al mismo semáforo y que en algo sentía filiación con nuestro personaje, vendía limas para las uñas, tijeritas para el costurero y otras útiles  mercancías. Era de la misma edad de la aristócrata pero, aunque arrugada y delgada, algo en sus movimientos y en la luz de sus ojos la hacían parecer más conservada, más integrada, más activa y diligente. Ese algo era el trabajo, ella en aquel semáforo estaba trabajando, era vendedora ambulante y pertenecía a esa clase denominada en nuestro singular  país “economía informal”; por lo que ocupaba un nivel importante dentro de la estratificación laboral de la sociedad. Así pues, tenía su  propia identidad, su propio rango. Ella no pedía, ella brindaba a sus clientes elementos sumamente necesarios. Era simpática, sonriente, dicharachera y siempre trataba de poner conversación a sus compradores. Ya los transeúntes que ordinariamente pasaban por allí, la esperaban cuando requerían alguno de los implementos que ella ofrecía y de no estar algún día en su sitio de trabajo, era un hecho de lamentar.

    Los jóvenes malabaristas pertenecían a otro grupo social, los había integrantes de familias fraccionadas en las que no existía la figura del padre y donde la madre era quien llevaba el sustento al hogar, generalmente fruto de la prostitución o de la venta de dulces, o drogas psicoactivas en las salidas de colegios y universidades; o eran quienes lavaban los pisos de edificios u oficinas de ejecutivos, bien fuera empleados del gobierno o de empresas que alcanzaban altísimos ganancias, pero que se limitaban a pagar a sus empleados rasos el llamado “salario mínimo” que de mínimo no tenía nada, pues no alcanzaba sino para engrosar la miseria, el hambre, las carencias de toda índole en las familias en las que lo devengaba solo uno de sus miembros, el más afortunado. Los demás eran desempleados, niños y adolescentes quienes habían caído en el consumo de drogas o en alguna otra trampa de la miseria, como el hurto, el vagabundeo o en el mejor de los casos, estaban enganchados en “el trabajo informal”, arriesgándose en negocios de algo tan perecedero como la venta de flores que llevaban en baldes de pintura desocupados llenándolos con aguas lluvia o del caño cercano, para ofrecer ramilletes hermosos que exornaban los separadores de las calles, dándole a la ciudad un toque sin igual de naturaleza viva, de ligera alegría, de gentil delicadeza.

   Vendían rosas de todos los tonos primarios y pastel sin faltar la romántica rosa roja sangre toro, que algunos llamaban la “Lola Montes”; atractivas gérberas de exóticos colores en los que sobresalía el naranja encendido y el fucsia metálico; claveles blancos y carmesí, y anturios gigantescos rosados y encarnado oscuro, lo mismo que las familiares astromelias. Ramilletes hermosísimos y variados, que señoras adineradas desde las ventanillas de sus carros compraban a bajos precios, regocijándose en dicho acto al creer que habían logrado buena ganancia, al contrario de lo que sentían cuando en elegantes floristerías pagaban altos precios creyéndose que subían de categoría social enviando a sus amistades cajas lujosas con unas pocas rosas y de costo desproporcionado.

   También los había de marginadas familias de afro descendientes cuyos esbeltos jóvenes se entrenaban a diario en hacer piruetas peligrosas, encaramándose unos encima de otros para dar saltos y brincos arriesgándose incluso a caer en el pavimento con desastrosas consecuencias. Y no faltaba el hombre ya no tan joven, quien hacía una serie de suertes con un sombrero, pasándoselo de un lado a otro de su cuerpo con tal habilidad que parecía que el sombrero tuviera su propio movimiento y en ágiles volteretas subía y bajaba, para terminar en la cabeza del hombre sin que se viera explícitamente su intervención en el recorrido de su mágico sombrero. Este hombre era de rasgos físicos que recordaban al pariente de algún alto ejecutivo; vestía sin harapos, iba limpio y afeitado y se enojaba ostensiblemente cuando no recibía “la paga” por su espectáculo callejero.

   El viejo de la silla de ruedas, sucio, maloliente, desgreñado y con un rostro que recordaba al ogro de Pulgarcito, llegaba hasta insultar a los conductores de los carros que no se comedían a brindarle su limosna, estando él necesitado, completamente incapacitado y tan encorvado en su silla, que no podía mirar directamente a sus tacaños e insensibles agresores, sino que lo hacía de medio lado, con sus negros ojos muy grandes y cejas gruesas, refunfuñando palabras ininteligibles y supuestamente soeces.

   Nuestro personaje pertenecía pues a esta variadísima familia de mendigos y “trabajadores informales” que llevaba algún tiempo ejerciendo sus funciones en aquella animada esquina que se había convertido como en un teatro del absurdo, en el que se daba cita la tragedia humana.

   Murió de tristeza, murió de angustia, ya que no tenía qué comer; era como la pobre viejecita del famoso poema de Pombo, pero ella, nuestro personaje, estaba presa en un desvarío mental que la abocaba al pánico. Nunca se supo la razón verdadera de su muerte, pero lo cierto fue que el joven esquizofrénico al ver el grande obituario en algún periódico que vendía otro de los visitantes de la esquina polimorfa, dio aviso a todos sus integrantes y el cortejo fúnebre de nuestra limosnera aristocrática fue enaltecido por los malabaristas de pelotas multicolores, hachuelas peligrosas que giraban en las hábiles manos de los muchachos de barrios pobres que se habían entrenado juiciosamente en su espectáculo, junto con sus otros compañeros quienes hacían la misma suerte pero con bastones encendidos en fuego en uno de sus extremos; al tiempo que los esbeltos jóvenes afro descendientes giraban dando volteretas en el aire en homenaje a su compañera de esquina, con quien habían compartido las escasas monedas que uno que otro conductor les brindaba; a más de las lluvias frecuentes, los vientos helados, las perennes hambrunas y también las resignadas alegrías.

