La derecha, la izquierda y los derechos humanos

La derecha presuntamente se remonta a quienes están al lado opuesto del corazón y constituye una corriente de pensamiento político contemporáneo tradicionalista, por decir rancio, arcaico y conservador.
Son los defensores acérrimos del orden social vigente, opuestos a todo cambio social, de lo que se llama el orden establecido, el establecimiento.
El origen de sus creencias, que formaron doctrinas, no es nuevo, creen que la forma como están distribuidas en el mundo la riqueza y la pobreza es un asunto divino y hacen parte de la moral y las buenas costumbres.
Hoy se sabe que el vocablo, incómodo para los pocos que tienen más de lo que tienen los muchos, fue adoptado por los fervientes seguidores de la Iglesia, que lo llevaron a las bancas de la Asamblea Nacional en Francia.
Veamos. En la época de los nobles, patricios y señores, de los terratenientes y linajudos, cuando asistían a misa, en agradecimiento a los favores recibidos, se agrupaban al lado derecho de las naves de la iglesia y los pobres y menesterosos se ubicaban en las naves de la izquierda, a pedirle a Dios que por lo menos los tuviera vivos.
Y como la costumbre se impone y se torna en consigna, los reyes, los nobles y su séquito defendían esas posturas y hacían de las apariencias normas de comportamiento que en algunas iglesias todavía se conservan
Algunos, cuentan los libros, tenían reclinatorios propios, alfombrados, para cuidar “la gota”.
Se comenta que siguiendo esta costumbre los dirigentes políticos se ubicaron al lado derecho de la Asamblea Nacional. Eran los menos progresistas, desprendidos y liberales.
Allí estaban los que atacaban el nuevo Estado, la Comuna de París, el voto popular, las libertades que nacían y los derechos de los pobres.
En lo económico los ubicados a la derecha de la Asamblea Nacional, defendían a los grandes propietarios, los terratenientes y los latifundistas. Es decir, eran amigos de la desigualdad social.
A la izquierda se situaron los que, en ese entonces, rechazaban las condiciones en que vivía el pueblo, y, sostenían que la pobreza no era un estado natural de los seres humanos, como juzgaban los de la derecha, sino una institución social establecida por las estructuras de poder.
Pasó mucho tiempo en que cayeron los nobles, cayeron cabezas y cayeron los privilegios.
Se agudizó en el mundo la lucha por los derechos humanos, proclamados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948.
Tan amplia fue la lucha por los derechos de la gente que la Constitución de Virginia en los Estados Unidos decía: “Cuando un gobierno resulta inadecuado es contrario a los principios vida, libertad, seguridad y búsqueda personal de la felicidad, una mayoría de la comunidad tiene el derecho indiscutible, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo de la manera que se juzgue más conveniente al bien público”.
En esta Constitución, la de los Estados Unidos en 1976, queda consignado el derecho a la resistencia y la protesta, cuando los gobiernos marchan en contravía de los intereses populares.
¿De qué vale el bien común consagrado en nuestra Constitución Nacional, Art. 133, si los distintos parlamentos y gobiernos han adoptado políticas públicas que sólo traen el mal común?
Dice este artículo: “Los miembros de cuerpos colegiados de elección directa representan al pueblo, y deberán actuar consultando la justicia y el bien común” y el Articulo 333 expresa: “La actividad económica y la iniciativa privada son libres, dentro de los límites del bien común…”.
No es necesario enumerar las privatizaciones en el marco de las imposiciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), institución creada en el marco de los acuerdos de Bretton Wods, que en teoría es un Banco Internacional para ayudar a los países en dificultades, pero que impone cargas llamadas “ajustes estructurales” o “recetas” consistentes en: Devaluar la moneda nacional, despidos masivos de empleados públicos, alza de las tasas de interés bancario, como ocurre con frecuencia en nuestro país, control de los salarios, aumento de tarifas de los servicios públicos y otras medidas que los gobiernos se ven obligados a utilizar.
Por eso la izquierda se pone del lado del corazón, forma corrientes políticas, genera propuestas de cambio social, denuncia la injusticia, lucha por la igualdad social, que la derecha, valiéndose de artilugios e ingenios trata de justificar con el orden natural de las cosas.
Esto nos hace recordar a Grecia, donde había democracia, y donde el concepto pueblo no incluía a todos los habitantes de la polis o ciudad.
Fuera de los esclavos, las mujeres y los trabajadores de baja condición no participaban en las determinaciones, como ahora, en tiempos de neoliberalismo, patrocinado en Colombia por expresidentes como César Gaviria, donde los acuerdos nacionales se toman en secreto. Hasta lueguito.



