FRANCISCUS Y LA CASA COMÚN (I)


«Olvidamos que nosotros mismos somos tierra» (cf. Gn 2,7).
Hubiéramos querido más bien utilizar este espacio, transcribiendo los apartes más importantes -que lo son todos-, de la Encíclica LAUDATO, «cuidado de la casa común», por tratarse, en nuestra opinión, de un aporte trascendental al tema de la ecología global, no solo desde el punto de vista académico y doctrinario, sino, particularmente, por su inusitado contenido de queja y denuncia contra los poderosos del mundo, que han convertido al planeta, en un «inmenso depósito de porquería». El extenso documento, «Alabado seas», es una pieza magistral que recoge las tímidas opiniones que desde Pablo VI (Pacem in Terris), Juan Pablo II, y otras iglesias y credos en la actualidad, han expresado contra el criminal exterminio del planeta, que en palabras del pontífice argentino desea que se asuma como una «reflexión gozosa y dramática», llena de esperanza pero también de denuncia contra los dueños del capital mundial. Con dedo implacable, el documento señala una y otra vez a los potentados, que en su afán de lucro endemoniado han convertido la tierra, su potencial, su riqueza y recursos, simplemente en una mercancía que se vende al mejor postor, juego perverso en lo que los más necesitados y pobres siempre son víctimas. La desertificación, los gases contaminantes, la propia «gobernanza de los océanos», la flora y fauna, y la retórica estéril de las cumbres y conferencias mundiales sobre el ambiente, por la ausencia de mecanismos de control y revisión periódicas, le merecen una especial dedicación. Ni qué decir de la bella «oración por nuestra tierra» y la «oración cristiana con la creación», con las que termina la carta papal. Y sentencia en unos de sus apartes: «Este mundo tiene grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida, radicado en su dignidad inalienable». Es este, sin duda, un estremecedor documento que impulsa a la acción por parte de todos, desde nuestro particular entorno, para evitar que se siga destruyendo la tierra, nuestra «casa común», con la que compartimos la existencia. Se advierte el espíritu de Francisco de Asís, el hermano de todos.




