Hoja ancestral, materia de discusiones

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La hoja de coca atraviesa la historia andina como práctica cultural, medicina y símbolo de identidad. En Colombia, su uso tradicional convive con tensiones legales, económicas y políticas asociadas al narcotráfico, la erradicación y el reconocimiento de derechos indígenas.
La hoja de coca (Erythroxylum coca) se ubica en la memoria de los Andes desde antes de la colonización. Su uso se remonta a más de 8.000 años en Suramérica y se consolidó en culturas preincaicas e incas como práctica medicinal, ritual y cotidiana. En ese contexto, su consumo se integró a la vida andina y amazónica para enfrentar el cansancio, el hambre y el mal de altura.
En territorios del Cauca, Nariño y la Sierra Nevada, el cultivo mantiene prácticas que no se asumen como producción convencional. Comunidades como el pueblo Nasa siembran la planta bajo reglas espirituales asociadas al permiso del Ksxa’w, entendido como espíritu del territorio. La recolección se realiza hoja por hoja, sin desprender la rama. Cada familia dispone de un “tajito” que sostiene el consumo doméstico, el trueque y el uso medicinal, con tres cosechas al año.
El mambeo organiza la relación con la hoja. El proceso consiste en retirar el nervio central de las hojas, mezclarlas con mambe —cal o ceniza— y formar una bola que se mantiene en la mejilla sin masticar. De allí se extrae un alcaloide suave que, según la tradición, calma el hambre, aporta energía y facilita la conversación. En la tulpa, alrededor del fuego, el mambeo acompaña decisiones colectivas. La experiencia acumulada define jerarquías simbólicas, como el reconocimiento al “que más ha mambeado”.
Antes de la llegada de los españoles, la hoja de coca también funcionó como medio de intercambio. Su valor simbólico y material la acercó a formas de pago comparables con el oro y la plata en algunas comunidades. Las narraciones orales refuerzan su significado. Una leyenda andina relata la historia de Kuka, una mujer cuya muerte dio origen a la planta de coca. Según el relato, su cuerpo enterrado se transformó en una especie que otorgaba fuerza y alivio.
El consumo actual mantiene prácticas como la infusión o mate de coca. Su uso se extiende a la resistencia física, la adaptación a la altura y, en algunos casos, a prácticas simbólicas como la lectura del futuro, condicionada a la creencia de quien la realiza. En el plano medicinal, se le atribuyen propiedades digestivas, analgésicas y contenido de calcio, fósforo y vitaminas A y E. En la tradición oral, se afirma que alimenta el espíritu para que el cuerpo resista.
El conflicto se instala en el siglo XX con la transformación de la hoja en insumo del narcotráfico. Este proceso desplaza su uso tradicional hacia economías ilegales. La fumigación con glifosato, el desplazamiento forzado y las políticas de erradicación marcan territorios donde la coca cambia de significado. Comunidades Nasa, Kogi, Arhuaca y Pastos sostienen su defensa como patrimonio, con cultivos sin químicos y procesos de transformación en harina, pomadas, té y galletas, bajo licencias.
El Estado reconoce la hoja como planta de uso tradicional, pero la regulación mantiene tensiones. En Colombia, una misma hoja se asume como medicina en contextos culturales y como materia prima de cocaína en el exterior. En Popayán, el mambeadero urbano convoca a jóvenes que buscan resignificar su sentido. En Toribío, la guardia indígena diferencia entre cultivos de uso ilícito y cultivos tradicionales.
El marco jurídico incluye decisiones como la de 1994 de la Corte Constitucional de Colombia, que reconoce el mambeo como derecho fundamental de los pueblos indígenas. Este reconocimiento convive con políticas de control derivadas de compromisos internacionales. La hoja de coca permanece en una discusión abierta entre cultura, economía y política. Su definición cambia según el contexto en el que se observa.
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