Fascinante y conmovedora historia


Nadie que inspire tanto respeto como Jesús, cuya vida nos conmueve desde su nacimiento hasta la muerte. Hijo de una mujer gallarda, que asumió su compromiso de vida con estoicismo, propios de su estirpe palestina.
María fue víctima de una de la más sórdida conducta humana: el chisme, que convierte a sus protagonistas en seres despreciables. Moralmente depravados.
Podemos imaginarnos las miradas de desprecio de que fuera objeto por ser una mujer que convivía con un artesano superior en edad, cuya misión era la de simular, socialmente, su condición social de esposo.
Viejo cándido y cornudo. “No digas nada, pero me han dicho… dicen por ahí que Jesús no es hijo de José”…

De niño, Jesús de Nazaret, antes de trascender los más altos designios de su misión redentora, era mirado con desprecio, como todos los niños que venían al mundo sin la bendición social de la cultura y valores impuestos por los opulentos.
Y no era para más, en una población donde el prestigio lo daba el lugar que la persona ocupaba en la producción económica, ejercicio del poder, territorios de nacimiento y clase social a las cuales pertenecía; era imposible, en esas condiciones, que los pescadores, pastores, enfermos sin protección social, pobres, esclavos y leprosos, fueran reconocidos como seres humanos. Clase baja, a la cual pertenecía la familia de Jesús.
Al conocerse sus peligrosas y tempranas prédicas, los expertos en la murmuración social difundían la conseja de que el hijo de María había nacido en un establo y descalificaban su sabiduría, pues como persona descastada no hacía parte de la estructura del poder dominante, conformada por los sumos sacerdotes, fariseos, jefes romanos, ricos comerciantes, jefes de los recaudadores de tributos, maestros de la ley,- sistema judicialmente imperante-, y altos sacerdotes.
Palestina era una provincia ocupada, algo así como un departamento y las autoridades romanas sabían que para poder gobernar era necesario hacer concesiones, como liberarlos del servicio militar obligatorio y permitir que usaran bienes públicos como las fuentes y los teatros.
Dedicados a los negocios y la guerra, los romanos, en la época de Jesús, no estaban interesados en promover idearios religiosos, máxime que en el imaginario de los excluidos y marginados, existía la creencia que un Mesías nacería para cambiar el mundo.
Ser palestino en territorio ocupado por los romanos era sentirse mirado con sospecha. Tanto más por los esporádicos intentos de rebelión contra las autoridades imperiales.
El implacable Herodes es ejemplo de las políticas de seguridad que aplicaban los romanos para preservar el poder esclavista y Poncio Pilatos pasó a la historia como un gobernante que, por simples conjeturas, ordenó ajusticiar a mil quinientos sospechosos frente a las Murallas de Jerusalén. ¿Falsos positivos?
Jesús fue torturado y objeto de un horrendo crimen por pensar distinto. Del mismo tratamiento fueron objeto San Pedro y el apóstol Santiago. Intentaron mantener la misma causa.
Cuentan que Jesús de los doctores de la ley no aprendió nada, tanto que optó por alejarse de ellos con dignidad; no volvió a sus encuentros y conversatorios donde se legitimaba el esclavismo.
Condenado por los fariseos y señalado por la aristocracia saducea de recibir apoyo de los esenios, se ausentó de los intelectuales y de los poderosos. “Es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que un rico salvarse”. No entendieron su metáfora.
Prefirió conversar y leer el alma de los pobres, jornaleros, artesanos, herreros, carpinteros, pescadores, arrieros, albañiles, mujeres solas, niños abandonados, esclavos, prostitutas, adúlteros, publicanos, mendigos, leprosos, y humillados; se acercó a los enfermos crónicos y terminales que, en la cultura judía, eran abandonados a su suerte, por considerarse que las enfermedades penosas eran fruto del pecado y propias de cuerpos impuros.
Se puso del lado de la vida y se jugó la vida por quienes había perdido la esperanza. Tantos y tantas llegaron a escuchar y respaldar sus parábolas y mensajes de las buenas nuevas, que se volvió peligroso. Tuvo prontuario judicial.
En el seno de un sistema oprobioso predicó que había un lugar donde no existía la muerte, ni el crimen, ni las desigualdades. Tesis amenazadora.
Habló de una verdad alternativa y los grandes señores del Imperio, áulicos y cortesanos creían que El Mesías había llegado para reivindicar el reino de los pobres.
Su reino no pertenecía al reino de la iniquidad.
No sé dónde leí o escuché que alguna vez se impresionó tanto con la desigualdad social y la alta mortalidad de los pobres en Palestina que, al terminar de ayudarle a José a construir un ataúd, asumió la decisión de combatir para siempre la injusticia de la muerte. Vida prodigiosa.
Y nació, como dijera García Márquez, “en una pesebrera”.
Feliz Navidad y una Colombia 2015 en Paz.



