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Lunes, 5 de octubre de 2026

Flora y fauna caucana en medio de la guerra.

Flora y fauna caucana en medio de la guerra

Imagen por: https://chatgpt.com/

JESÚS-ALBERTO-AGUILAR

Un territorio biodiverso cercado por el conflicto

El Cauca no es solamente montaña y niebla. Es un territorio donde habitan el cóndor, el oso de anteojos y la danta de páramo. Allí crecen el frailejón, el sietecueros, el encenillo y los guaduales que forman parte del paisaje y de los sistemas naturales que abastecen de agua a las comunidades.

Esa riqueza, sin embargo, ha tenido que sobrevivir en medio de la guerra. En los territorios donde actúan grupos armados no estatales, el ingreso de científicos, profesionales dedicados a la protección animal y organizaciones ambientales puede quedar restringido. El conflicto dificulta el estudio, la conservación y la vigilancia de especies que, según el autor, son endémicas o solamente existen en Colombia.

En este escenario surge una pregunta política: ¿será capaz el nuevo Gobierno de iniciar campañas para proteger esas especies y garantizar la presencia institucional en las zonas donde la confrontación ha limitado las labores de conservación?

El bosque que escucha disparos

En el Macizo Colombiano nace buena parte del agua que recorre el suroccidente del país. Pero, desde la década de los noventa, el paisaje también ha estado acompañado por otros sonidos: las botas, las mulas y los motores de retroexcavadoras utilizadas en actividades ilegales.

Cuando un grupo armado ocupa una vereda, el bosque puede convertirse en trinchera. Se talan árboles para instalar campamentos, se abren caminos donde antes transitaban animales silvestres y se establecen cultivos de coca en espacios donde crecían especies vegetales como el chagualo.

La tierra que antes estaba destinada a producir vida queda vinculada a las economías y dinámicas de la guerra. El oso de anteojos, al que se le atribuye una función importante en la dispersión de semillas, se desplaza principalmente durante la noche y se aleja del ruido. Para la fauna, la presencia de seres humanos armados también representa una amenaza.

Víctimas sin voz

Cada hectárea de bosque talada para abrir caminos, instalar una caleta o ampliar zonas de ocupación representa una pérdida ambiental para Popayán, Cali y el resto del suroccidente colombiano.

El texto señala que un encenillo puede tardar 80 años en crecer, mientras una motosierra puede derribarlo en ocho minutos. La comparación muestra la desigualdad entre los tiempos de recuperación de la naturaleza y la rapidez con la que puede ser destruida.

La danta, el tigrillo y el puma también se desplazan hacia zonas más profundas de la montaña cuando aumenta la violencia. Muchos animales quedan confinados en fragmentos de bosque, sin corredores biológicos, con menor disponibilidad de agua limpia y expuestos a la caza.

Otros pueden resultar afectados por minas antipersona, artefactos que no distinguen entre seres humanos y animales. El conflicto altera así las rutas naturales, las fuentes de alimento y las posibilidades de reproducción de las especies.

Ríos que reflejan la confrontación

Los ríos Patía, Naya y Cauca también aparecen en esta reflexión como expresiones del deterioro territorial. Sus aguas reciben mercurio asociado a la minería ilegal y sedimentos derivados de la deforestación.

El daño ambiental no permanece aislado en las montañas. Lo que ocurre en las zonas de extracción, tala y confrontación puede extenderse aguas abajo y afectar ecosistemas, comunidades y poblaciones que dependen de los ríos.

Por eso, la respuesta estatal frente a la guerra no puede limitarse a las operaciones de seguridad. También requiere control de las actividades extractivas ilegales, recuperación de cuencas, presencia de autoridades ambientales y garantías para quienes realizan labores de conservación.

Una resistencia con raíces

Esta no es únicamente una historia de destrucción. En medio del conflicto también existen personas que protegen los ecosistemas.

Campesinos, comunidades mestizas, afrodescendientes e indígenas conservan plántulas en sus patios con la intención de reforestar cuando las condiciones lo permitan. Mujeres de las comunidades organizan viveros y enseñan a sus hijos que la permanencia del bosque está directamente relacionada con la disponibilidad de agua.

El texto también destaca a los guardaparques del Parque Nacional Natural Puracé, quienes continúan sus recorridos por el páramo pese a las condiciones de inseguridad.

Una frase atribuida a mujeres que participan en esos procesos resume la relación entre conservación y supervivencia: “Si se acaba el monte, se acaba el agua, y si se acaba el agua, nos acabamos todos”.

La paz también debe ser ambiental

Hablar de paz en el Cauca implica considerar los daños causados a los ecosistemas. No basta con firmar acuerdos en documentos. También se requiere recuperar los bosques, descontaminar los ríos, garantizar corredores para la fauna y proteger a quienes trabajan en los territorios.

Desde esta perspectiva, la reincorporación también podría incluir actividades de restauración ambiental. La paz significaría que un excombatiente sembrara más árboles de los que taló, que un niño pudiera observar osos sin atravesar un retén y que los ríos dejaran de estar vinculados a las dinámicas del conflicto.

La propuesta política consiste en reconocer que la seguridad humana y la seguridad ambiental forman parte del mismo problema. Sin agua, bosques y biodiversidad, las comunidades tampoco pueden construir un futuro estable.

Un territorio herido que todavía resiste

La guerra ha golpeado a las personas y, al mismo tiempo, ha causado daños sobre las montañas, los páramos, los animales y las fuentes de agua.

El Cauca continúa siendo presentado como uno de los departamentos con mayor biodiversidad de Colombia, aunque sus ecosistemas permanecen expuestos a la deforestación, la minería ilegal, la expansión de economías ilícitas y la confrontación armada.

Mientras permanezcan árboles, animales y personas dispuestas a protegerlos, también existirán posibilidades de recuperación. Sin embargo, esa tarea no puede depender únicamente de la resistencia comunitaria. La conservación deberá convertirse en una decisión de Estado y en una prioridad del nuevo Gobierno.


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Jesús Alberto Aguilar Guerrero