JUGANDO A LOS BANDIDOS

Ahora que en nuestro bello país colombiano se está comentando en gran profusión y por todas partes el tema central de la paz y su necesidad apremiante, sabiendo que fue el leifmotiv (palabra alemana que significa motivo conductor) para la reelección del presidente Juan Manuel Santos, y que la convirtió luego en uno de los tres ejes de su segundo mandato constitucional, junto a la equidad y la educación, es bueno, justo y necesario, que por doquier comencemos cada uno de los colombianos de bien, a colaborar con ese proyecto nacional, con ese propósito fundamental de nuestras vidas, de nuestro futuro, en aras de ir borrando poco a poco los lastres, tristezas, sufrimientos, tragedias, lamentos y hasta el lenguaje belicoso que han dejado 50 años de violencia en el alma nacional, en el inconsciente colectivo, en cada uno de nosotros.
La anterior consideración vino a mí, de manera casual, en una de mis disciplinas durante uno de los recreos o descansos de la Sede “Rafael Tello”, cuando observé a varios niños pequeños, jugando animadamente. Observé que llevaban unas ramas cortas y viejas, que las usaban para apuntar a los otros, quienes “intentaban defenderse”, tirándose al piso, en medio de volteretas y risas contagiosas. Me les acerqué y les pregunté sobre el nombre del juego, ante lo cual uno de ellos me respondió con la ingenuidad retratada en su carita infantil: “a los buenos y a los malos, a los policías y bandidos”. Al instante, los reuní y les hablé de la necesidad de cambiar ese juego por otro diferente, más “suave”, fue la palabra que utilicé, que no tuviese nada de confrontación, de ataque alevoso al otro y les sugerí el juego tradicional de “la lleva”, no sin antes solicitarles de buen modo la entrega de las ramas secas. Accedieron y continuaron su recreo. Al instante, reflexioné para mis adentros sobre el influjo nocivo, pernicioso y poderoso de la televisión, cuando a cada rato se usa ese lenguaje militar y guerrerista, que incluye la palabra mencionada por los niños de la anécdota y se asiste en vivo y en directo a las continuas confrontaciones entre fuerzas militares y guerrilla (qué diferencia con nuestros tiempos un poco más sanos cuando no había tanta TV y jugábamos a “los tipos”, emulando a los grandes protagonistas del séptimo arte).
Urge entonces de inmediato, el cambio de actitudes en nuestra forma diaria y cotidiana de tratar al otro, a los demás, de hablar con ellos, de conciliar, de interceder de buenas maneras, usando un lenguaje diferente, solucionando las dificultades por la vía del diálogo, la conciliación y la reconciliación, respetando siempre el punto de vista y las diferencias con los demás. Es hora de ir preparando el terreno para los nuevos tiempos del llamado posconflicto, empezando desde ahora con “desarmar nuestros espíritus” y mostrándonos afables y tolerantes con los demás.
Dentro de este orden de ideas, a los educadores nos compete otra misión fundamental para ir cimentando con más propiedad esas raíces de la paz y su importancia en nuestros educandos. Me refiero a la implementación de la llamada Cátedra de la Paz, por parte del Ministerio de Educación Nacional, con la cual estoy de acuerdo, que aunque llega muy tarde, sin embargo puede cimentar ese ambiente y clima de la paz, que hace 50 años estamos esperando. Cualquier idea, proyecto y sugerencia que contribuya a ese noble propósito, le sirve al país y a las futuras generaciones.
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