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Jueves, 1 de octubre de 2026

Elecciones presidenciales y la división: Colombia 2026

Elecciones presidenciales y la división - Colombia 2026

Por: Guido Germán Hurtado Vera. Historiador y politólogo.

Por: Guido Germán Hurtado Vera. Historiador y politólogo.

Las elecciones presidenciales de 2026 en Colombia no enfrentaron ideologías doctrinales, tal como muchos conjeturan de forma apresurada. Por el contrario, los resultados electorales revelaron con nitidez una fractura estructural entre dos “Colombias” con condiciones de vida radicalmente opuestas: una donde el Estado ejerce presencia continua y otra marcada por un arreglo institucional incompleto.

Mi tesis central se sostiene, precisamente, en la convergencia de tres indicadores fundamentales: el Índice de Desarrollo Humano (IDH), la pobreza monetaria y el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM).

¿Por qué resulta imperativo analizar estos tres factores y no otros?

Porque cada uno mide una dimensión distinta de la existencia y, en conjunto, componen el retrato fidedigno de un territorio.

En primer lugar, el IDH evalúa capacidades individuales: salud, educación e ingreso; es decir, mide qué tan posible es vivir con dignidad.

En segundo lugar, la pobreza monetaria evalúa la suficiencia económica, determinando si el ingreso mensual alcanza para adquirir la canasta básica.

Por último, el IPM registra carencias acumuladas: cuántas privaciones se padecen simultáneamente en el hogar.

Así pues, mediante estas herramientas metodológicas es posible descifrar la división nacional sin necesidad de ideologizarla.

Para comprender a fondo el resultado, es necesario observar el país como dos estructuras geográficas nítidamente diferenciadas.

Por un lado, se encuentra el centro andino: Antioquia, el Eje Cafetero, los Santanderes, Bogotá y Cundinamarca. Allí predominan la formalidad laboral, la oferta educativa densa y la infraestructura robusta.

Por lo tanto, su voto fue mayoritariamente conservador: proteger lo alcanzado y preservar las reglas de juego.

Por otro lado, emerge la periferia: el Pacífico, el Caribe, la Orinoquía, la Amazonía y el sur profundo. Allí el Estado ha sido históricamente discontinuo; por consiguiente, impera la informalidad, la escuela incompleta y la vía sin pavimentar.

En consecuencia, su voto fue de carácter reivindicativo: exigir presencia y garantías básicas.

No obstante, en ambas estructuras conviven hogares con recursos y familias vulnerables. La diferencia decisiva, en últimas, no estriba en el ingreso mensual, sino en el grado de densidad institucional del lugar donde se nace.

Por ello, el veredicto en las urnas fue netamente territorial y no doctrinal. De La Espriella obtuvo 14 departamentos del centro y la Presidencia, mientras que Cepeda capturó 18 departamentos de la periferia más Bogotá.

De este modo, se impuso el desarrollo concentrado sobre el atraso disperso por un estrecho margen de 245.624 votos; una diferencia a todas luces insuficiente para gobernar a una mitad en contra de la otra.

La primera gran brecha es la de capacidades, evidenciada en una distancia de 0,041 puntos de IDH entre el centro y la periferia.

Si consideramos que el IDH se aproxima a 1 cuando el territorio alcanza su máximo bienestar, el registro de 0,707 del centro frente al 0,666 de la periferia equivale aproximadamente a seis años de rezago en desarrollo humano.

Para ilustrarlo de forma pedagógica, imaginemos dos biografías que inician a los diez años. En el centro andino, un niño estudia jornada completa en un colegio con laboratorios y consulta al pediatra a quince minutos de su hogar. En contraste, en la periferia, otro niño asiste a una escuela multigrado con un solo docente y recorre dos horas para llegar a un puesto de salud. Al alcanzar la adultez, el primero dispondrá de casi seis años más de escolaridad acumulada. Esa distancia palpable es la que midió el voto.

La segunda brecha es la de suficiencia: una distancia de 16,5 puntos en pobreza monetaria. Mientras que en la periferia la pobreza alcanza al 48,4% de las personas, en el centro se reduce al 31,9%.

Para dimensionar la gravedad del asunto, el DANE estableció para el año 2025 la Línea de Pobreza Monetaria en $482.041 mensuales por persona. Esto significa que un hogar de cuatro integrantes requiere un ingreso mínimo de $1.928.164 para no considerarse pobre. Si evaluamos diez hogares representativos bajo esta luz, en la periferia cinco deben elegir cotidianamente entre completar el mercado o cubrir una emergencia médica, postergando siempre la salud. En cambio, en el centro solo tres enfrentan esa dura disyuntiva. Los extremos territoriales lo confirman: el Chocó registra un alarmante 66,7% frente al 22,7% de Cundinamarca. Se trata, entonces, de la diferencia entre administrar la escasez semanal y planificar el mes.

La tercera brecha es la de privaciones simultáneas, medida por los 7,8 puntos de diferencia en el IPM. Este indicador registra hogares con carencias crónicas en educación, salud, trabajo y vivienda. En la periferia, la tasa es del 21,2%, mientras que en el centro es del 13,4%. En efecto, en las regiones Caribe y Pacífica la informalidad laboral supera el 85% y el rezago educativo ronda el 45%.

En suma, no estamos ante una carencia aislada, sino ante un encadenamiento de exclusiones que reduce drásticamente las opciones de vida.

Ahora bien, el territorio donde estas dos Colombias convergen de manera definitiva es el Cauca, y el lugar donde esa tensión se observa con mayor nitidez es Santander de Quilichao, municipio donde habito.

Con 128.547 habitantes según proyecciones del DANE para 2025, Quilichao condensa el dilema nacional al operar como bisagra entre el Cauca industrial y el Cauca étnico-rural. Sus indicadores estimados lo sitúan en una zona gris: un IDH de 0,708 y una pobreza de 39%. Aunque dispone de un parque industrial gracias a la Ley Páez, siete de cada diez viviendas rurales carecen de acueducto continuo y enfrentan un 78% de informalidad laboral.

Por consiguiente, si el sector industrial no logra integrar formalmente al campo, la tensión social persistirá de forma inevitable.

En conclusión, las elecciones de 2026 no produjeron un triunfo ideológico, sino que emitieron un severo diagnóstico nacional.

En primer lugar, el electorado ya no vota por etiquetas, sino por sus condiciones materiales de existencia.

En segundo lugar, el estrecho margen electoral no otorga un mandato para la exclusión, sino que impone el deber ineludible de pactar; puesto que un gobierno que desconozca al centro perderá producción, pero uno que ignore a la periferia perderá la paz.

En resumidas cuentas, el poder en el próximo cuatrienio se medirá estrictamente en indicadores y no en retórica. Si el nuevo mandatario asume la tarea de cerrar estas tres brechas, el país comprenderá finalmente que no se gobierna contra una mitad de la población, sino que se gobierna para integrarla.

De lo contrario, el Ejecutivo elegirá convivir con una fractura crónica e insostenible. Al final, la historia es implacable: ninguna república democrática resiste indefinidamente el peso muerto de una mitad que se niega a ver a la otra, ni un mapa que se empeña en desgarrarse a sí mismo.

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Imagen portada: Creada con I.A.

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