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lunes 8 octubre, 2018 a las 3:44 pm

EL UNIVERSO GRIEGO, EN E MENOR (I)

EL UNIVERSO GRIEGO
EL UNIVERSO GRIEGO
Imagen: https://bit.ly/2y7JoOy

EL UNIVERSO GRIEGO, EN E MENOR (I)

EL UNIVERSO GRIEGO
Por ELKIN QUINTERO / [email protected]

El complejo vínculo del ser de los griegos, nos dice que fueron los mejores hombres, fieros guerreros, expertos con los números y dueños de un conocimiento único. Luego, de su menos sublime ejemplo de sumisión con los dioses del Egeo, supieron ser eruditos y percibir por si mismos el esplendor del universo.

En un tiempo el mundo los invistió con el nombre de entendidos; todo, por deducir sin reproches el error entre lo celeste y lo terreno, entre lo divino y lo perverso, entre lo puro y lo impuro. Y fruto de ese genio seductor, hoy puedo escribir y ustedes leer.

Con el discurrir del tiempo, ni Jerjes, con sus productos sintéticos pudo recorrer impune su suelo; ni el ecléctico Empédocles, con sus bellos discursos descubrir el porvenir de su mundo; ni los poderosos reyes de oriente, con sus invencibles ejércitos destruir su fe y su unión; ni el cosmos egipcio, ni el cosmos nórdico, supieron resolver sus misterios; ni lo inverosímiles mitos de Tucídides, fueron objeto de intelección entre sus pitonisos. Ellos, lo griegos en el universo de los pueblos fueron únicos.

Empero, siglos después, todo se diluyó en el mundo del comercio y sus perfectos conceptos perdieron su ímpetu; los medios nos exigen decir, que los mil cuentos Homéricos se fundieron con los fenómenos que inventó Nietzsche. Que todo poder de erudición se perdió en el tiempo, y que ni Hesíodo con sus dioses, ni Pericles con sus leyes los supieron proteger.

Los efectos y su moción, nos reconoce ser guerreros y retóricos, pero luego, por el suspenso de los cielos y los desequilibrios del dinero, se nos dice que somos un consorcio perverso y mezquino y se nos excluye del derecho divino de existir sin temor del fin. Pero, hoy, después de oír el sonido fúnebre de los instrumentos, los hombres y mujeres por efecto de lo religioso retienen los pocos suspiros; su fe y honor desechos son y sin temor de los cielos y los infiernos se le exige creer.

Hoy, en el siglo de los medios y de los miedos, debo decir con un poco de recelo que de los griegos en el mundo poco se percibe; que hemos perdido el rumbo y sin el menor de los suspensos hemos desconocido el movimiento de los elementos. Que seguimos de necios, y no permitimos que el primer motor nos muestre el esplendor del universo. Hoy, solo subsiste en el viento los conceptos melindrosos de los otros. Es por eso, que los colegios deben tender sus puentes sobre los conceptos incógnitos y reconocer sin prejuicios, que sin los griegos el mundo no tiene opciones de seguir. Por ello, nos entristece reconocer, que los griegos, como todos los descubridores, supieron deducir el efecto de los fenómenos en el existir de hombres y mujeres. Hecho que los ubicó en el trono de los fenicios y egipcios.

Concedo el honor del titubeo, sobre quienes se oponen en reconocer el mundo helénico como principio instructor de conocimiento, como objeto de estudio de los primeros elementos, como fuente de cohesión que produjo los mejores eventos, en torno de lo que se conoce como revolución. En los tiempos de lo efímero, es imposible no tener un momento de embeleso, es difícil no entender, que estos seres del Egeo, sin un reloj, pudieron deducir solsticios y equinoccios, y poder leer sin temores, los diversos colores del cielo; decenios después, el mismo Jesús quedó perplejo por el efecto de sus deducciones, por el poder de sus cultos y costumbres, lo que contribuyó en el constructo del mito judío de los elegidos. Pero, dejemos los enredos religiosos en medio de los textos y mejor profundicemos un poco en su esplendor político y cívico; por ello, debo robustecer el pretexto de ennoblecerlos, por sobre egos y orgullos.

Es menester reconocer que el que ignore su esplendor, debe volver en el tiempo y no seguir siendo miope; y poder ver el joven pueblo de miles de cetros, de múltiples reinos y dioses. Reconocer, que el esplendor de su suelo, de lejos lo deseó Jerjes y que sobre el Helesponto se humilló; percibir los intereses e ineptitud de los nórdicos sobre el Bósforo, que luego se estremecieron con el furor de su fuego. Sentir lo que el mismo Sirio, junto con mil luceros en noches sin luz sintió, luego de verlos resurgir como el terrible Fénix me conmuevo sobre el destino hostil construido en este siglo.

El mundo debe descubrir su rumbo en honor de los griegos; ellos, en su tiempo supremo supieron volver de sus peligrosos mitos y reconstruir su existir como lo denunció Edipo; tuvieron intrepidez y surgir del infierno como lo enseño Perseo y Hércules, o perderse sin rumbo en el corrientoso río como lo vivió Empédocles o como lo experimentó Perséfone.

Este pueblo hechicero no solo pudo comprender su origen, sino entender que Zeus con sus discursos lujuriosos intentó siempre confundirlos; ellos pudieron volver puros e inmunes del misterio del conflicto, luego que Hermes con sus olores de muerte quiso siempre su exterminio o redimir su honor; pudieron siempre seguir firmes y seguros, luego de que Dionisio con su vid y su sexo pretendió enceguecerlos.

Por sus diversos plenilunios, los griegos, supieron seguir construyendo universos posibles, sin el viento puro del orfismo, sin los prejuicios de los seguidores de Jesús y sin el tropel de los gritos bélicos de sus miles de enemigos y de sus templos.

Por ello, el mito del seguidor de Temístocles, nos dice que sin el permiso de los dioses y de los hombres de oriente, once mil hombres convencidos de su deber, se opusieron en los continuos físicos de sitio y tiempo y ofrecieron su escudo en socorro del libre vivir de todo el mundo griego. Lo que les permitió, es permitido decir sin temor: Niños, jóvenes, hombres y mujeres; esos seres nos instruyeron que es posible redimirse de lo perdido, que el futuro se construye por sobre los críticos, impíos, incrédulos y crédulos, ser libres por sobre el concepto del diezmo que no se debe seguir viviendo del discurso de ser pobre, como único medio y fin de conseguir perfección y un sitio de privilegio en el cielo.

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Otras publicaciones de este autor, en: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/elkin-quintero/

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