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Jueves, 1 de octubre de 2026

EL YUNQUE SILENCIADO

EL YUNQUE SILENCIADO 7

Entrevista imaginada con Manolo ausente

Alfonso Luna Geller

El miércoles 29 de septiembre de 1993, Popayán amaneció sin una de sus voces más emblemáticas. La noche anterior, frente a la puerta de su casa en el barrio Santa Inés, fue asesinado el periodista Manuel José Martínez Espinosa, “Manolo”, cuando regresaba de conducir su programa El Yunque, en Radio Súper Popayán.

Tenía 64 años y llevaba ya un tiempo advirtiendo que podían matarlo. Casi nadie tomaba en serio esos avisos: lo veían como el Manolo de siempre, desparpajado, buen conversador, lleno de risa y con la energía suficiente para pelearse con medio mundo si era necesario.

Manolo es un hombre que nació con el arte en la sangre y el periodismo en la conciencia. Su prosapia es una de las más brillantes de la cultura colombiana. Nació en París, en los años en que su padre, Efraím Martínez Zambrano, se formaba como pintor mayor del arte colombiano; un genio de temperamento indomable. Su madre, Matilde Espinosa, poeta extraordinaria y precursora de la prosa social, cofundadora de la revista Avanzada Femenina y defensora pionera del voto y la dignidad de la mujer.

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Fotografía #1 Maestro Efraím Martínez mientras estudiaba en Francia, con Matilde Espinosa y el hijo de ambos Manuel José Martínez (Manolo) de meses. Atrás, el también pintor Jesús María Espinosa, hermano de Matilde, y una señora amiga; en Paris Francia, estimado septiembre de 1929.

De esa unión de arte, crítica y temperamento indómito nacieron Manolo y su hermano Fernando. Una estirpe que vivió la cultura desde la casona de Popayán que en 1898 adquirió su abuelo Ángel Custodio Martínez, y donde su padre, Efraím, falleció en 1956, dejando un legado artístico que incluía la fundación de la Escuela de Bellas Artes de Cali en 1932 junto con su tío Jesús María Espinosa, uno de los máximos exponentes de la pintura en Colombia.

Treinta y dos años después del crimen, en los primeros días del mes de noviembre de 2025, regresa Manolo desde otro plano. Intento una conversación posible con quien la violencia silenció a destiempo para reabrir preguntas que su muerte dejó suspendidas.

Nos situamos en el Paraninfo Caldas de la Universidad del Cauca, inspirados por la “Apoteosis de Popayán”, la obra maestra pintada por su padre, Efraím Martínez. Allí, la conversación adquiere una dimensión acorde con la historia, con el linaje cultural que lo formó y con el país que lo dejó morir.

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Fotografía # 2

En este espacio, lo veo como era: elegante, de voz amplia, con esa risa breve que anunciaba ocurrencias y advertencias; como si todavía estuviera a tiempo de responder lo que nunca le pude preguntar cuando yo tenía 41 años y él 64, en ese septiembre de 1993.

EL YUNQUE SILENCIADOEsta entrevista se construye a partir de testimonios familiares, especialmente los relatos extensos y minuciosos de su hijo Manolo Martínez Medina (foto de la derecha), quien, desde Santander de Quilichao, compartió recuerdos que van desde la infancia del periodista hasta la épica de su funeral, una de los más grandes que recuerda la ciudad que tanto amaba. Se apoya también en la voz de Fernán Martínez, el mánager colombiano más influyente de la historia, que es otro de sus ocho hijos (Manolo tuvo ocho hijos: Fernán, Ricardo y Patricia Martínez Mahecha; Manuel Fernando Martínez Medina; Manuel José, Carlos y Carolina Martínez Correa, quienes viven en España; y Luisa Martínez Villota).

A propósito, Fernán imprimió en una frase la estatura moral de su padre: “Además de la calvicie y la nariz, hubiera querido heredarle su inteligencia, su simpatía, su pulcritud y sus cojones. Nadie se atrevía a tocarlo”.

