Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Sábado:
Popayán No aplica
Cali No aplica
Viernes, 2 de octubre de 2026

El voto castigo 2026

El voto castigo 2026

El voto castigo 2026: contra el Congreso deslegitimado

Alfonso Luna Geller

El calendario electoral colombiano ha comenzado su implacable marcha hacia el 2026. Nos acercamos a una contienda que definirá el futuro de una nación sumida en la desconfianza y el hartazgo. Las urnas, testigos mudos de nuestra historia, se preparan para recibir el veredicto de un pueblo que, hastiado de la corrupción y la ineficacia, clama por una transformación profunda.

Las elecciones del 2026 serán un juicio histórico contra una clase política que ha convertido el poder en un festín de corrupción, ineptitud y cinismo.

El Congreso, otrora bastión de la democracia, se ha convertido en un símbolo de la decadencia institucional. Un desprestigio que carcome sus cimientos, alimentado por la voracidad de sus miembros, muchos de ellos envueltos en escándalos y esquemas de corrupción que laceran la confianza ciudadana. La decepción contiene a un país que observa con impotencia cómo sus representantes traicionan el mandato popular.

El voto castigo 2026
Fotografía archivo de: https://www.elnuevosiglo.com.co/

El 8 de marzo de 2026, los colombianos tendremos la oportunidad de renovar este escenario de desolación. 286 curules en juego, 286 oportunidades para exorcizar los demonios de la impunidad y la mediocridad. Pero la tarea no será fácil. La desvergüenza de aquellos que han hecho de la política un botín no conoce límites. Ya se preparan para inundar el escenario electoral con nuevas promesas vacías y discursos falaces, intentando comprar, una vez más, la voluntad de un pueblo que debe resistirse a ser engañado otra vez.

El voto castigo, esa arma poderosa en manos de la ciudadanía, debe ser el menú perfecto para saciar la sed de justicia y dignidad.

El 31 de mayo de 2026, la contienda se trasladará a la arena presidencial. Este día resultará ganador quien obtenga la mitad más uno de los votos. En caso de que ninguno de los aspirantes obtenga esta ponderación de los votos, los dos candidatos que tengan mayor votación irán a la segunda vuelta el domingo 21 de junio; el ganador es quien logre la mayoría de los votos.

Ustedes vieron en la foto destacada 37 fotos, un mosaico de aspiraciones y ambiciones, que refleja la diversidad y la complejidad del panorama político colombiano.

Pero más allá de los nombres, lo que realmente importa es la voluntad de un pueblo que se niega a repetir los errores del pasado. La polarización, la crisis institucional exigen una respuesta contundente en las urnas.

La tarea del próximo presidente no será sencilla. Deberá reconstruir la confianza en las instituciones, disminuir el caos y canalizar el descontento que carcome a la sociedad colombiana. Un reto mayúsculo que exige liderazgo, integridad y una profunda conexión con las necesidades del pueblo.

El fin de los partidos tradicionales, otrora pilares del sistema político, exige una ciudadanía vigilante, capaz de discernir entre el discurso vacío y la propuesta transformadora.

El 2026 no puede ser el año del retorno de los sátrapas, sino el inicio de una nueva era para Colombia.

Por ese motivo, la preparación ciudadana para estas elecciones no puede ser una simple revisión de hojas de vida. Debe ser una reconstrucción del criterio. La política no puede seguir siendo el escenario donde se premian a “los de siempre con lo mismo”. Se acabó el tiempo del voto sumiso, funcional al verdugo. Si se quiere recuperar legitimidad institucional y la dignidad personal, hay que vaciar las curules de bandidos con credencial. Y eso solo lo logra el elector, no el sistema.

Ya suenan los discursos huecos. Ya pululan las promesas recicladas. Ya los más hábiles acomodan su retórica para parecer lo que no son.

La lista de aspirantes presidenciales es tan extensa como diversa: de la derecha radical a la izquierda populista, del centro difuso a los outsiders mediáticos. Treinta y siete nombres figuran ya con aspiraciones claras. Entre ellos, exgobernadores, exalcaldes, exministros, periodistas, militares, tecnócratas, líderes sociales, exguerrilleros, influencers, empresarios, indígenas, burócratas. Una baraja donde el electorado tendrá que distinguir entre el oportunismo y la visión, entre la impostura y la vocación de servicio.

Para evitar suspicacias y darles alguna categoría en sus aspiraciones, los nombro en orden alfabético:

Abelardo de la Espriella, Alejandro Gaviria, Alfredo Saade, Andrés Guerra Hoyos, Aníbal Gaviria, Camilo Romero, Carlos Caicedo, Carolina Corcho, Claudia López, Daniel Quintero, David Luna, Eduardo Zapateiro, Enrique Peñalosa, Feliciano Valencia Medina, Francisco Barbosa, Germán Vargas Lleras, Gustavo Bolívar, Héctor Olimpo Espinosa, Jota Pe Hernández (Jhonatan Ferney Pulido), Juan Daniel Oviedo, Juan Guillermo Zuluaga, Juan Manuel Galán, Luis Gilberto Murillo, María Fernanda Cabal, María José Pizarro, Marta Lucía Ramírez, Maurice Armitage, Mauricio Cárdenas, Mauricio Lizcano, Miguel Uribe Turbay, Paloma Valencia, Paola Holguín, Roy Barreras, Sergio Fajardo, Susana Muhammad, Temístocles Ortega Narváez, Vicky Dávila, entre otros.

O elegimos para transformar… o votamos para perpetuar. El poder real no está en la Casa de Nariño, está en nuestra cédula.


Otras publicaciones de este autor en Proclama del Pacífico:

Alfonso J Luna Geller
[email protected]