LA CREACIÓN DEL ESCRITOR



Cómo me alegro de sentarme ante la pantalla de ámbar y ponerme a parir letras y sirenas. Sí algunos hombres tenemos esta capacidad generativa cuando escribimos y fabulamos. A veces nacen unas criaturas hermosas, algunas contrahechas, otras cojas. Cuando la inspiración o la distracción de Circe nos ahuyenta del curso del viaje.
Pero un juicioso escritor y responsable, por lo regular, cuando toma la pluma la trata como los gansos a sus polluelos. Nadan raudas las palabras por los aires y vienen a posarse sobre la mente del escribano moderno.
Sí. El escritor es un creador nato. Nació para dar a luz ideas que estaban como en el espacio buscando en dónde nacer y sembrar inquietudes o iluminar como unas estrellas. Recuerdo ahora mis lecciones de filosofía. Platón, ese otro fabulador, creó aquella caverna en donde habitaban y pasaban delante de sus ojos las ideas como en un baile o un sueño que salía de paseo de la mente. Qué «banquete» se daba y qué «diálogos» entablaba con ellas.
Así el escritor. Como otro Platón, soñador y un poco abstracto como los surrealistas o los cubistas o expresionistas, crea fascinantes imágenes que hoy nos parecen fantásticas. Y, como cosa rara, nos gusta más el realismo de Aristóteles… Más cuando se trata de escribir y echar a volar la imaginación no puede uno limitarse a retratar la realidad como Rafael y otros retratistas.
Sí, escritores como los periodistas se ocuparán de transmitir los hechos tal como suceden y se realizan. No crean sino re-crean las situaciones y los hechos. Aquí hablo de quienes no nos limitamos a hacer crónicas de recitales o reseñas de libros… aunque también ahí hay cuotas de libertad literaria para salir del simple hecho o dicho y hacer volar la imaginación. Oír música lo transporta a uno, en efecto, por cielos o por el hades o por salones o jardines con hadas y bailarinas y gnomos negros con gorros puntiagudos.
Esta clase de escritores -de los que hablo – cientos de veces tratamos de sacar de la nada, de nuestro inmenso lago, ondas, algas, que cantan y bailan y hadas con ropajes multicolores y varitas mágicas. Fabulamos para ponerle colores a las cosas que no han sido inventados, sonidos que solo existen en el texto que acaba de escribirse. Inventamos discursos, escenas, personajes que son palabras, imágenes, sentimientos que hablan y gesticulan.
Y quienes leen, entonces, participan y le hacen eco a los escritores. Al caer el texto en sus ojos cuando abren la pantalla, empieza el escrito a tener otra segunda vida en poder del lector. Éste se mete en el mismo terreno del escritor y juega y le responde, le critica o le añade y se ríe y vocifera contra lo que no le gusta o está errado a su parecer.
Las palabras tienen, así, dos parejas. La del escritor y la de los lectores que un día abren la página escrita y descubren su encanto o su andadura coja.
22-11-17 10:15 a.m.



