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Miércoles, 14 de octubre de 2026

Gestación, nacimiento, ascenso y caída de un ateo

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Gestación, nacimiento, ascenso y caída de un ateo

Gestación, nacimiento, ascenso y caída de un ateo
Por Julio César Espinosa*

A las personas que tenemos algún interés en los aspectos espirituales de la vida no nos interesan los planteamientos crítico-cómicos de la familia escéptica, a la cual tiene el gusto de pertenecer José Fernando Isaza. Más interesante resulta explicarles de qué modo han llegado a adoptar la incredulidad como componente esencial de sus pensamientos. Y se debe empezar la cogitación dejando señalada una primera premisa: no se llega a ser incrédulo de la noche a la mañana. El ser ateo, incrédulo o escéptico no llegó a esta cima de la caracterización por obra de algún hechizo, magia, artilugio o misteriosa ardid sobrenatural, porque sería ridículo que lo supranatural se prestase para producir esa clase de bicho raro que es el incrédulo. Disímiles y frustradas experiencias metafísicas a lo largo del tiempo han aportado su granito de arena para que hiciera eclosión, en el ánimo de gente como Isaza, el desconcertante estado de escepticismo permanente. Paso entonces a relacionar esas posibles experiencias frustrantes:

  1. La primera comunión o el ingreso del Espíritu Santo en el cuerpo del niño. Al sentir el sabor insípido de la hostia en su paladar, los niños tipo Isaza esperan sentir una especie de bebé –el cuerpo de Cristo–revolcándose en el interior de su boca. Más como lo único que se diluye es el pan ácimo, comienza a gestarse así el descreimiento, porque los niños toman lo sobrenatural como real. Respecto de aquellos que son sometidos a un ritual donde ingresa el espíritu divino a su organismo, por supuesto que se dan cuenta que semejante visita no los transformó: siguen siendo berrinchosos, masturbadores (iba a decir otro sinónimo, pero nó), mentirosos y ladrones. Por eso les nace en la sesera el concepto de que tales ritos son meras disculpas para meterse una buena comilona a nombre de Dios.
  2. El mal ejemplo del religioso. A medida que crece el niño toma por santos, beatos e inmaculados a los religiosos que le imparten la lección, el pastoreo o la catequesis. Pronto el futuro creyente descubre que sus instructores son humanos «comunes y corrientes», que miran el trasero de las mujeres o el «bulto» de los hombres, que se enriquecen con «el don de la palabra», que sufren de «santa ira» y otros pecadillos que no se pueden nombrar aquí.
  3. Sigue el crecimiento y el párvulo se hace joven inquieto, ya se lee algún libro de historia y queda pasmado al enterarse de que las tres principales religiones del mundo (y otras no menos mediáticas), en nombre de divinidades que son solo amor, han masacrado (en el sentido exacto del término) millones de personas. En esta etapa el descreimiento ya le chorrea por las sienes y empieza a sentir repulsa por las instituciones dizque «espirituales».
  4. Ya adulto, el antiguo e ingenuo párvulo revisa algunos dogmas de su respectiva doctrina, y descubre que tienen asertos contrarios a toda lógica, que los milagros tienen «explicación científica», que han creado machismos y patriarcados absolutamente inaceptables, que por cientos de años han mantenido en indefensión, subyugación y opresión (y muchos otros terminados en CION) a mujeres, niños, gente de distinta raza y diverso credo.
  5. El colmo de la indignación de la recua cuyo modelo es Chepe Fernando, ocurre cuando disipa totalmente las nieblas de su entendimiento y percibe aterrado que los grandes prelados compadecen al pobre pero les sacan la leche por debajo de cuerda, que son aliados de los poderosos, que manipulan multitudes de ignorantes y enredan con sus doctrinas a tirios y troyanos.

La graduación de un incrédulo ocurre cuando, pese al reclamo de su conciencia que lo acusa de blasfemo, manifiesta su ira contra la religión, se caga en los dioses más santos y manda al carajo la más pura doctrina: es un ateo evolucionado en estado puro, un Isaza, un predicador de nuevas doctrinas tipo «la religión es el opio del pueblo».

Pese a que los científicos ciegos no caen en cuenta de que malviven mentalmente en contubernio asqueante con el dogma de la evolución (para ellos TODO está en evolución), es preciso abrirles los ojos a los descreídos cuyo mejor paradigma es José Fernando. La evolución es una mecánica ciega inevitable, siempre seguida de la involución y los ateos no son una regla aparte. También involucionan, se degeneran, lo cual significa que pueden llegar a reconvertirse en abominables creyentes de las más fea condición: el creyente culto. ¿Cómo es posible este galimatías? ¿Cuál es la explicación «científica» de este cambio abrupto?

