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El fallecimiento de Gabriel García Márquez es un duro golpe a la imaginación universal que, sin embargo, por su formidable creación literaria, su manera interpretar la realidad, exaltar la paz, la fraternidad, censurar la soledad, el olvido y exclusión a que han sido sometidos los pueblos del mundo, continuará expandiéndose de manera perpetua, y no solo en el cosmos de la literatura ecuménica, sino en la conciencia de la humanidad.
Las naciones prescindidas del progreso y los bienes de la civilización son Macondo.
García Márquez estuvo siempre al lado de los irredentos y excluidos de la tierra, y fue su propio entorno histórico social la fuente de un relato que trascendió las fronteras de Aracataca: “Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en una casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia”.
“Muchos años después, ese niño había de seguir contando con una bocina de gramófono el decreto número cuatro del jefe civil y militar de la provincia (…) Donde declaraba a los huelguistas cuadrillas de malhechores y facultaba al ejército para matarlos a bala”.
“El decreto es recibido por la muchedumbre con una ruidosa rechifla. Entonces un capitán sustituye al teniente en el gramófono y grita a los presentes que tienen cinco minutos para retirarse. Luego agrega que “un minuto después se hará fuego. José Arcadio Segundo se empinó por encima de las cabezas que tenía en frente, y por primera vez en su vida levantó la voz: ¡Cabrones! –gritó- les regalamos el minuto que falta”. (Masacre de las Bananeras).

Con su muerte ha quedado, de manera inexorable, derrotada la soledad de su memoria y a diferencia de Melquiades, el gitano de su colosal obra, Cien años de soledad, que regresó a Macondo después de muerto por no haber soportar el tedio de la existencia en el más allá, nos queda la certidumbre que García Márquez venció su propia muerte y resolvió quedarse vivo en Colombia y en la memoria del mundo, en solidaridad con los irredentos y prescindidos del bienestar que todavía no tienen quien les escriba.
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El libro que aún falta por escribir
(Texto escrito posiblemente en el 2002)
Por Fidel Castro Ruz
Texto de alta sensibilidad humana, valor estético y testimonio de la fraterna e inseparable amistad y coincidencias políticas que unieron a Gabriel García Márquez y Fidel Castro Ruz.
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Gabo y yo estábamos en la ciudad de Bogotá el día triste del 9 de abril de 1948 en que mataron a Gaitán. Teníamos la misma edad: 21 años, fuimos testigos de los mismos acontecimientos, ambos estudiábamos la misma carrera: Derecho. Eso al menos creíamos los dos. Ninguno tenía noticias del otro. No nos conocía nadie, ni siquiera nosotros mismos. Casi medio siglo después, Gabo y yo conversábamos, en vísperas de un viaje a Birán, el lugar de Oriente, en Cuba, donde nací la madrugada del 13 de agosto de 1926.
El encuentro tenía la impronta de las ocasiones íntimas, familiares, donde suelen imponerse el recuento y las efusivas evocaciones, en un ambiente que compartíamos con un grupo de amigos de Gabo y algunos compañeros dirigentes de la Revolución.
Aquella noche de nuestro diálogo. Repasaba las imágenes grabadas en la memoria: ¡Mataron a Gaitán!, repetían los gritos del 9 de abril en Bogotá, adonde habíamos viajado un grupo de jóvenes cubanos para organizar un congreso latinoamericano de estudiantes. Mientras permanecía perplejo y detenido, el pueblo arrastraba al asesino por las calles, una multitud incendiaba comercios, oficinas, cines, y edificios de inquilinato. Algunos llevaban de uno a otro lado los pianos y armarios en andas. Alguien rompía espejos. Otros la emprendían contra los pasquines y las marquesinas. Los de más allá vociferaban su frustración y su dolor desde las bocacalles, las terrazas floridas o las paredes humeantes. Un hombre se desahogaba dándole golpes a una máquina de escribir, y para ahorrarse el esfuerzo descomunal e insólito, lanzó la máquina hacia arriba y al caer contra el piso de cemento se voló en pedazos.
Mientras hablaba, Gabo escuchaba y probablemente confirmaba aquella certeza suya de que en América Latina y el Caribe, los escritores han tenido que inventar muy poco, porque la realidad supera cualquier historia imaginada, y tal vez su problema ha sido el de hacer creíble esa realidad.
