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Sábado, 3 de octubre de 2026
jueves 9 febrero, 2012 a las 12:31 pm
LA DIFÍCIL TAREA DEL PERIODISTA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

La palabra periodista tiene los dos géneros en si misma. Es un vocablo epiceno. Designa tanto a mujeres como a hombres que ejercen la labor de escribir para informar, criticar, opinar, divertir o destapar entuertos. Es una profesión. Debe ser una profesión.

O sea, desde que abre el ojo y se quita la piyama hasta que guarda los sueños entre sus párpados, el periodista está en función. Es parte de su ser. Es como jurar que se va a casar con la noticia y que vivirá con ella y para ella. La busca, la persigue, la ama como es sin engañarla ni maquillarla o traicionarla.

El periodista nace con ese veneno adentro. Y se hace, practicando cada día. Observa, piensa, calibra como el zoom de su cámara, valora el impacto que tendrá sobre los lectores y escribe luego. Como dice el código penal, si el periodista encuentra algo digno de comunicarse ya no tiene opción. Deberá hacerlo. Yamid Amat me lo advirtió un día: Lo que usted me diga lo difundiré. No escucho para oírlo en confesión y permitir que descargue su peso. Si es para esto último no me lo diga, porque soy periodista.

El periodista no inventa, no fabula. Eso lo hará el poeta o el novelista o, cuando más, el libelista. Se va más allá del hecho o la circunstancia o de la opinión. Porque también hay periodismo de opinión. Grandes periodistas lo hacen y lo han hecho aquí en Colombia. Calibán, Enrique Santos, Antonio Caballero, Daniel Coronel, Claudia López, Elvira Samper, María Elvira Arango, Gloria Hurtado, Jimena Dussán son ejemplos de esta veta periodística. O como el malogrado Jaime Garzón.

El periodista es como el ratón de biblioteca. Le sabe a miel la hoja de papel y la devora con su pluma de plástico y la acaricia con sus pulgares en la nuca, o le pica la lengua cuando toma el micrófono, como el entrevistador estrella Larry King. Debe estar como el perro tras el pan, como la abeja entre la flor. Con su libreta o su cámara. El viento lo lleva y su olfato hasta la oficina del notario, la alcantarilla de la administración o la herida que sangra o la olla podrida o hasta la sala de concierto de Chopin.

En este día es bueno reflexionar sobre uno de los oficios más nobles y más peligrosos hoy y siempre. Buscar la verdad y difundirla será un riesgo. Tapar y soslayar será lo más fácil, pero desenterrar, lo más oloroso y menos grato, pero necesario. Por ello han caído muchos bajo la saña de políticos, gobernantes y tiranos, magnates y maleantes. No han tolerado que se digan verdades nefandas, injusticias abiertas.

Escribir en un periódico no siempre quiere decir que alguien es periodista. No me precio de serlo. Escribo a diario y me publican lo que pienso en voz alta. Es otra cosa. Sería un alto honor. Eso lo dejo a quienes sudan, se abren paso a empujones y se cuelan por entre puertas, escritorios y sótanos oscuros en busca de la noticia. Ellos son unos héroes que la ciudadanía no reconoce. No andan armados ni son un peligro para la sociedad, pero se les teme y se les persigue. Aquí, en Suecia, en USA, en Ecuador, en China, en Inglaterra, en Venezuela, en donde quiera existan.

Gracias, periodistas, por vivir, por hablar, por difundir, por permitir que existan los periódicos y corra por el mundo la información y el aire libre… sin la contaminación de la coima y el tapujo.

09-02-12 – 9:23 a.m.
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