LA EDUCACIÓN PARA EL CAMPO


LA EDUCACIÓN PARA EL CAMPO

Semana se ocupa del campo en la más reciente edición. Una revista que se dedica a temas económicos primordialmente. Habrá que apoyar esta visión que trata de impulsar la mirada del gobierno hacia el sector campesino. ¿Hasta cuándo le llegará la redención a los labriegos que se levantan pensando en la comida de los colombianos y se acuestan sintiendo que están olvidados?
¿De dónde salen las lechugas, los repollos, lo rábanos, la remolacha, el maíz, la arveja, el fríjol, el arroz, las naranjas, los plátanos, la yuca y la arracacha que nos sirven en casa y en los restaurantes? No. Ellos no están al pié de los barcos pesqueros ni se preocupan de poner sobre los manteles los manjares para los sibaritas y los señores de la plata y la mafia que solo comen caviar y «frutos» del mar y enlatados traídos del extranjero.
No. Estoy hablando de los campesinos de sombreros de sol y ruana en la mañana para soportar el frío de la sabana y el hielaje de los páramos. De azadón y pala para abrir surcos y aporcar a tiempo los tubérculos para que crezcan y lleguen lozanos a la mesa. Del campesino que a duras penas si tiene para desayunar con aguadepanela y almorzar con fríjoles y arroz, sin la presencia de la carne o el pescado.
Estoy hablando del campesino desarrapado en estos días de tanta elegancia en salones de moda y en salas de Convenciones y entrevistas en hoteles de lujo para cualquier diligencia.
La distancia del campesino está lejos todavía de una mínima comodidad y lejos del ciudadano común de las ciudades que logran tener un moderado sueldo y tienen su carro y su casa familiar usada o comprada a los banqueros y constructores como en Barranquilla y Medellín. Con el riesgo que nadie vigila y corren peligro de perder los ahorros y préstamos para adquirir vivienda.
El campo no merece la atención de periódicos, ni la lupa de los helicópteros o el interés de la academia y los expertos en mercadeo, transporte de alimentos y modelos extranjeros que nos dan ejemplo de bienestar para sus granjeros con maquinaria adecuada que haga menos penosa la estancia en esos lugares apartados de las grandes ciudades que devoran a quienes habitamos en ella.
No, no estoy diciendo que los traigamos a la ciudad, a este tráfago de la velocidad y locura en que nos meten los medios de comunicación y la propaganda. No. Estoy hablando de que debe acortarse la distancia entre intermediarios, transportadores, hombre de la ciudad y la familia que vive apartada en las veredas y montañas a lado de la vaquita, el caballo, el marrano, el perro y el gato. Pero metida en una miserable covacha. Para ellos nunca ha llegado la capacitación, el trato con dignidad, la atención de autoridades locales y de la creación de un «Ministerio del Campo», con gente amable que no los explote y que acuda hasta ellos para redimirlos. Por el contario, miren como don campesino Luis Carlos Sarmiento y Lizarralde los humillan con capital y tecnología y el apoyo del alto Gobierno.
15-02-18 10:51 a.m.



