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domingo 17 julio, 2016 a las 10:24 am

Enfermar, morir o matar por amor

matar por amor
Fabio Arevalo Rosero
Fabio Arévalo Rosero Md / [email protected]

Aristóteles sentenció: «Por naturaleza el hombre es un animal social o político… es el único entre los animales que posee el don del lenguaje». Y más tarde Séneca escribió: «viviré con quien sabe que nació para los otros». Estos testimonios muestran claramente que el hombre naturalmente tiene disposición de comunicación. En efecto, el hombre tiene la capacidad de comunicar, porque él mismo es comunicación. Se comunica por medio de la palabra, la corporeidad, pero con más plenitud con el amor.

La verdad es que se sufre demasiado por amor, ¿quién lo puede negar? Incluso aquellos que se vanaglorian de entenderse perfectamente con su pareja, en lo más profundo de su ser tienen dudas y conflictos. Nadie se salva. ¿Quién no ha sufrido alguna vez por estar con la persona equivocada, por recibir indiferencia o tener decepciones por la retribución que nunca llegó? Walter Riso, el escritor y psicólogo clínico italiano de múltiples obras sobre el tema y uno de los más importantes investigadores en el mundo lo afirma: “El amor es, en efecto, arrebatador… pero sin embargo, renunciar a él es vivir menos o no vivir. No hay nada más hipersensible que el amor, nada más vital”.

El amor es por lo tanto indispensable, parte inseparable del ser humano. No tiene sentido vivir sin amor, es la mayor expresión de la comunicación. Pero muchas personas viven atrapadas en relaciones afectivas enfermizas de las cuales no pueden, o no quieren, escapar. El miedo a perder la fuente de seguridad o bienestar las mantiene atadas a una forma de tortura pseudoamorosa, de consecuencias fatales para su salud mental y física. Así lo demuestran los sucesos tan visibles y conmovedores ocurridos recientemente en Colombia, con el comportamiento más radical y atroz: matar por amor.

matar por amor
Imagen de: www.bellezapura.com

No debemos aceptar que con el tiempo, estar mal se convierta en costumbre. Es como si todo el sistema psicológico se adormeciera y comenzara a trabajar al servicio de la adicción, fortaleciéndola y evitando enfrentarla. Lenta y silenciosamente, el amor pasa a ser una utopía cotidiana, un anhelo inalcanzable. Y a pesar del letargo afectivo, de los malos tratos y de la constante humillación de tener que pedir ternura, la persona apegada a una relación disfuncional se niega la posibilidad de un amor libre y saludable.

Los desastres derivados de los conflictos del amor son catastróficos. Alteran el comportamiento humano a partir de un estado para el cual no hemos recibido una formación básica. Hoy ya es un grave problema de salud pública, es epidémico. En los últimos años en el país ya son numerosas las muertes por esta crisis, la mayoría mujeres, víctimas de este estado patológico. Lo grave es que aún se sigue considerando como algo esotérico y no como un problema de la salud humana. Como política de estado no se conocen propuestas consistentes, ni esfuerzos científicos destinados a tratar con argumentos y acciones contundentes.

Con tantas inestabilidades afectivas y desequilibrios en la comunicación, lo que se viene puede ser peor, especialmente para los niños y jóvenes. Es urgente desarrollar una propuesta de investigación científica para determinar con precisión los factores de riesgo. Mucho más ahora que la convivencia pacífica es la piedra angular de la paz del país. De allí que una investigación social en Colombia, nos orientaría sobre la manera de abordar la problemática, identificar puntos críticos y proponer integralmente intervenciones en todos los niveles. Seguramente nos obligaría a trabajar, ya con un mapa definido, la vigorización de la autoestima y sus áreas afines. La buena noticia es que ya hemos iniciado la construcción del instrumento de investigación (desde la salud pública) que nos permitirá tener certeza sobre los riesgos de enfermar, morir o matar por amor.

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