Pero sí lo tocaron. Y lo mataron. La justicia colombiana determinó años después que el arma que accionó el sicario provenía de un lote incautado por el batallón José Hilario López y que la moto utilizada pertenecía a una red de informantes militares. La Nación fue condenada, pero nunca hubo justicia plena para una familia que enfrentó la pérdida y el exilio emocional que dejan estos crímenes.

Manolo fue un periodista social auténtico, un narrador de la vida cotidiana, un crítico de los abusos del poder y un defensor feroz de los desvalidos. Su espacio radial, El Yunque, era accionado con un martillo simbólico que golpeó la corrupción local con una valentía que hoy escasea.

Fue fundador del periódico Avanzada Caucana, heredero del espíritu progresista de la revista Avanzada Femenina, dirigida décadas antes por su madre. Además de su labor periodística, fue un ciudadano activo: funcionario del Instituto Agustín Codazzi, intendente (e) en Putumayo, jefe de Acción Comunal en Popayán y Palmira (Valle), director de la Penitenciaría Nacional San Isidro, gerente de La Voz del Cauca de RCN y concejal de Popayán entre 1968 y 1970.

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Fotografía # 3: La poeta desnuda / “Al filo de los cien años, el pasado Miércoles Santo murió Matilde Espinosa, una de las mayores intelectuales y poetas de la historia nacional. Fue una mujer rebelde y la primera en posar desnuda para el pintor payanés Efraím Martínez, su esposo. Su nieto, el reconocido periodista Fernán Martínez Mahecha, traza en exclusiva el perfil de esta mujer revolucionaria. Fotos: Mauricio Ánjel para www.revistadiners.com.co (marzo de 2008).

El lector está invitado a ingresar a este diálogo imposible, pero verosímil. A recordar que las voces asesinadas no desaparecen: permanecen como brújula ética cuando el país insiste en extraviarse.

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Conversé con el periodista amigo, de voz serena, directa, elegante. Un hombre culto, frontal, lúcido. Aquí, Manolo no habla como víctima; habla como quien se acostumbró a mirar de frente.

Alfonso J. Luna Geller: Manolo, estamos en el Paraninfo Francisco José de Caldas de la Universidad del Cauca, donde se honra la historia que pintó su padre. ¿Cómo es volver a Popayán, ya sin el micrófono de Súper, y sin el ruido que le hacía al poder?

Manolo Martínez Espinosa: ¡Alfonso, sin micrófono jamás! Lo llevo tatuado en el alma. Pero sí, la Apoteosis de Efraím es un buen lugar para conversar. Mire esos trazos, ese color: arte que engrandece. Lo mío era otra cosa, ¿sabe? Lo mío era periodismo de combate. Yo nací no para pintar lienzos, sino para golpear la deshonestidad. La ciudad me recuerda con anécdotas y afecto, sí, pero fue la misma que permitió que me silenciaran.

A. J. L. G.: Manolo, ¿cómo se siente volver a hablar después de treinta y dos años de silencio?

M.M.E.: El silencio no me pertenece. No lo elegí. Me lo impusieron quienes temen a la palabra. Pero aquí estoy, donde siempre estuve: del lado del pueblo, del micrófono, de la verdad incómoda. La voz no muere cuando la matan; solo cambia de frecuencia.

A. J. L. G.: Usted provenía de una familia de artistas. ¿Qué tanto influyó su padre, el pintor Efraím Martínez, en su manera de entender el periodismo?

M. M. E.: Mi viejo pintaba la historia de Popayán con pinceles de eternidad. Cuando creó esta obra que tenemos enfrente, entendí que el arte también podía ser una forma de rendir cuentas. Él retrataba a los poderosos, pero también a los campesinos, a los anónimos. De él aprendí a mirar con detalle, a no quedarme en la superficie. Yo cambié el óleo por el micrófono, pero la intención era la misma: mostrar lo que muchos preferían ocultar.