   Las honras fúnebres de nuestro personaje, de acuerdo con su posición social y económica, se efectuaron en la Iglesia más elegante de la ciudad y allí se dieron cita sus pudientes relacionados, pertenecientes a juntas directivas de empresas en las que se movían grandes sumas de dinero, de las que ella era socia y accionista importante. Asombrados, vieron en forma despectiva y de protesta el nutrido espectáculo de mendigos y gentes humildes que rendían a su compañera de infortunio, homenaje sincero, grandioso en afecto y multimillonario en expresión de imágenes, artes y compenetración trágica de la indefensión, de la carencia, del vacío ofensivo de la necesaria justicia social.

   El cortejo se hizo a pie desde el frente de la lujosa casa de la mendiga aristocrática hasta la iglesia, pues quedaba a unas pocas cuadras de distancia, y la gente al ver aquel singular desfile pensó que se trataba de algún teatro callejero de los que cada año se daban cita en la ciudad para el famoso festival y aplaudieron todos el paso de aquel conjunto de personajes tan afectivamente comprometidos en la presentación de sus destrezas circenses y muchos de ellos de los espectadores, alborozados y divertidos, les alargaron billetes de buena denominación, creyendo que se trataba de “integrantes extranjeros” de renombre a nivel internacional.

   El desfile iba encabezado por el carro mortuorio con la morada cinta fúnebre en la que se leía en grandes letras doradas el nombre de la finada con todos sus sonoros apellidos de tradición en la ciudad, pero que las desprevenidas gentes que observaban interpretaron como otro truco ingenioso de los maravillosos teatreros que engalanaban la ciudad.

    El joven esquizofrénico dirigía el grupo muy cercano al ataúd, le seguía la viejecita vendedora de limas y tijeras, hilos y dedales, junto con el ogro de la silla de ruedas. Detrás los esbeltos afro descendientes se ejercitaban como hábiles saltimbanquis y los muchachos de los malabares hacían  sus suertes con sus diferentes elementos que daban especial brillo al cortejo.

   Al paso por otra esquina, se les unieron los vendedores de flores a quienes espontáneamente se les ocurrió repartir a cada uno de los acompañantes, aquellas que ya estaban en proceso de marchitamiento; las mujeres engalanaron sus cabezas con claveles rojos y rosas amarillas, al tiempo que los caballeros pusieron en sus cinturones los anturios de largos pistilos, a modo de erectos penes sonrosados  asomando de sus faldones como un grito de vida ante la muerte.

   También se unieron al cortejo los vendedores de la llamada franja de “economía informal” y el que expendía aquellas placas amarillas con nombres diversos grabados en letras negras, fue entregando a la entrada del templo sendas plaquillas, a cada uno de los distinguidos asistentes, en un despliegue de generosidad sin límites: a este la del nombre de Ernesto, a aquél la de Julio, Bernardo, Samuel, Bonifacio, Germán; a aquella del collar de perlas el de Graciela; a la de la fina bufanda de encaje dorado el de Manuela; y a la joven pálida y dientes prominentes el de Julia y a la brabucona matrona la de Raquel. Todos asombrados y sin resistencia alguna, recibían su respectiva placa, como en un automatismo de hipnótica repercusión; y perplejos vieron que la mayoría coincidían con sus propios nombres, lo que fue un momento de fuerte impacto emocional colectivo, pues en el fondo era como recordarles a cada uno su propia realidad de muerte segura, de fatua certidumbre de triunfo y poder, pues todo ese derroche de dinero y lujo que los acompañaba era solo un distractor de la cruda realidad ante lo perecedero de la existencia humana.

-Vanidad de vanidades y solo vanidad, fluía en el ambiente.

   Luego de entrar el féretro a la iglesia, en la plazoleta exterior  quedó únicamente el joven experto en manejar prodigiosamente el diábolo, lanzando al aire, certero y seguro, con la cuerda distendida cogida entre sus dos manos, muy alto al cielo, el potente cono metálico, girando, girando, ascendiendo frenético como en representación gráfica del pedido a los dioses, a quienes sin proponérselo conscientemente reclamaba mejor fortuna para él y para todos sus compañeros, quienes, como resultado del consabido atropello social, fueron retirados bruscamente del ritual litúrgico, impidiéndoles en forma injusta entrar al templo detrás del ataúd, bajo el mandato perentorio y de rabia soterrada que invadió a los señores ricos cuando lograron salir de su perplejidad, mostrándose soberbios, despreciativos, muy molestos e indignados por la incomprensible e incomodísima presencia de esa maloliente turbamulta pegada al féretro de la enigmática “limosnera aristocrática” a quien ellos siempre desconocieron por completo, estando motivada ahora su presencia en el sepelio exclusivamente por su abultada riqueza económica, el vil dinero, ése dinero que ella ignoró por completo, tal vez sin saberlo, como revancha emocional ante ese odioso culto que siempre se le tuvo en su hogar exclusivamente a las fortunas materiales.

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