El síndrome del mal perdedor

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Hay una curiosa especie política que aparece con frecuencia después de las elecciones. Durante meses proclama su amor por la democracia, exige respeto por las instituciones y se presenta como guardiana de la voluntad popular. Sin embargo, cuando los ciudadanos votan de una manera distinta a la esperada, experimenta una transformación sorprendente: descubre que las instituciones son sospechosas, que los resultados merecen desconfianza y que la voluntad popular quizá no era tan sabia después de todo. Es el conocido síndrome del mal perdedor.
Los acontecimientos posteriores a la primera vuelta presidencial en Colombia ofrecen un ejemplo digno de estudio. Algunos actores intentando disculpar la debacle, de manera irresponsable, se empeñan en desprestigiar a las autoridades electorales que durante años se han venido ganando la confianza absoluta en el sistema electoral que les garantizó el triunfo, alcanzar el poder y luchar por mantener su proceso político en franca lid, pero cuando la voluntad popular les es adversa, parecen descubrir de repente que las reglas del juego tienen defectos insalvables. Como por arte de magia, la democracia pasa de ser una conquista histórica a convertirse en una maquinaria que requiere explicaciones urgentes.
La situación tiene algo de ironía. Cuando los resultados favorecen las propias aspiraciones políticas, las instituciones funcionan de manera impecable. Cuando los resultados favorecen a los adversarios, aparecen fantasmas, conspiraciones, dudas y advertencias apocalípticas. Pareciera que ciertos sectores políticos consideran que la democracia es un mecanismo extraordinario siempre y cuando produzca el resultado favorable a sus intereses.
Los mensajes difundidos desde las más altas esferas del poder y algunos discursos posteriores a la jornada electoral reflejan precisamente esa dificultad para aceptar una realidad elemental: los ciudadanos tienen derecho a votar distinto de lo que desean los dirigentes políticos. Puede gustar o no gustar, pero esa es la esencia misma de la democracia.
Resulta particularmente llamativo observar cómo el Progresismo, parecen asumir que representan una superioridad moral permanente. Bajo esa lógica, una derrota electoral no puede ser una simple derrota; debe ser necesariamente consecuencia de fuerzas oscuras, campañas perversas, manipulaciones invisibles o poderes ocultos. Todo parece más razonable que admitir que una parte del electorado decidió tomar otro camino.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos semejantes. Los malos perdedores rara vez reconocen errores propios. Nunca falló el mensaje, nunca se equivocó la estrategia, nunca hubo desgaste político. La culpa siempre pertenece a alguien más. Es una forma muy cómoda de hacer oposición a la realidad.
Por supuesto, exigir transparencia electoral es legítimo. De hecho, constituye una obligación democrática. Pero existe una diferencia enorme entre vigilar el proceso y desacreditarlo sin pruebas suficientes. Una cosa es proteger la democracia; otra muy distinta es erosionar la confianza pública porque los números no coincidieron con las expectativas.
La paradoja es que quienes más hablan de defender la voluntad del pueblo, terminan cuestionando las instituciones, debilitándolas cuando sugieren sospechas sin fundamento sólido. Cada mensaje ambiguo alimenta la polarización. Cada insinuación irresponsable deteriora la confianza ciudadana. Cada teoría improvisada contribuye a erosionar la voluntad popular que dicen proteger.
Lo más preocupante no es la crítica. Lo preocupante es la incapacidad para aceptar que la ciudadanía puede cambiar de opinión. En democracia no existe un derecho adquirido al respaldo popular. Los votos no son una propiedad privada ni una concesión perpetua. Los ciudadanos prestan su confianza y también tienen la facultad de retirarla.
Tal vez por eso la verdadera madurez democrática no consiste únicamente en saber ganar. También exige saber perder. Ganar con humildad evita la arrogancia; perder con dignidad fortalece las instituciones. Ambas virtudes son indispensables para la estabilidad de cualquier república.
Colombia necesita debates intensos, críticas severas y vigilancia permanente de sus procesos electorales. Lo que no necesita es convertir cada resultado adverso en una teoría de conspiración. Porque cuando los dirigentes políticos empiezan a desconfiar de la voluntad popular simplemente porque no los favorece, el problema deja de estar en las urnas y comienza a estar en el espejo.
Al final, la democracia tiene una característica que a veces resulta incómoda: permite que los ciudadanos decidan por sí mismos. Y cuando eso ocurre, incluso los líderes más carismáticos deben recordar una lección elemental. Perder una elección no es una tragedia democrática. No saber perderla sí puede serlo. En Primera Vuelta no se gana las elecciones, pero por equívocos estratégicos, al despreciar la voluntad popular, se puede perder la Presidencia en segunda vuelta.
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