GOLIAT EL HIJO DE DAVID


Foto: Olympic Games
GOLIAT EL HIJO DE DAVID
Por: Jaime Cárdenas
La herencia que nos legaran los griegos es portentosa y a su vez cuantiosa. Entre otras cosas a ellos les debemos la filosofía, los fundamentos de la ciencia, de la democracia y del derecho, de las matemáticas y la geometría; los parámetros para el juicio estético y artístico y también las olimpiadas que tenían en la Grecia clásica este nombre porque se celebraban en la ciudad de Olimpia, siendo fundadas, se dice en su mitología, por el dios Zeus.
Fue afortunada la idea de recoger esa tradición y hacerla en los tiempos modernos. Este acierto se lo evidencia en estos días en que París, la ciudad de los jacobinos y de los artistas ha sido sede de una nueva versión de las olimpiadas poniendo un paréntesis de fiesta a un mundo tristemente convulso en el que el día a día nos muestra el dolor de los palestinos, en buena medida solos frente a la atrocidad de los sionistas,- ejemplar la posición de Colombia- en el que la guerra de Ucrania continúa ante la soberbia de quienes hicieron posible que detonara, un mundo que se calienta hasta extremos inimaginables, un mundo, en fin, que se pensó iba ser mejor saliendo de la pandemia y que vino a mostrar su oscuridad una vez pasó el susto.
En las olimpiadas concurren los países y las culturas. Allá está la juventud con su esperanza de triunfar compitiendo. La competencia de los deportistas amateur en Francia nada tiene que ver con la idea de competencia que surge de las entrañas del capital que formatea la mente para ver en el otro un enemigo al que hay que destruir, aquí el triunfo se ha pervertido. En este universo ruin no cabe el respeto, la solidaridad ni la hermandad del verdadero deportista.
Si los dioses del olimpo han visto esta olimpiada de París seguramente aplaudieron a Mijaín López, el cubano que ha hecho la hazaña más grande de todas las olimpiadas en su historia: ganar cinco medallas de oro consecutivas. Es el triunfo de Latinoamérica, de David que llega a ser Goliat con este hombre humilde descendiente de esclavos de casi dos metros de estatura y 130 kilos de peso que no tiene contendor en su lucha, el que siendo niño en su pequeño pueblo de la Herradura, en Pinar del Río, con todas las limitaciones de Cuba, pero a su vez con el heroico apoyo a la niñez y a la juventud, se impuso una meta y cuando la conquistó la dedicó a su patria, a la memoria de su padre, un campesino cultivador de tabaco, y a Fidel.
Mijaín López al ganar en la lucha grecorromana muestra lo que son los cubanos: luchadores. Bloqueados, difamados por el Imperio y sus lacayos, van llegando con sus médicos donde hay dolor y entran en nuestro mundo personal, más allá de las ideologías, con su formidable música. Luchadores, no hay duda, tienen en su haber en nuestro continente más medallas de oro en la historia de los olímpicos que ningún otro país.
Mijaín merece que la humanidad lo aplauda de píe. Porque su triunfo es una conquista del ser humano. Viendo los rostros de esos niños y niñas de su pueblo que presenciaban su última pelea, primero asustados y al final felices y orgullosos, pienso que ellos y los que sepan de su hazaña podrán tener en su imaginario un faro ejemplar. Siguiendo los valores de Mijaín contribuirán a que este mundo sea mejor, como alguna vez lo soñara Lennon, o cuando menos no tan sórdido como es el presente.
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