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Jueves, 1 de octubre de 2026
viernes 21 marzo, 2014 a las 9:46 pm

¿Hasta cuándo?

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Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

Ubiquémonos porque empieza la función. En una mezcla de arrogancia y leyes cojitrancas que convierten este territorio en un teatro de mala muerte, Petro se va, Petro se queda, los “buenos” se santiguan, los “malos” se desmandan. En esta esquina Gustavo Francisco Petro Urrego listo a dar la cara. En la otra, de mitra y ornamentos recién desempacados, Alejandro Ordóñez se dispone a batirse a baculazo limpio. Una humareda de humanidad cansada flota sobre la fanaticada mientras Juan Manuel I, conspicuo representante de una dinastía bien alimentada, abona su medianía con prometedores vientos antillanos y Su Santidad Álvaro Uribe, aplaude o bufa, grita o calla según sea el color del cristal con que se mire.

El circo está lleno a reventar. Ilustres prohombres, orna y prez de la patria, nos honran con su presencia. La noche promete emociones fuertes. La danza de los siete velos donde gimen en voluptuoso remolino medidas cautelares en estado de coma, Consejos de Estado, altas cortes, funcionarios difuminados en una nube de incienso y podredumbre y demás representantes de “la democracia más antigua de América”, una vez más, como ayer, como hoy y probablemente como mañana, con su sarta de “coherencias programáticas”, (¿qué será?) defensa de las instituciones (¡qué ironía!) golpes de pecho y omnímodos poderes descompuestos en su propia salsa, gira sin parar. El burgomaestre máximo de esta “tierra de leones”, enredado en un ovillo de eructos, jadeos, trapisondas, fábulas y pequeñeces coronadas, le dice adiós al palacio Liévano mientras el dueño del conuco, arrinconado entre las admoniciones de la Corte y los misereres del procurador, baja el pulgar como los Césares romanos. Petro hace maletas, Ordóñez se ha salido con la suya, ¿Seguirá sumiendo en las tinieblas exteriores al que le caiga gordo y absolviendo a todos los Preteles, Diegos Palacios, Ciros Ramírez y Gómez Gallos untados hasta el tuétano de inocencias pringosas y vergüenzas endémicas? ¿Sabrá contar Ordóñez? ¿La bruma de su egolatría le permitirá adivinar cuánto pesan quince, dieciséis, dieciocho años de silencio forzado en la vida productiva de un ser humano? ¿Cuántos rufianes siguen esquilmando al pueblo colombiano con su bendición y disimulo? ¿Hasta cuándo Colombia será del letargo, de la indiferencia, de la complicidad? Y sobre todo: ¿Por qué no entendemos que el respeto a la diferencia es garantía de vida ciudadana y que las visiones unilaterales no son aconsejables en terrenos tan frágiles, poderosos y proclives al desenfreno, como son los de la política y la religión?

Ni siquiera la visión de politólogos o historiadores. Un simple brochazo de sentido común nos dice que no se deben uniformar el pensamiento ni la acción. Son necesarios la oposición respetada, el disenso escuchado, el diálogo que equilibra y fortalece un tejido tan frágil y comprometedor como el de esta política que se agostó antes de tiempo. El mundo no empieza ni termina en las cavernas de los Gerleines ni en las maromas de tanto congresista heredero de componendas oscuras, de tanto honorable de origen espurio, de tanto gobernante sin más crédito que el amiguismo y la astucia. No puede ser producto del azar que un país que confunde la sana práctica de la religión y su sucedánea la política con apolillados conceptos morales, ostente en el continente este vergonzoso índice de violencia contra la mujer, de sepultados en vida como los secuestrados, de hombres, mujeres y niños campesinos desarraigados a la fuerza de sus querencias, de los sistemáticos asesinatos del Estado eufemísticamente calificados como “falsos positivos”, del exterminio sanguinario de un partido tan necesario en la conformación de la democracia como la Unión Patriótica. Veámonos en el espejo de Venezuela. Midámonos en el ejemplo de totalitarismos uniformados o no, de inquisiciones bárbaras, de santos oficios sibilinos. En una palabra: del poder y el dinero como únicos árbitros a la hora de armar la agenda nacional y responder como se debe a las innovaciones del futuro. Éstas no son solo palabras, es la conclusión dolorosa de una colombiana que necesita volver a creer en las autoridades civiles y militares de su país para medir la vida y esperar con tranquilidad al final del camino.

Terminó el sainete. Rafael Pardo pasa al tablero, Ordóñez continúa predicando su evangelio incontinente y Petro se va con su música a otra parte. Así somos, un barniz de agua bendita y reverencias heredadas, nos hace de doble faz, de doble fondo, de doble discurso. Ya sabremos en carne propia lo que significa ungir a un solo hombre con poder sin límites y quizás comprendamos lo peligroso que resulta quedar a la zaga agobiados bajo el peso de una moral tan circunstancial como todo lo que urden la desesperación, el oportunismo y la ignorancia.