El virus de la corrupción también ataca la mentalidad cívica


-
La pauta es publicidad. El silencio comprado es corrupción.
-
La verdad no se vende ni se alquila.
-
Aquí manda el derecho a la información
La corrupción no vive únicamente en los contratos amañados, en las oficinas públicas, en los sobrecostos, en los favores burocráticos o en las decisiones torcidas del poder. También se instala en la mentalidad de quienes terminan justificándola como si fuera parte natural de la vida pública.
Por eso resulta preocupante que, frente a una denuncia periodística, algunos ciudadanos respondan con una acusación repetida, ligera y conveniente: “eso lo publican porque no les dieron pauta”.
Esa frase, repetida con ligereza en redes sociales, no desmiente una investigación, no controvierte un documento y no aclara un hecho. Apenas deja ver una idea enferma: creer que la publicidad oficial existe para comprar silencios y que Proclama del Pacífico solo habla cuando no recibe dinero.
Esa afirmación merece una respuesta pública, serena y firme.
Proclama del Pacífico ejerce una función periodística autónoma, constitucional y no transable. Nuestro trabajo se sostiene en hechos, documentos, fuentes, verificación, contraste y responsabilidad editorial. La crítica al poder, la denuncia de posibles irregularidades y el seguimiento a los recursos públicos hacen parte del oficio periodístico. No dependen de contratos, favores, simpatías, retaliaciones ni conveniencias comerciales.
La pauta existe y es legal. La publicidad institucional, y los informes de gestión, cuando se manejan con criterios transparentes, pueden servir para difundir información de interés general, campañas públicas, servicios ciudadanos, convocatorias, programas, decisiones administrativas y asuntos que la comunidad tiene derecho a conocer. Ese es su lugar legítimo.
El problema aparece cuando algunos pretenden convertir la pauta en mordaza, premio o castigo. Allí nace la confusión peligrosa que debemos rechazar.
Cuando alguien responde a una denuncia diciendo que el medio habla porque “no le dieron pauta”, en realidad está confesando una forma torcida de entender la relación entre poder y periodismo. Está sugiriendo que el dinero público sirve para comprar silencio. Está aceptando que la publicidad puede funcionar como soborno. Está revelando que, en su mundo, la crítica se apaga con contratos y la información se domestica con pagos.
Esa lógica es incompatible con Proclama del Pacífico.
Nuestros contratos con instituciones oficiales, cuando existen, tienen una finalidad clara: contribuir al acceso efectivo, verificable y oportuno de la ciudadanía a información pública. No buscan promover funcionarios, adornar gobiernos, encubrir errores ni reemplazar el control social. La información oficial tiene valor democrático cuando llega a la comunidad con claridad, oportunidad y trazabilidad.
El acceso a la información pública no es un favor de los gobiernos. Es un derecho ciudadano. Las entidades públicas administran recursos de todos y deben rendir cuentas ante todos. La prensa cumple allí una función esencial: preguntar, publicar, explicar, advertir, incomodar cuando sea necesario y abrir espacio a la deliberación pública.
Por eso rechazamos cualquier intento de desacreditar el ejercicio periodístico mediante insinuaciones económicas. Ese recurso busca desviar la atención del fondo: los hechos denunciados, los documentos publicados, las decisiones cuestionadas, los recursos comprometidos, las responsabilidades institucionales.
Quien se siente afectado por una publicación tiene caminos legítimos: puede controvertir con documentos, solicitar rectificación cuando haya lugar, entregar su versión, acudir a las instancias legales o demostrar con pruebas que la información es incorrecta. Lo que no resulta aceptable es esconder el debate público detrás de una acusación que normaliza el silencio comprado.

Proclama del Pacífico no negocia silencios.
No intercambia verdad por contratos.
No subordina su línea editorial a una pauta.
No convierte la información pública en propaganda.
No renuncia al control social porque una entidad contrate o deje de contratar.
Nuestra independencia se defiende con trabajo diario. Con archivos. Con documentos. Con entrevistas. Con rectificaciones cuando correspondan. Con apertura a todas las versiones. Con respeto por la ciudadanía. Con la convicción de que el periodismo regional tiene una responsabilidad mayor frente a comunidades que muchas veces solo cuentan con medios locales para saber qué ocurre con sus recursos, sus obras, sus instituciones y sus derechos.
Las publicaciones de Proclama del Pacífico resisten el debate jurídico, ético y público. Esa es nuestra garantía. No pedimos fe ciega. Pedimos lectura seria, discusión informada y respeto por el derecho ciudadano a saber.
La pauta es publicidad.
El silencio comprado es corrupción.
Y entre esas dos cosas hay una frontera que Proclama del Pacífico no cruza.
Aquí manda el derecho a la información.
Otras publicaciones de Alfonso Luna Geller en Proclama del Pacífico:



