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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
En este agitado río que es la vida, corren palos, peces muertos, mugre y desechos industriales. El agua es turbia y los seres que allí moran no tienen gafas limpias para verse unos a otros. Ni el afán de la corriente que va a la mar a lavarse de las inmundicias tiene tiempo ni humor para fijarse en los detalles de sus acompañantes en las revueltas del camino.
A pesar de que el ser humano ha sido dotado de cerebro un poco más pesado que el de los otros animales y le sirve para almacenar neuronas de pensamiento inteligente, a pesar de que se yergue orgulloso frente al orangután y a la serpiente, y que la familia y el trabajo lo debieran unir, vive aislado y buscando las diferencias que lo alejan del trato de sus “semejantes”. El mundo se ha convertido en un teatro en donde todos nos maquillamos y pugnamos por ser distintos en una competencia desaforada.
Como Pinochos nos alargamos la nariz y nos volvemos de palo para no sentir. Como El Avaro de Moliere atesoramos en secreto las ganancias para no compartirlas con la sociedad. Como Medea preferimos ver morir a nuestros hijos por el orgullo de conquistar y llevar encima una corona de oropel. Alimentamos como Otelo los celos y sin rubor asesinamos a quien amamos porque comparte los amores, un pañuelo y su perfume. Parece que los autores han caricaturizado por anticipado las cicatrices y desventuras de quienes tenemos en la frente el don de ser inteligentes.
De nada ha servido haber inventado la sicología, la urbanidad y que los adelantos de la cirugía, llamada estética, hayan querido mejorar la imagen y el comportamiento de féminas y homúnculos. Ni Freud ni Jung con sus divanes, ni Carreño con su manual en la mesa y en el juego, ni el escalpelo y la silicona han logrado liberar al pobre humano de su fiebre de corregir el desacuerdo con su apariencia en el espejo. ¡Ah, si el hombre hubiera seguido la curva del espinazo de su antecesor y las líneas de su rostro fueran al nacer como las de King Kong! Yo creo que se sentiría mejor y no se hubiera preocupado de tantos afeites y depilación.
Tanto afán, tanto afán de ser diferente, tanto gusto de aparecer mejor que lo que somos nos ha llevado a distanciarnos de querernos como somos y sentirnos mal cuando nos levantamos. Ni nos miramos por el temor de ver una arruga o una verruga en el mentón o en la espalda. Mucho menos nos fijamos en el valor de los otros y en el sudor y el talento de quien trabaja y rinde junto a nos-otros.
Tal vez estamos esperando, sin meditarlo, que llegue aquel momento memorable – que ya no recordaremos -, de la muerte. La respiración será casi apagada, el rostro cadavérico, el habla temblorosa e ininteligible, los miembros de color amoratado y, el rictus final en la boca que, así, dará el último adiós a los amigos. Sin más coloretes en los labios y anillos en los dedos, aunque con millones en la alcancía, lejos de la cama y del alcance.
Nada como la muerte nos hace semejantes. ¿Por qué tanta soberbia en vida, por qué hacer tanto visaje de asco y desdén a quienes “no son como nosotros”? Todos nos haremos iguales y bajaremos al mismo sitio sea cual sea la condición, la edad o la silla que ocupemos.
12-07-09 – 10:34 a.m.



