La ciudad como pregunta y como enigma.

Imagen por: https://chatgpt.com/

Siempre será tentativa fallida pretender que la ciudad, cualquier ciudad, pueda ser susceptible de comprenderse o descifrarse por medio de los artificios conceptuales elaborados por cualquier teoría. En primer término, porque la ciudad en sí misma y en esencia siempre será un enigma, una realidad en cierto sentido “misteriosa” irreductible a una sola forma de pensar o a una sola forma de percibirla.
Las ciudades se nos revelan como hechos que instauran un complejo ser histórico y vital siempre en devenir, siempre constituyéndose, engendrando una diversa y hasta laberíntica forma de renovar y transformar su propio ser histórico y agregando contenidos cambiantes a los modos de percepción de quienes la habitan y al habitarla la continúan construyendo. Esa complejidad vital e histórica no puede caber ni ser reducida a una esquemática comprensión racional, no puede convertirse en un transparente objeto de estudio o de conocimiento. La ciudad no es un hecho lógico, como quisiera la ciencia, para obtener un conocimiento que se juzga verdadero.
En el sentido anterior no hay teoría valida, ni legítima sobre la ciudad, puesto que no hay teoría valida ni legitima sobre la vida o sobre la historia. La ciudad hoy más que nunca es el escenario de privilegio para la vida humana. Y tanto la vida como la historia escapan a esa pretensión “totalitaria”, con la cual el pretendido conocer científico quiere imponernos, alegando, que solo la aplicación de sus metodologías, por lo general empíricas y descriptivas, ponen la verdad al alcance de nuestras manos.
La reflexión anterior es necesaria, ya que, en el mundo actual, este mismo mundo donde existimos e inexistimos, ha generalizado la equivoca idea, de que solo la ciencia. racional, experimental y empírica, es la única que puede monopolizar y certificar que el conocimiento que produce es el único verdadero.
El mundo de hoy parece sometido a una especie de falsa “teología cientifista” donde se proclama, como en las viejas épocas inquisitorias, que fuera de la ciencia no hay salvación, ni hay conocimiento. Pero esa pretensión frágil y endeble, ha preñado de manera significativa los supuestos saberes académicos. De ahí que en buena parte la UNIVERSIDAD CONTEMPORANEA SE HA VENIDO AUTOPROCLAMANDO Como el recinto sagrado de esa nueva y mistificadora superstición. Y hoy como en el oscuro ayer, la superstición se torna excluyente, discriminante, intolerante y dogmática. Superstición que quiere abarcar todas las dimensiones donde se expresan las fuerzas creadoras y transformadoras del espíritu humano.
No se trata de negar los deslumbrantes y hasta avasallantes logros conseguidos por esa ciencia moderna, ni de desconocer el valor y la utilidad ya imprescindible de ese conocimiento que, convertido en técnica y en tecnología, acaba sosteniendo el andamiaje de la sociedad y de la economía de la actual sociedad planetaria. Pero es más que evidente que ni esa ciencia ni esa técnica es poco lo que tienen que decir y esclarecer acerca de las preguntas esenciales y existenciales que acosan y angustian al ser humano de nuestro tiempo. Enmudecen frente a los interrogantes que se dan tanto el flujo de la historia como de la vida. En ultimas son ciencia y técnicas acerca de las cosas antes que conocimiento sobre la criatura humana. Ciencias para ejercer poder y dominio sobre la naturaleza, sobre la materia, la energía, el espacio o las partículas subatómicas y etc. Etc.
El ser humano, hoy parece convertido en una eficiente maquina motivada por el consumo y la codicia, una máquina de lucro, pero si alma. La ciencia y sus diversas especialidades han contribuido a esa alquimia perversa, han terminado certificando que el sueño de la razón produce monstruos. Ciencia sin espíritu y deshumanizante.
Puedo suponer, que algunos de mis probables lectores se pregunten ¿Qué tiene que ver toda esta “carreta” con el tema de la ciudad?, Pues tiene que ver mucho y son temas apasionantes, que en meses pasados pero recientes, en la CATEDRA POPAYAN,HOY EN SUSPENSO, que fue auspiciada y realizada como diplomado, tanto por la UNIVERSIDAD DEL Cauca, como por la Fundación Universitaria de Popayán y en colaboración con la alcaldía mayor de la ciudad, se plantearon y discutieron en ese espacio académico, que es espacio propicio para sentir y pensar la nueva realidad de Popayán.
Otras publicaciones de Víctor Paz Otero en Proclama del Pacífico:




