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Miércoles, 14 de octubre de 2026

Hombros callosos, bajo los barrotes de las andas

JESÚS-ALBERTO-AGUILAR
Hombros callosos, bajo los barrotes de las andas

Los payaneses raizales y las gentes que habitan este lindo y apacible lugar, se llenan de orgullo en esta época del año cuando se celebra la Semana Santa de Popayán; saludando a peregrinos y visitantes a cuya devoción y esfuerzo perseverantes se ha debido enhorabuena su estadía; desde el año 1937, el sostenimiento, la defensa y el engrandecimiento de las afamadas procesiones de este encuentro de la fé católica dentro de la semana mayor, complaciéndose en dar  calurosas bienvenidas a las gentes que durante los días santos tendrán la feliz oportunidad de presenciar, en nuestro historiado centro de la ciudad, importantes desfiles sacros como trasuntos vivos de la fe de un pueblo que  durante siglos ha sabido ennoblecerse comunitariamente con los timbres suntuosos y a la vez austeros de tan religiosa como cívica tradición cuatricentenaria. En esta oportunidad y para el mundo cristiano esta semana es santa porque celebramos la muerte y resurrección del Señor y varias personas que cada año se dan cita han visto y sentido el desfilar sus procesiones; salvo instantes de grave dramatismo, el rito no se ha interrumpido y esto en veces contadas, porque ni catástrofes, ni calamidades, ni guerras, han podido frustrar el apego emocional a una tradición orgullosa, sostenida con unción y alentada con artística vanidad, estamos hablando ahora de los cargueros, siempre recordando que el popayanejo ausente aquí se hace presente, sin importar las distancias y mucho menos cuando existe la facilidad de viajar y comunicarse alistando maleta haciendo alarde que son raizales, a su vez llegan con muchos días de antelación para participar de los preparativos y antecedentes, además del arreglo del paso a cargar, robándose el tiempo necesario a sus ocupaciones, que distrayendo los quehaceres, para saber y sentir en esos días de los recuerdos pegados de la infancia alegre cuando hacían sus pinitos como “pichoneros”.

Hombros callosos, bajo los barrotes de las andas
Hombros callosos, bajo los barrotes de las andas

En la hidalga e histórica Popayán, así es como se quiere seguir conmemorando su Semana Santa, la ruta dolorosa del calvario, a través de la cual la Cruz sangrienta e infamante se transfigura en poderosa lumbre pascual y vivificante, ante ese sol de gloria divina y humana que va a ser el advenimiento del uno de los milenios catalogados como de redención cristiana. Los cargueros sin importar si son pobres o ricos, todos están listos para la ayuda, y el brillo de los pasos con mejores y flamantes decorados, arreglando las andas para que no desmerezca la piedad y admiración, sea del Señor, de la Virgen o del santo del patrocinio y culto de cada familia; en este corre corre, los cargueros demuestran su espíritu de fiesta religiosa, donde constituye por intimas unión un grupo de cofrades y su vida gira por instantes alrededor del “paso” que les pertenece; el barrote de las andas más un título que una propiedad, por no perderlo hay sacrificios y renunciamientos, y si es del caso la pugna enconada y el choque violento y colérico; en especial cuando se reclama el derecho a cargar con mayor avaricia que una millonaria herencia; por ningún tesoro del mundo se entregaría la prerrogativa, y de abuelos a nietos y de padres a hijos se ha traspasado el legado, para mantenerlo limpio de ejecutorias y blasonando de decorosa energía. Existen personas quienes han completado su ciclo, el jubileo del “carguío”, pero no inclinan la encanecida cabeza, después de haber cumplido mas de cincuenta años de edad de imponderable resistencia, si tan siquiera por ser ya septuagenarios. Debemos recordar que el portento de la imaginería que posee Popayán, se compara con las de Sevilla o Málaga, de Martínez Montañez, de Mena o el insuperable quiteño Caspicara; destacándose la belleza, la majestad y el arte dicen suficientemente el porque de este ritual nuestro, forzosamente inextinguible y eternamente vivo que hace de nuestra ciudad “La Jerusalén de América”.

Así se entiende el mantenimiento de estas procesiones y así el sentir afectivo con que las renovamos, sentimiento que nos envuelve y nos domina para dar una pausa suspensiva a nuestro diario vivir y congregarnos a disfrutar de este rito precioso, de devoción, firme e imperecedero. Oremos por la paz de nuestro Cauca y Colombia.

Por: Jesús Alberto Aguilar Guerrero.

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