Dios mío, ilumíname el seso para no defraudar a mis lectores. La involución de un incrédulo se da cuando se topa con alguno de los siguientes eventos:

  1. Que su avión en pleno vuelo comience a fallar. Entonces ahí lo tenemos, el escéptico con el culo apretado, súbitamente ya no le chorrea por las sienes el descreimiento, suda petróleo y también fe infinita en la bondad de Dios, que todo (TODO) lo perdona. De repente se acuerda de Alá, de Buda, de Cristo, de Yavé, de Jehová y de una interminable serie de santos muy seguramente pedófilos.
  2. Que, como al Pastor Darío Silva, un milagro lo saque de una terrible quiebra económica. Esta es la involución más abyecta porque su fundamento es el sucio «estiércol del demonio», el «vil metal de Fouché», el espurio dinero.
  3. Que al ateo se le diagnostique un mal definitivamente mortal: coronavirus, sida, lepra, mal de Korea, tumor canceroso, y que otro milagro lo cure de la terminal aflicción. Esta degeneración quizá sea la entendible de todas, porque el dolor físico en busca de curación ha doblegado a los más férreos incrédulos. Dicen que Marx en una asamblea gritó «Señores, yo no soy marxista». Y que, compungido por haber enviado media humanidad a la involución atea, fue enterrado con honores de rabino judío: tenía un proletario carbunclo de esos que matan lentamente.

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Otras publicaciones de Julio César Espinosa en Proclama del Cauca:

Gestación, nacimiento, ascenso y caída de un ateo

Esta fue la publicación de José Fernando Isaza en El Espectador del 16 Abr 2020:

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Apocalipsis

Gestación, nacimiento, ascenso y caída de un ateo
Por: José Fernando Isaza

En 1998 la NASA descubrió un asteroide que denominó 1998 OR2. Su diámetro está entre 1,9 y 4 km, por lo que se clasifica como “potencialmente peligroso”. Es decir que si llega a chocar contra la Tierra produciría una catástrofe que no acabaría con la civilización, pero la dejaría maltrecha. El próximo 29 de abril se producirá el mayor acercamiento del asteroide al planeta. Los raelianos y apocalípticos dicen que la expresión “potencialmente peligroso” debe interpretarse como una posibilidad real de choque con la Tierra. En realidad la probabilidad es casi cero, se calcula que la distancia de mayor acercamiento el 29 de abril, 2 días después de terminada la cuarentena, será de 6,2 millones de km, 16 veces mayor que la separación entre la Tierra y la Luna. Por supuesto que los apocalípticos, y quienes invocan la ira de Dios, afirman que los pecados de la humanidad pueden desviar el asteroide y dirigirlo contra la Tierra, razonamiento similar al de quienes predican que las cadenas de oración pueden tener efectos positivos sobre la trayectoria. Las películas de ciencia ficción hacen chocar los meteoritos en los centros de las grandes ciudades: Nueva York, París, Londres, San Francisco, Los Ángeles y más recientemente en ciudades chinas. La probabilidad de que la colisión se produzca en estas áreas es muy baja, es más factible que caiga en el mar o en zonas poco pobladas. Un director de cine, cuyo nombre no recuerdo, no quería mucho a los argentinos, y en su película el choque catastrófico se produce en Buenos Aires.

La religión también está presente en la actual pandemia. El predicador islámico Sard afirma que el coronavirus es un castigo divino causado por la aceptación en muchos países del matrimonio gay. La misma causa la atribuyó la alcaldesa cristiana de Atlanta durante los huracanes del 2018. Debe existir una fina frontera para que las anteriores manifestaciones nos parezcan ridículas, pero se acepten con mayor facilidad las que invocan fuerzas sobrenaturales para enfrentar catástrofes naturales o epidemias. El presidente de México, un país laico, ante el avance del COVID-19, se mostró confiado en que unos escapularios llamados “detente” protegerían del contagio. Con sentido del humor se promocionó en el portal web de Mercado Libre la venta del kit de “detentes”. En Colombia, que constitucionalmente es un país laico, el presidente invoca permanentemente a la Virgen de Chiquinquirá para que controle la epidemia. Es claro que cualquier persona es libre de profesar o no la religión, pero es extraño que las autoridades le asignen funciones de Estado a una religión específica. Un escrito que circula en las redes puede aclarar el anterior galimatías: “Si tu Dios manda una epidemia para que le reces más, no es amor, es chantaje. Consulta a tu ateo más cercano”.

Para estimular el espíritu cívico de los ciudadanos se propone que se icen las banderas, pero no parece especialmente útil esta medida. Las autoridades deben mejor ayudar a los habitantes de las residencias en los barrios más desprotegidos, allí se colocan en las ventanas no banderas, sino trapos rojos como señal aceptada de “¡SOS! ¡Tenemos hambre!”.

Nota final. Tendencia positiva en la evolución del contagio en Colombia: el período de duplicación es de 7,78 días, hace dos semanas estaba en 5,7 días.

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