Invasión a la francesa



Corría el año de 1833. En la bella y fortificada ciudad de Cartagena, ejercía el cargo de cónsul general de la nación francesa un sujeto cuyo nombre era Adolfo Barrot.
Aconteció que un día cualquiera, se presentó un conflicto, al parecer agrio y salpicado de groserías, entre el señor Cónsul y el señor alcalde de la bella villa, conflicto motivado por causas que nadie se ha ocupado de esclarecer; lo que permite deducir que también se ignora quien fue el responsable del molesto pleito.
El hecho es que, derivado del tal incidente, el irritable e irritado alcalde, tomó la determinación de mandar a la cárcel, al hay que imaginar como diplomático de pocas luces, carente de habilidades hasta para solucionar un conflicto de poca monta.
Enterado el gobierno francés del molesto asunto, en desmesurada e irracional respuesta, despachó a la lejana y heroica ciudad nada menos que un buque de guerra, con la misión explicita y amenazante de liberar de su prisión a su quisquilloso representante en el ardiente trópico.
La presencia de la peligrosa nave fue argumento más que suficiente para que el asustado alcalde dejara en libertad al enfurecido cónsul.
Alcanzada su libertad, en el mismo buque de guerra fue conducido el cónsul a una de las islas antillanas.
Estando ahí y sintiéndose seguro y tal vez contento por el desagravio conseguido, se entregó con fervor y con rencor acumulado a iniciar múltiples y agresivas reclamaciones al gobierno colombiano con el fin de obtener alguna sustanciosa indemnización que lo consolara por las ofensas recibidas.
Poco caso se le hizo; pero en cambio el gobierno de su patria si escuchó y acogió los reclamos de cónsul. Y como respuesta apresurada y belicosa, decidió nuevamente enviar buques de guerra para amenazar y amedrentar a la sorprendida ciudad de Cartagena. Y el gobierno colombiano, como en otras ocasiones, aceptó pagar la solicitada indemnización reclamada por el combativo y codicioso cónsul.
El ritual “indemizador” se llevó a cabo en el mes de septiembre de 1834.
El cónsul Barrot, flamante y bien vestido, retorno a Cartagena escoltado por los buques de guerra de su protector país; que traían la orden expresa de bombardear la ciudad en caso de que esta se negase a cumplir con lo pactado.
La pobre y desdichada patria nuestra humillada y ofendida hubo de cumplir con todo deshonor su compromiso. Nada hubo de glamur francés para invadir.
INVASIÓN A LA INGLESA
A raíz de una pelea a “puño limpio” -como se solía decir hace algunos años- entre un colérico neogranadino y un vicecónsul de Inglaterra que ejercía su cargo en Panamá, cuando Panamá aún era territorio de Colombia, el funcionario diplomático cuyo nombre era Joseph Russel, fue arrestado y conducido a prisión por las autoridades colombianas.
El gobierno inglés consideró que con ese acto se había irrespetado la dignidad de su país y sin pensarlo dos veces, consideró necesario enviar algunos barcos de guerra para ponerle sitio a la hermosa y sufrida ciudad de Cartagena. Estos hechos ocurrirían entre el 24 de diciembre de 1836 y el 2 de febrero de 1837.
El bloqueo impuesto por los barcos, era, por supuesto, para exigir la inmediata liberación del señor Russell y de paso poder exigir igualmente una indemnización que fue tasada en la suma de mil libras esterlinas.
En ese tiempo ejercía la presidencia de Colombia el general Francisco de Paula Santander, que bueno es recordarlo era un anglófilo casi fanático y orgulloso de serlo.
Como cosa muy insólita, el señor Santander se mostró proclive y partidario de entrar en estado de guerra con el imperio Ingles; insólito pues su fama de general valiente no la pudo alcanzar nunca en las guerras de nuestra independencia, donde se le reconocía como general de “pluma”, o como general de escritorio, con lo cual siempre se le quiso decir general cobarde. Quién sabe qué mosca lo picó por esos días para convertirlo en guerrero.
Para fortuna de nuestra historia, que casi siempre una historia de infortunios y de calamidades, nuestro paisano payán, el general José Hilario López, desempeñaba por esos días el cargo de comandante militar de Cartagena. Y este que, si fue un buen general, procediendo más inteligentemente solicitó al presidente Santander autorización para buscar un entendimiento diplomático con los amenazantes y probables invasores ingleses. Se entrevistó con el comodoro inglés, compartió alguna taza de té y una buena charla y arreglo con habilidad y velocidad el curioso entuerto; pero eso sí, a la desdichada Colombia, como siempre le correspondió pagar lo que le exigieron.
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