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Viernes, 9 de octubre de 2026

Felipe Solarte o la insistencia del narrar

Felipe Solarte
Felipe Solarte o la insistencia del narrar
L. Felipe Solarte N.
César Samboní
César Samboní

Un día, el escritor Hernán Bonilla dijo que escribir sobre la propia vida no era ni mucho menos una alternativa para el artista, decía que la vida simple de un hombre no tiene nada de extraordinario. En esos días andaba con la lectura de Borges, y justamente algunos de sus relatos y sus poemas mejor logrados versan sobre hombres grises, cuyas vidas son tan desteñidas que sólo el elíxir de la memoria los vuelve intocados por el tiempo y la sarna de las circunstancias de su muerte o desaparición. La primera vez que vi a Felipe Solarte seguro fue en una tarde de la librería Macondo o al final de una lectura de poesía o en medio del embriagado parque Caldas. Debo confesar que siempre me pareció tan extraño como fascinante, a veces lo veía en inacabables jornadas de bohemia o en medio de algunos alborotos estudiantiles, camuflado allí, con su mirada fija en los rostros de los que desde la sordidez de sus oficinas o de sus balcones venidos a menos, contemplaban a la horda sin sentido que caminaba las calles del viejo centro.

Esos días habitan la sin memoria de un país en el que recordar es cada día más riesgoso. Tan ilustre como absurda es la trama de la memoria que desde el poder incluso, parecen insuficientes los intentos por restablecer las sombras de una época. Recordar es de alguna manera escribir los relatos de los individuos. Entonces, querido escritor, la vida de un hombre es una escritura necesaria. Y en ese impulso, sospecho que ha vivido Felipe Solarte. Estoy casi seguro, además, que nunca había hablado con Felipe acerca de la vida. Lo que ocurre es que algunos creímos que la vida era la literatura, es al revés, apenas lo alcanzo a comprender, la literatura es una posibilidad de la vida.

Algún día, nos sentamos a conversar de la vejez, de la soledad y de lo incierto que es respirar. Ese día, intuyo que conocí a Felipe Solarte, su sentido del humor, sus duras reflexiones sobre los amores fallidos, sus relatos del delirium tremens, del día que decidió empezar a escribir Entre Samanes y de las lecturas que envenenaron su máquina de escribir. Esa tarde, llevaba como tarea de lectura de una novela de Mario Armando Valencia que ostenta un título bello: Tan llenos de Tristeza y la novela corta de Felipe.

La decepción no pudo ser mayor. Entre Samanes no es una novela, es una serie de crónicas que hacen memoria de un tiempo y de un espacio confuso. De fondo está la visión melancólica y rabiosa, por momentos, de las horas en que los discursos de la izquierda parecían iluminar a una generación de mujeres y hombres jóvenes. El humo del cigarrillo y los ecos de la salsa en las discotecas se mezclaba con el fragor de la lucha popular. Arriba, en el escenario atroz del mundo, se hacían negocios que veinte años después se bautizaron con la mística palabra de neoliberalismo, y por efecto ya no de sangre sino de decretos y reformas, las marchas se iban diluyendo, casi hasta perderse en la nebulosa de los años.

A veces, de forma inexplicable, un cuerpo, un rostro, una vida, es la vida de los otros. En ocasiones, la vida simple, la memoria de un hombre desapercibido es la memoria de un tiempo, de unos actos poco honrosos, de unas palabras sin sentido. Extrañamente, querido Hernán Bonilla, algunas presencias grises guardan formas, pequeñas, asombrosas o escabrosas miradas de lo que fuimos o pudimos ser.

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