LA CRIPTA SELLADA


LA CRIPTA SELLADA

Por casualidad encontré una senda más escondida que la que encontró Fray Luis de León allá por la Edad Media. Era casi medio día y paseaba por junto al Río. De pronto vi una entrada sin pórtico, en pura tierra y sin señalización alguna. Me causó curiosidad y me fui adentrando por el sendero.
Caminé escasos metros y detuve la marcha. La vía estaba cerrada. Hasta allí llegaba el sendero. Tal vez, en algún tiempo, alguien quiso abrir por allí una vía que condujera a un sitio y se arrepintió de la idea. Me llené de más curiosidad y miré detenidamente el lugar. No era una gruta ni ofrecía peligro, por lo menos de día. Observé a mi alrededor. Era un camino cortado que nunca más continuó. Alguien no quería que nadie más pasase por aquí, me dije. E intenté devolverme.
Iba a voltear mi cuerpo para regresar por donde había llegado y divisé sobre el barranco en donde terminaba la fallida senda, una huella de algo que marcaba una seña.
Era como el saliente o el borde de alguna piedra cuadrada que alguna vez estuvo a la vista o alguien la había puesto y sobre ella había nacido con el tiempo maleza y se había cubierto de hierba más tierra que fue rodando con las lluvias hasta cubrirla. Me llené de curiosidad, como sucede en las historias de Huckleberry Finn, Tom Sawyer o de Alicia en la País de las Maravillas que leí en mi juventud.
Y me puse, como un cirujano, a levantar como con escalpelo, la tierra y a desbrozar de la hierba la superficie que se perfilaba sobre aquella. Poco a poco mi intuición y lo que había visto con mi imaginación empezó a salir a flote.
Sí era como una losa de unos 15 centímetros de ancho por 20 de largo y 20 de alto. Pero no era de piedra sino parecía como una caja como de herramientas decorada y recubierta de lata, y pulida por fuera. – ¿Qué contendría por dentro? Me pregunté, entre intrigado y osado. Alguien la había ocultado o escondido allí y nunca más la recuperó. ¿Cuánto tiempo haría que estaba incrustada en el barranco? ¿Acaso el mismo dueño o vecino que abrió el camino que nunca terminó y quedó el boquete del sendero?
Con piedra y pequeños brazos de árbol fui limpiando los bordes de aquella caja disimulada entre el matorral. La caja tenía cierta longitud y estaba técnicamente enterrada para no ser localizada tan fácilmente su volumen y forma, pensaba yo. Las cosas no eran como las pensaba yo.
Me demoré varias horas rodeando la superficie de aquel hallazgo para poder encontrar la manera de sacarlo o por lo menos abrirlo. Porque, sí, de pronto quedó libre la superficie de afuera pero su volumen hacia adentro era más profundo. La tarea de incrustar la caja debió tomarle tiempo al encubridor que la incrustó allí. Estaba destapando solo la parte de afuera. Su volumen se prolongaba bastante hacia adentro. Necesitaba ayuda si me empeñaba en sacarla de las entrañas del barranco. Pero ya la podía abrir para ver qué había en su interior.
06-02-18 6:09 p.m.



