Justicia y desequilibrio social


La especie humana, para sobrevivir, necesita techo, comida, salud, recreación y, fundamentalmente, empleo.
Si un sistema político y económico garantiza al planeta un mínimo de estas bondades civilizatorias, la humanidad está salvada, pero ocurre que la globalización neoliberal no puede salvaguardar los intereses de la población mundial.
Y no podrá hacerlo, porque el concepto de justicia imperante rompe con la aplicación de beneficios plenos para las mayorías que sobreviven en condiciones de pobreza, cuyos índices, según las Naciones Unidas, no se han reducido y se incrementarán de manera alarmante durante las próximas décadas, cobijando, también, a la clase media que vive en condiciones de precariedad social.
¿Cómo pueden salir nuestros pueblos de la miseria y la pobreza cuando la teoría de la justicia con la cual se interpreta y trabaja el desarrollo social atenta contra la lógica del bien común y el bienestar colectivo?
El problema es de fondo, tanto que en los estrados de la inteligencia jurídica se observan renombrados juristas que producen piezas doctrinarias de ontología filosófica admirables, pero cuando se trata de abordar los problemas de la justicia social tienen, todavía, una visión babilónica del universo y giran geocéntricamente en torno a Claudio Ptolomeo.
Ideas de una justicia que, en su esencia, es milenariamente inmóvil, dentro de un universo conceptual fijo y estático, en el cual van apareciendo, como asteroides novedosos, conceptos de justicia que en nada modifican la tradición de lo justo.
¿Justicia como precepto, justicia como regla, justicia como ordenamiento, justicia como pauta de comportamiento, justicia como norma de convivencia? La justicia así contemplada, tolerante y neutra, con una sola apreciación legendaria, salomónica, neutra y unívoca, nos sitúa como rehenes del idealismo alemán.
Asumir, hoy, una visión innovadora de justicia es involucrar su práctica social en el contexto de la globalización neoliberal, capaz de ir “más allá de la tercera vía”, aplicada con horror en las Escuelas Normales de México y en los onerosos tratados de libre comercio.
Es entender que los irredentos viven excluidos y vulnerados no por el espíritu de la ley sino por la cruda realidad de su existencia, como si sobrevivieran entre paréntesis sociales frente a las indulgencias y bondades de la civilización.
¿Y por qué la justicia ha convivido en la historia con reyes y emperadores como Pericles, Temístocles, Arístides, Adriano, Vespaciano, Leónidas, Alejandro Magno, Diocleciano, Nerón, Caracalla, Calígula y tantos otros de la misma estirpe?
De haber existido la presea del Nobel Greco Romano de La Paz no hay duda que el poder de la época se lo habría concedido a Caracalla, de quien Simón Bolívar en el Juramento del Monte Sacro dijo: “por un Cincinato hubo cien Caracallas”.
Convivió la justicia con los nobles de Francia, Inglaterra e Italia y en América con los invasores, que todavía, como en Colombia, ostentan estatuas en honor a su memoria patibularia y perversa.
¿Por qué en España no hay una sola estatua en honor a un Kalifa después de ocho siglos de haber sido colonizada por los árabes?
La justicia, histórica y universalmente, ha convivido con los emperadores y no ha tenido la oportunidad de convivir con los humildes y con los desheredados.
No ha convivido con los menesterosos, ni se le ha permitido que ingrese a los espacios donde prevalece el bienestar social; debe ocupar los patios traseros, periféricos, las zonas marginadas y lugares sombríos.
Y cuando la justicia pretende construir albergues saturados de vida, regocijo, educación, pan, decencia y dignidad, su pretensión es agitadora y peligrosa.
En el discurso de los profetas de la política y los propietarios del establecimiento es el deber ser, mientras que para los agobiados es sólo una esperanza.
Callan los pensadores de los regímenes hegemónicos cuando deben hablar de justicia en toda la dimensión dialéctica de sus implicaciones sociales, económicas, culturales y políticas.
Y cuando hablan, expresan que la justicia es neutra, no comprometida, que está ubicada en el centro para no perjudicar a nadie. Esconden, con disimulada semántica jurídica, el compromiso de la justicia con los conflictos, en la perspectiva de perpetuarlos o transformarlos. No hay término medio.
Empero, si la justicia, en una país pavorosamente desigual, opta por la neutralidad, presumiendo ser ecuánime, como colocándose por encima o al margen de los problemas históricos, esta justicia es opresora.
La justicia social no puede ni debe ser equidistante; son otras edades, pasaron las épocas de la justicia soberana, de reyes que obraban como operadores de los dioses.
La querella es por la justicia del desequilibrio. Son tiempos de Prometeo, que no se robó el fuego de los dioses, sino que, en asombrosa operación mítica, rescató para la humanidad el fuego del poder y el bienestar usurpado por los Dioses del Olimpo. Hasta pronto.