A. J. L. G.: ¿Y de su madre, la poeta Matilde Espinosa?

M. M. E.: De ella heredé la compasión y la rabia. Matilde decía que la poesía era una forma de gritar sin herir. Yo, en cambio, usaba la radio para herir: una herida que despertara conciencia. Ella me enseñó que el lenguaje no es un adorno, sino un arma para defender al otro. Por eso cada palabra que dije tenía filo. Por eso me callaron.

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Fotografía # 4 El maestro Jesús María Espinosa durante una exposición, su hija Luz Elvira y Manolo Martínez.

A. J. L. G.: Su vida estuvo rodeada de otros artistas, sus tíos Jesús María Espinosa y Luis Carlos Espinosa. ¿Cómo se forma un periodista en medio de semejante océano de cultura?

M. M. E.: Uno no puede ser mediocre con semejante genealogía. Había que estar a la altura de esa palabra tan difícil: legado. Mi familia vivía entre pintura, música, literatura y discusión intelectual. Eso lo obliga a uno a tener criterio, a pensar, a argumentar. No éramos una familia perfecta, pero sí una familia exigente.

A. J. L. G.: Su madre fundó la revista Avanzada Femenina, un espacio pionero para discutir derechos de las mujeres. Años después, usted fundó Avanzada Caucana. ¿Coincidencia o herencia? ¿Qué significaba crear un medio en un departamento lleno de silencios obligados?

M. M. E.: No fue coincidencia. Yo crecí viendo a mi mamá romper silencios con una revista que llevaba ese nombre: Avanzada. Ella discutía temas que, para la época, eran casi prohibidos: el voto femenino, la igualdad, la dignidad de la mujer. Yo heredé esa idea de que la palabra sirve para avanzar, no para retroceder. Cuando fundé Avanzada Caucana lo hice por la misma razón: el Cauca estaba lleno de voces que querían hablar, pero con miedo. Yo quería un periódico que dijera lo que el poder prefería mantener escondido. Y lo dijimos. Nos costó caro. Pero era lo correcto. La prensa sirve para abrir camino, no para adornarlo.

A. J. L. G.: Su programa de radio «El Yunque», tenía un lema que definía su oficio: «Ser amigo del gobernante es criticarlo a tiempo». ¿Quién o qué era su blanco final? ¿Los corruptos de cuello blanco o las mafias más visibles?

M. M. E.: “El Yunque” golpeaba donde dolía: la mentira, el abuso y la injusticia. Mire, la corrupción es un cáncer, pero el peor es el que se esconde detrás de la corbata. Para mí, robarse los dineros públicos es tan grave como cualquier crimen de la mafia, porque destruye la moral de la sociedad. Yo golpeé a los que tenían el «terrorífico mandato» de silenciar cualquier crítica que pusiera en peligro su modus vivendi. La ciudad sabía que mi crítica se enfocaba en los asuntos cívicos.

A. J. L. G.: Ese lenguaje duro, implacable, y sus críticas lo hicieron un hombre perseguido por quienes vivían de la descomposición social. Entendemos que las amenazas se hicieron tan constantes que la Empresa de Teléfonos de Popayán tuvo que cambiarle su número y excluirlo del directorio. Manolo, ¿cuál fue la denuncia que cruzó la línea, la que usted sabía que no le iban a perdonar?

M. M. E.: No hay una sola denuncia, Alfonso. La verdad es que la línea se cruza el día que usted decide no callarse nunca. Los pequeños abusos de hoy son la gran corrupción de mañana. Yo martillé en “El Yunque» a la corrupción cívica, esa que la gente cree que es «menor», pero que está en todas partes. La denuncia que más les dolió, creo yo, fue la que afectó la caja menor, la que tocó el poder clientelista.

