EL GRAN PARTIDO DE LA PAZ


Como referente deportivo, como una esperanza más en sus aspiraciones para llegar al Campeonato Mundial de Fútbol 2018 a realizarse en Rusia, dentro de 2 años, el partido que jugó nuestra Selección Nacional en La Paz, Bolivia, a 3.640 metros sobre el nivel del mar, el pasado jueves santo 24 de marzo por la tarde, era de “vida o muerte” como lo proclamaban a los cuatros vientos y en todas las formas posibles nuestros avezados y connotados comentaristas y locutores deportivos, en prensa, radio, televisión, y en las redes sociales, haciéndonos sufrir lo indecible, incluso hasta hacernos sentir “dolor de patria” (y hasta “dolor de parto”, según decían algunos amigos chistosos), porque ese partido era el decisivo, estábamos “en la cuerda floja”, todos “debíamos cruzar los dedos” e invocar a todas los dioses posibles del fútbol y así nos lo hacían sentir con sus lenguajes característicos y su jerga tan especial con esos adjetivos tan protuberantes y esos aires de profetas que vaticinan los posibles resultados, sin haber jugado un solo minuto. Según decían ellos, con el sustento matemático correspondiente, “teníamos muy pocos puntos en la general” y era obligatorio “que ganáramos ese partido”, porque si no era así, “adiós Rusia” y “se acabaría Colombia como potencia mundial en fútbol” (así le alcancé a escuchar a un comentarista, con el correspondiente escalofrío que me dio).
El día señalado llegó y tal como lo habían vaticinado los comentaristas deportivos y haciéndoles caso a ellos, Colombia, contra viento, marea y la fatal altura, se dio el lujo de vencer a Bolivia, con un contundente 3 a 2, con goles de James Rodríguez, Carlos Bacca y Edwin Cardona, con la batuta formidable del maestro José Pékerman. El desafío había sigo ganado y “ya todos podíamos dormir más tranquilos Y EN PAZ” y “nos habíamos salvado de la hecatombe pronosticada”.

Ahora bien, ese angustiante partido de fútbol de La Paz (Bolivia) y sus dificultades de todo tipo, me hicieron recordar al instante, por comparación metafórica, del otro partido político por conseguir la paz y la convivencia a la colombiana, desde ya hace más tres años y medio, desde que se inició en la Sede de Oslo (Noruega) y pasó a La Habana (Cuba), donde actualmente se encuentra el balón y del cual todos estamos expectantes. Usando a la “loca de la casa”, como dijo alguien, es decir, “a la imaginación”, me permito imaginarme a los dos equipos, a las FARC con su director Técnico “Timochenko” y a Colombia con su director Juan Manuel Santos. Las tribunas están repletas hasta las banderas, con más de 40 millones de colombianos convencidos (faltando 5 millones, que todavía no lo están). El marcador hasta ahora va 4 a 1, ganando Colombia por los 4 acuerdos y 1 de las FARC, por el gol del Conejo (Guajira). El gran partido de la paz, aún continúa en La Habana y se piensa que seguirá hasta diciembre o antes.
Esperamos que ese marcador aumente, por lo menos dos goles más a favor de Colombia y de esta manera, podamos celebrar con lágrimas de alegría en nuestros rostros, con las campanas al vuelo, los pitos de los carros y la algarabía a la colombiana, así como sucede cada vez que Colombia es campeón. Pero esta vez, será el campeón de la paz, después de un partido largo de tres años y medio. ¿Vale la pena celebrar, cierto?



