Huecos y construcción de ciudad



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Mientras la ciudad se hunde en los huecos, antes de llegar el invierno, cuando las oraciones de los creyentes en la Semana Santa clamen porque el desastre no sea total y las grietas sociales, económicas y políticas sean liberadas de calvarios y espinas, las gentes comienzan a sentir que si bien la ciudad necesitaba las obras, lo inaguantable ha consistido en que tengan que soportar el suplicio, el martirio y la tortura de padecerlas en la fase de la construcción, sin la planificación necesaria para que la hecatombe temporal no se torne sistémica y total.
Puede uno, también, imaginarse la ciudad en los meses del próximo verano coronada con gigantescos hongos de polvo, parecidos a los de Hiroschima y Nagasaki, como testimonios cotidianos de las frustraciones sociales y políticas de los payaneses.
Evitar que la ciudad se convierta en una explosiva y espontánea reacción del colectivo social es una misión irrenunciable de las autoridades locales. Para ello cuentan con la participación ciudadana, diálogos democráticos, las experiencias de otras urbes e iniciativas formuladas por expertos en planeación urbana.
Pero, fundamentalmente, la ciudad no es sólo un problema de urbanismo, comporta el desarrollo humano, es un escenario donde convergen múltiples formas de pensamiento que no pueden excluirse.
Aún en la Roma esclavista, la ciudad era un espacio abierto y de encuentro entre quienes fungían como ciudadanos.
Ya no son nuestras ciudades emblemas cerrados de la aristocracia, reflejos de monarquías absolutas donde las plazas, las fuentes y los palacios eran símbolo de su poder.
Es en las ciudades donde vive la población colombiana, expulsada del campo en las últimas décadas, como consecuencia del conflicto armado donde los actores no sólo fueron las guerrillas y bandas criminales sino el Estado mismo, que usó reprobablemente las armas de la república, destinadas históricamente al mantenimiento del orden y la soberanía, para expulsar, en santa alianza con los paramilitares, a los campesinos.
Volver por los fueros de las ciudades para el cruce de afectos ciudadanos y para la conciliación con fundamento en la justicia social y la armonía es un deber payanés, caucano y colombiano.
Construir ciudad es construir democracia, no discursos electorales o burocracia que mantenga y consolide poderes, es romper con los modelos de fragmentación y exclusión de los sectores más pobres de la población.
Vivir la ciudad en democracia debe significar recorrer las calles desde el centro histórico hasta los sectores más distantes de la periferia sin encontrar pobreza y miseria extremas, donde los seres humanos son una querella viviente contra los poderosos, dueños de los servicios públicos, de la educación, de la salud, del transporte y el desarrollo urbano, hoy entroncado con las recetas escabrosas de la banca multilateral, que tienen en el Fondo Monetario Internacional el poder de proclamar la sobrevivencia o el fallecimiento de los pueblos.
Ciudad no es el centro donde se ejerce el poder, ciudad es también el espacio periurbano, fruto de la desigualdad social, provocada por la libertad plena para el gran capital y dictadura y sometimiento económico para los de abajo.
Hacer ciudad supera abrir huecos y taparlos, hacer ciudad es pensar democráticamente, es romper la lógica piramidal de los partidos políticos que han convertido a los ciudadanos en mercancías electorales, como si fueran bienes productores de servicios, riqueza y bienestar.
Si las ciudades sólo sirven para sectorizarlas como enclaves para ganar elecciones, reunir grupos sociales para aplaudir a quienes detentan o buscan el poder, y no escenarios para construir igualdad social, -no igualdad de oportunidades-, frase retorcida y cruel, son caricaturas engañosas de la realidad política y social.
La “crisis de los huecos” debe servir para repensar la ciudad de Popayán, una ciudad amable para vivir, pero que necesita salir de los socavones históricos en donde en las añosas paredes y subterráneos se observa la misma producción de signos y símbolos de dominación clasista que impera en nuestros tiempos.
No está exenta nuestra pequeña ciudad de los rigores colonizadores del neoliberalismo, que usa sus garras para apoderarse de los servicios públicos, de la renta de la tierra, de los espacios urbanos, para construir ciudades dentro de la ciudades, asequibles al mercado, de todo lo que pueda convertirse en monumental ganancia y sobre cuyas estrategias la ciudadanía debe ser reflexiva, participante y crítica, pues a la postre las inversiones externas, con mercados cautivos, se quedan con el león y a los consumidores le dejan la cola del ratón.
Construir ciudades equitativas y justas es trabajar por romper la valoración neoliberal de la individualidad, la iniciativa privada sórdida y voraz, la prioridad de lo privado sobre lo social, la libertad comercial, negada en la práctica por la concentración monopólica del capital y el control privado de la economía, aún en las ciudades pequeñas como Popayán. Hasta pronto.