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Fotografía # 5

A. J. L. G.: Usted hablaba de política con sarcasmo, con ironía. ¿Cómo veía el poder en el Cauca de su tiempo?

M. M. E.: El poder aquí siempre ha sido una finca heredada. Los apellidos pesan más que los votos. Lo que hacíamos en “El Yunque” era meter el azadón en esa tierra de impunidad. Denunciábamos obras inconclusas, contratos torcidos, políticos con dos caras. Por eso me temían. Porque el micrófono, cuando se usa con honestidad, vale más que mil escoltas.

A. J. L. G.: A pesar de ese riesgo evidente, y de que usted mismo le había dicho a sus amigos y a sus colegas—como Luis Fernando García Bravo— que lo tenían amenazado, usted nunca pidió protección formal. De hecho, le confió su seguridad a un celador del barrio: «Cuídame cuando entre o cuando salga». ¿Por qué esa negación del peligro, por qué ese optimismo frente a la muerte?

M. M. E.: Yo fui un hombre extrovertido, alegre, gran relator de cuentos. Y es cierto, yo sospechaba que me iban a matar, pero el miedo no me iba a hacer cambiar mi oficio: yo creía más en la dignidad que en la coraza. Yo sabía que me vigilaban, que me seguían, que me llamaban por teléfono para insultarme. Pedirle al celador que me cuidara no era optimismo; era la última y más elemental línea de defensa de un ciudadano que se sabía solo contra el mandato del terror. Lo que nunca pensé fue que el peligro ya estaba esperándome frente a la puerta de mi casa.

A. J. L. G.: Su asesinato fue esclarecido parcialmente. Hubo condena al sicario y años después condena contra la Nación. ¿Cómo interpreta eso?

M. M. E.: La verdad no sorprendió a nadie que conociera el contexto. Las balas eran de armas incautadas. La moto era de informantes militares. El sicario fue el último eslabón. Lo doloroso no es la muerte; es que la institucionalidad falló en su obligación de proteger la vida y la libertad de expresión. Y aunque en 1997 el Estado colombiano fue condenado por mi asesinato, el crimen prescribió en 2013. Mire, Alfonso, lo cierto es que este país le tiene miedo a la memoria. Y mientras la memoria siga siendo peligrosa, la justicia seguirá siendo un lujo.

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Fotografía # 6

A. J. L. G.: Su hijo, Fernán Martínez Mahecha, también periodista y exmánager de artistas, dijo que hubiera querido heredar sus «cojones». ¿Qué significa para usted que su legado sea esa «osadía» que él admiraba, y que se haya convertido en el fiscal de su memoria?

M. M. E.: Que mis hijos hayan seguido adelante es mi verdadero titular, mi «Apoteosis». Fernán se quedó con la valentía de la crítica. Él demostró que el periodismo no muere en la calle; se convierte en memoria activa. Mi deseo era que Popayán supiera lo que yo la quería. Y Fernán, al lograr una condena al Estado por mi asesinato, le dijo a la ciudad y a Colombia: «Esta muerte no fue un accidente. Fue un acto de Estado». “El Yunque» sigue golpeando, Alfonso, no en la radio, sino en la memoria. Le digo otra cosa, mi estimado colega, Fernán heredó el instinto, la irreverencia. Él se fue del país, yo no. Pero en el fondo, los dos hacemos lo mismo: contar historias que muevan. Su éxito me alegra, pero más me alegra saber que aún me recuerda con cariño.

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Fotografía # 7

A. J. L. G.: ¿Cree que valió la pena?

M. M. E.: Sí. Si no lo hubiera hecho, me habría muerto igual, pero de vergüenza. Prefiero que me recuerden por lo que dije, no por lo que callé. Nadie puede pedirle al periodista que sea prudente cuando la sociedad está enferma. El periodismo no cura, pero advierte. Y advertir, en un país ciego, es un acto de amor.

A. J. L. G.: ¿Qué representa para usted el Cauca, después de tantos años?

M. M. E.: El Cauca es una contradicción: tierra de poetas y de fusiles, de cafetales y cementerios. No se puede amar a un territorio sin sufrirlo. A veces pienso que los periodistas de provincia tenemos una misión: ser los cronistas del abandono. Y si eso cuesta la vida, que así sea. Pero que nadie diga que nos callamos por cobardía.

