LA CHICA EXTRAÑA
Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Ilustración: dibujo de Rodrigo Valencia Q
Extraña, nostálgica, como una Eva allegada, sin permiso, a un tiempo que no es el suyo. Aún acaricia la manzana que le puse en la mano, y yo diría que le ha quedado indeleble por los siglos, que no ha llegado a fatigar esa vida que ya no es sombra ni luz, ni música ni silencio, pero tan real como los árboles que pueblan el mundo.
Hierática, conserva el anhelo de saber algo más allá de lo permitido, porque en su corazón abunda, creo, la llamada de la vida. Pero, ¿ella podría merecer un conocimiento de esos? ¿Podría arriesgarse sin perder su intimidad, que se me hace es un secreto inexpugnable? A veces me pareció impersonal, sin coherencia para aceptar la realidad, cerrada en su propio mundo, como una ánfora casi muda. Sin duda, se la nota bastante fría, el semblante es retrato de una serenidad triste. (¿La serenidad es triste? ¿Tiene que ver con los deseos incumplidos, se debe a la falta de plenitud, el alma ha aceptado las cosas y ha suplido las ausencias con las miradas pocas, con la turbia inexactitud de las realizaciones? ¿Es el contento que llega con las renuncias a lo imposible, a lo que se sabe nunca arribará a las manos?)
En todo caso, yo la he visto tras los vidrios del tiempo, y ciertamente no es muy asequible. Se dejó hacer este dibujo de trazos rápidos e imprecisos, y me advirtió que no la dibujara muy exacta. Sin embargo, sin proponérmelo, capté sus rasgos y semblante casi con exactitud no premeditada. Delicada, de figura delgada y alargada, podría haber estado en una vitrina donde los figurines no aciertan a desear la realidad. Hablaba poco; sus frases recordaban un templo perdido, alguna fantasía extraviada por los siglos, y puede que un amor sin alcanzar. Era difícil su lenguaje, casi como de alma extranjera que está situada donde no le pertenece. Y la dirección donde vive podría encontrarse en los lugares que se pierden en la inexactitud, cerca de los parajes sin nombre. Pero ella es muy privada, muy precisa para albergar algo más que su soledad, porque me dijo que no tiene amigos y que el don que más aprecia de la vida es poder vivir en solitud sombreada, consigo misma, en la latitud del alma.
No es ciertamente hermosa, pero tiene la delicadeza de un ser tierno, frágil, sin fuerza para superar las medidas del capricho. Su respirar era parejo, lento y suave, como de alguien que descansa en sí misma. Podría posar para un mármol sin edad; sus años me hacen pensar en la incertidumbre que nos hiere cuando divisamos el futuro. Es como si se hubiera quedado con su virginidad intacta; su piel blanca me lo revela y me lo dice con guiños silenciosos; y, además, en sus movimientos lentos hay una levedad elegante, acompasada a su silencio.
Yo me pregunto si al andar deja huella, si tiene peso para convencerse de su existencia, si sus pies tocan de verdad el mundo que nos pertenece. Son muchas las preguntas que me empujan a las dudas que marginan las respuestas. Me hubiera gustado saber su nombre, pero me dijo que no tiene ninguna importancia; su melancolía le ha prohibido casi hablar y, obviamente, sus cosas personales no son para que ella se lance a compartirlas con alguien que aún no ha traspasado su cámara secreta.
Muchas veces la divisé en mis sueños, sin podérmele acercar; pero sus miradas casi al sesgo me decían que quería compartirme su silencio, que su dimensión de alma requería una mirada mía. Si no, ¿por qué de vez en cuando aparecía en mis mundos internos, y por qué insistía en dejarse adivinar tras los velos de lo imaginario? Yo creo que ella vino al mundo mío para ver si era posible esquivar en algo su propia inconsistencia; y al haberla yo mirado, creo que en algo lo logró.
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