El caso es que, casi concluido el relato, supe que Gabo también estaba allí y percibí reveladora la coincidencia, quizás habíamos recorrido las mismas calles y vivido los sobresaltos, asombros e ímpetus que me llevaron a ser uno más en aquel río súbitamente desbordado de los cerros.
Disparé la pregunta con la curiosidad empedernida de siempre. “Y tú, ¿qué hacías durante el Bogotazo?”, y él, imperturbable, atrincherado en su imaginación sorprendente, vivaz, díscola y excepcional, respondió rotundo, sonriente, e ingenioso desde la naturalidad de sus metáforas: “Fidel…yo era aquel hombre de la máquina de escribir”.
A Gabo lo conozco desde siempre, y la primera vez pudo ser en cualquiera de esos instantes o territorios de la frondosa geografía poética garciamarquiana. Como él mismo confesó, lleva sobre su conciencia el haberme iniciado y mantenerme al día en la “adicción de los best-sellers de consumo rápido, como método de purificación contra los documentos oficiales”. A lo que habría que agregar su responsabilidad al convencerme no sólo de que en mi próxima reencarnación querría ser escritor, sino que además querría serlo como Gabriel García Márquez, con ese obstinado y persistente detallismo en que apoya como en una piedra filosofal, toda la credibilidad de su deslumbrantes exageraciones.
En una oportunidad llegó a aseverar que me había tomado dieciocho bolas de helado, lo cual, como es de supones, protesté con la mayor energía posible. Recordé después en el texto preliminar de “Del amor y otros demonios” que un hombre se paseaba en su caballo de once meses y sugerí al autor: “Mira, Gabo, añádele dos o tres años más a ese caballo, porque uno de once meses es un potrico”.
Después al leer la novela impresa, uno recuerda de Abrenuncio Sa Pereira Cao, a quien Gabo reconoce como el médico más notable y controvertido de la ciudad de Cartagena de Indias, en los tiempos de la narración.
En la novela, el hombre llora sentado en una piedra del camino junto al caballo que en octubre cumple cien años y en una bajada se le reventó el corazón.
Gabo, como era esperarse, convirtió la edad del animal en una prodigiosa circunstancia, en un suceso increíble de inobjetable veracidad. Su literatura es la prueba fehaciente de su sensibilidad y adhesión irrenunciable a los orígenes, de su inspiración latinoamericana y lealtad a la verdad, de su pensamiento progresista.
Comparto con él una teoría escandalosa, probablemente sacrílega para academias y doctores en letras, sobre la relatividad de las palabras del idioma y lo hago con la misma intensidad que siento fascinación por los diccionarios, sobre todo aquél que me obsequiara cuando cumplí 70 años, y es una verdadera joya porque a la definición de las palabras, añade frases célebres de la literatura hispanoamericana, ejemplo de buen uso del vocabulario.
También, como hombre público obligado a escribir discursos y narrar hechos, coincido con el ilustre escritor en el deleite por la búsqueda de la palabra exacta, una especie de obsesión compartida e inagotable hasta que la frase nos queda a gusto, fiel al sentimiento o la idea que deseamos expresar y en la fe de que siempre puede mejorarse.
Lo admiro sobre todo cuando, al no existir esa palabra exacta, tranquilamente la inventa.
¡Cómo envidio esa licencia suya! Ahora aparece Gabo por Gabo (Vivir para contarla) con la publicación de su autobiografía, es decir, la novela de sus recuerdos, una obra que imagino de nostalgia por el trueno de las cuatro de la tarde, que era el instante de relámpago y magia que su madre Luisa Santiaga Márquez Iguarán echaba de menos lejos de Aracataca, la aldea sin empedrar, de torrenciales aguaceros eternos, hábitos de alquimia y telégrafo y amores turbulentos y sensacionales que poblarían Macondo, el pequeño pueblo de las páginas de cien años solitarios con todo el polvo y el hechizo del Aracataca.
De Gabo siempre me han llegado cuartillas aún en preparación, por el gesto generoso y de sencillez con que siempre me envía, al igual que a otros a quienes mucho aprecia, los borradores de sus libros, como prueba de nuestra vieja y entrañable amistad.
Esta vez hace una entrega de sí mismo con sinceridad, candor y vehemencia, que le develan como lo que es, un hombre con bondad de niño y talento cósmico, un hombre del mañana, al que agradecemos haber vivido esta vida para contarla.
