LA ESENCIA HUMANA
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
Para Marx el trabajo es la esencia humana. Se entiende por esencia aquello que hace que un ser sea ese y no otro. En otras palabras, aquello que permite que el ser humano sea verdaderamente humano. Para nuestro autor, en las sociedades divididas en clases el hombre no se realiza plenamente en su trabajo. El carácter instrumental del trabajador, la explotación, la expropiación que se hace de su ser, invalida la posibilidad de realizarse en su esencia. La principal preocupación de Marx en “Los Manuscritos de 1844” es precisamente rescatarle la esencia al hombre. El comunismo es el modelo de sociedad perseguido por Marx. Pensamos que habiendo fracasado el denominado “socialismo real”, con mayor razón el comunismo ha sido una imposibilidad. Por lo tanto, es el capitalismo el modelo económico que nos corresponde experimentar y reflexionar.
Vale la pena preguntarnos: ¿El capitalismo es un humanismo? A propósito, en el libro “Reglamentos en las oficinas del gobierno”, convertido en un verdadero “best-seller” en el Japón, su autor Masao Miyamoto se ha atrevido a cuestionar el régimen laboral que mantiene agobiados a millones de japoneses. Anualmente trabajan 2.900 horas, el índice más alto de los países industrializados. Nunca tienen vacaciones, situación que hace de los japoneses los seres que más sufren de “stress” en el mundo. Son seres vacíos, cansados tanto física como anímicamente.
El trabajo en estas condiciones, en lugar de evidenciar la esencia humana convierte al hombre en una abstracción, en un ser enajenado. El trabajador termina en una cosa que permite el engranaje del sistema productivo. En un ambiente así, es imposible pensar en una digna calidad de vida. Trabajar, trabajar y trabajar imposibilita vivir o experimentar una verdadera familia, tener momentos para compartir con los compañeros de trabajo, de conquistar espacios para la solidaridad. Pero no. El individualismo, la desenfrenada carrera por alcanzar el éxito, de acceder a las exigencias del consumismo se convierten en obstáculos para una auténtica realización de la esencia humana. No hay tiempo para respirar, para compartir, para pensar, para crear, para amar… En los países desarrollados hay mucho trabajo pero no hay vida digna, no existe convivencia. No hay tiempo para disfrutar de una alegría compartida, ni para el ocio constructivo porque todo esto es considerado “pérdida de tiempo”.
En los países en vía de desarrollo como el nuestro, la situación no es diferente. Donde realmente no hay trabajo o el trabajo es un privilegio, quienes “disfrutan” de este “privilegio”, se ven absorbidos por el sistema laboral y por los reglamentos institucionales. Congelación de salarios y aumento de las jornadas laborales. Recurrir al rebusque para complementar el sustento.
Jefes convertidos en tiranos, frente a la imposibilidad de hacer algo productivo para la empresa o para la institución, se dedican-con los reglamentos en mano-a vigilar y castigar a los trabajadores, haciendo del espacio de trabajo, una cárcel tediosa y perversa. Manejan un enfoque obsoleto de administración desconociendo el factor humano. Al no lograr consenso en los trabajadores, no les queda otra alternativa que la amenaza, el amedrentamiento y el castigo. Indiscutiblemente con un comportamiento así, son “respetados” y “temidos” pero a cambio de ser aborrecidos. Son tan torpes al olvidar que la eficiencia y eficacia en una empresa depende de la capacidad para articular equipos humanos en aras de una misión común.
¿Por qué será que en no pocas empresas e instituciones colombianas, lo que encontramos son seres vacíos, angustiados y melancólicos?
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