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miércoles 29 junio, 2016 a las 12:16 pm

Por fin la paz

Paz en el Cauca - Posconflicto - Posacuerdos en el Cauca - Imagen- Proclama del Cauca
Diogenes Diaz Carabalí
Diógenes Díaz Carabalí.

Del tío Hermenegildo no tengo noticias desde hace mucho tiempo. Tampoco de sus hijos. Ellos, al lado de Ciro Castaño, se refugiaron en Riochiquito, uno de los lugares selváticos que al gobierno le dio por llamar “Repúblicas independientes”. De allí fueron desalojados a punta de fuego y bombas. Escaparon pasando por detrás del nevado del Huila, las mujeres y los niños fueron capturados por el ejército y llevados a la novena brigada, de allí los despacharon sin nada, sin pasaje ni comida para donde Dios los acogiera. Fueron años difíciles para mis primos, de hambre, de miseria. Mi tío hablaba del inicio de la guerra, algo que no entendimos, algo que nos parecía fuera de lógica.

Aún recuerdo las lágrimas de mi madre cuando veía los resplandores de los bombardeos atrás de la cordillera y su preocupación por la suerte de su hermano y sus sobrinos. Ella no entendía el motivo del enfrentamiento; no entendía por qué la miseria perseguía a su hermano como una víbora cazadora pegada a sus calcañales. El inicio de la guerra nos dejó la tristeza de dos primos muerto y el compartir lo poco que teníamos para acoger al tío con su mujer, sus hijos e hijas, sus nueras y yernos. Nosotros no obtuvimos un balazo pero sí la inexplicable brutalidad de la guerra, reflejada en los tristes rostros de nuestros parientes y en el odio marcado en el rostro de los primos. Querían volver al combate.

Permanecieron unos años con nosotros hasta que un día, sin despedirse, marcharon para el Caquetá. Tampoco explicaron su decisión. Pero se fueron a la guerra, aquella que habían perdido cuando estaban desarmados. Ahora los jóvenes, hombres y mujeres, tomarían un fusil. A Ciro Castaño lo mataron pronto después del desalojo de Riochiquito; ellos querían vengar a su camarada. Para ellos la guerra terminaría cuando la sangre de sus hermanos y de sus camaradas quedara saldada. Ellos no tenían afán de paz porque no la conocían, nacieron bajo la guerra; no era cuestión personal, para eso eran leales, formales, decentes, honrados, pero deseaban cobrar una ofensa: la de sus muertos.

Sin duda los primos han matado, sin duda piensen que aún les deben los sacrificios de su lucha, sin duda consideran enemigo a todo aquel que los enfrente, sin duda habrán puesto más muertos. Sin duda su vida es andar con una mochila a la espalda y un fusil en las manos. Sin duda no podrán dormir tranquilos. Sin duda piensen que tras cada matojo, tras cada árbol, tras cada recodo de los ríos, tras cada vuelta de camino, tras cada cumbre de un filo, tras cada muro de la casa de un pueblo, está el enemigo. Esa marca la tendrán grabada en sus momentos, en sus formas de comportarse, en sus prevenciones, a la hora de ir a dormir, cuando van a comer, en el instante de levantarse.

Solo conocen la guerra, una locura que desenfrenamos por sofismas, por la ambición de un poder efímero, porque creemos que por encima de todo tenemos la razón y que el otro debe desaparecer de nuestro lado. Quienes hemos conocidos la guerra de cerca nos alegra que la paz llegue, que podamos conciliar y reconciliar nuestras posiciones, nuestras ambiciones, nuestras camisas de fuerza que nos hacen ser rígidos e inmutables. Quienes hemos sido tocados por la guerra saludamos la paz y que sea para siempre.

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