A. J. L. G.: Si hoy pudiera hablarle al país sobre la violencia que se vive en el Cauca, ¿qué le diría?

M. M. E.: Que quienes hoy actúan no representan causa política alguna. Son bandas armadas, no insurgencias. No defienden ideas, ni causas justas, defienden economías ilegales. El Cauca está atrapado entre armas sin ideología y poblaciones sin protección. Lo que pasa hoy en el Cauca no es guerra, es barbarie.

La voz de Manolo Martínez no pertenece al pasado. Su vida, su rigor y su compromiso siguen presentes en la memoria del periodismo colombiano. Esta entrevista reconstruida es un gesto necesario para recordar que su palabra tenía un propósito: explicar el Cauca, defender a la gente y decir lo que otros no se atrevían a decir. Su asesinato fue un intento de silenciar una voz incómoda.

Su legado demuestra que no lo lograron.


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ANEXO BIBLIOGRÁFICO

1. Homicidio y Contexto:

  • El Tiempo: «A Manolo Martínez lo tenían amenazado» (30.09.1993). https://www.eltiempo.com/archivo/documento/mam-232555
  • FLIP: Homicidio de Manuel Martínez – 27 años de impunidad (28.09.2020). https://flip.org.co/pronunciamientos/manuel-martinez-27-anos-de-impunidad
  • Revista de Periodismo Latam: «En Colombia, crímenes de periodistas se extravían hasta prescribir» (10.03.2013). https://latamjournalismreview.org/es/articles/en-colombia-crimenes-de-periodistas-se-extravian-hasta-prescribir/
  • CONDENAN A HOMICIDA DE PERIODISTA / Un juez regional de Cali condenó a 40 años de prisión a Jesús Arney Guzmán, hallado culpable del homicidio del periodista Manuel José Martínez, padre del también periodista Fernán Martínez Mahecha. https://www.eltiempo.com/archivo/documento/mam-472380

2. Rigor biográfico y legado familiar:

  • Información sobre el padre: Efraím Martínez Zambrano (pintor, autor de La Apoteosis de Popayán). https://es.wikipedia.org/wiki/Efra%C3%ADm_Mart%C3%ADnez
  • Información sobre la madre: Matilde Espinosa (poeta, cofundadora de Avanzada Femenina, su obra cargada de contenido social y crítica a la violencia). https://es.wikipedia.org/wiki/Matilde_Espinosa
  • Declaración de su hijo: Fernán Martínez Mahecha («…nadie se atrevía a tocarlo, defendía a los necesitados, le cantaba la tabla al que fuera…»). https://web.whatsapp.com/ +57 312 3505050
  • Declaraciones de su hijo Manuel Fernando Martínez Medina – M.M.M. (Santander de Quilichao). https://web.whatsapp.com/ +57 310 3630399
  • Murió madre de Fernán Martínez Mahecha (17.08.1996) / La señora Edna Mahecha de Martínez, madre del periodista Fernán Martínez Mahecha, murió en Miami (Estados Unidos). https://www.eltiempo.com/archivo/documento/mam-472380

3. Fotografías:

  • Fotografía # 1: https://n9.cl/4ifrl
  • Foto # 2 de Manolo: https://www.facebook.com/gonzaloenrique.delgadolopez.5
  • Fotografía # 3: https://n9.cl/0g9rg
  • Fotografía # 4 El maestro Espinosa durante una exposición, su hija Luz Elvira y Manolo Martínez. – Suministrada por M.M.M.
  • Fotografía # 5 Con Andrés Pastrana Arango – Suministrada por M.M.M.
  • Fotografía # 6 Suministrada por Fernán Martínez M.
  • Fotografía # 7 Con su hija Luisa – Suministrada por M.M.M.

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