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El primer hombre

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El primer hombre
Foto: El Sótano

El primer hombre

Silvio E. Avendaño C.

Albert Camus escribía su autobiografía, El primer hombre, cuando falleció, 1960, relato que permaneció inédito hasta 1994.

 En 1913, una pareja de inmigrantes, Henrí Cormery un agricultor y Catherine mujer en cinta viajan por un camino tortuoso, en una carreta, hacia una colonia francesa, en Argelia. Al arribar a la casa de campo la mujer da a luz un niño: Jacques. Cuarenta años después, un tren se desliza lento a Saint Brieve. Desciende Jacques y camina al cementerio donde se encuentran los restos del padre. Pregunta por el sector de los muertos de 1914, en la Primera guerra mundial.  “El guardián abrió un gran libro forrado con papel de embalaje y siguió con su dedo terroso una lista de nombres, se detuvo. Cormery Henrí: “herido mortalmente en la batalla de Marne, muerto en Saint Brieve, el 11 de octubre de 1914. Del padre sólo subsistía “un recuerdo impalpable como las cenizas del ala de mariposa quemada en el incendio de un bosque”. Poco tiempo después de haberse establecido como agricultor, Henri fue llamado al reclutamiento y, tuvo que dejar el cultivo de la tierra.  Así, el arco comprendido entre 1885-1914 traza la vida del padre que vivió menos que el hijo.  Jacques Cormery, solitario   ante la lápida del padre -muerto en la Primera Guerra Mundial- observa las tumbas de los hombres que murieron en la batalla del Marne.

Jacques crecerá en la orfandad. Vivirá la pobreza, en Argel, en la casa de la abuela. La familia: la madre sorda trabaja, lava ropas y friega pisos; el tío Ernest, también sordo, trabaja como tonelero y el hermano Henri.  Al fin y al cabo, Jacques es el primer hombre porque la experiencia del vivir, para cada hombre, es una historia distinta. Jacques crece en Argel, en un arrabal: Belcourt. Allí llegaron la mujer y el niño cuando el padre tuvo que partir a “defender la patria”. Pero a pesar de no tener en quien enraizar el pequeño se siente rey, caminando en la playa, bañándose en el mar, bajo el cielo azul, junto a los otros huérfanos de su edad, pues para la guerra se recluta a los pobres.

La miseria acomoda en el mundo a los pobres y los engarza a la necesidad. Al iniciarse la guerra el padre fue forzado a cambiar la tierra por el fusil. Tuvo que ir al frente a una guerra incomprensible y murió. Catherine, con dos hijos, en casa de la abuela vivirá en la miseria y los muchachos la orfandad. La pobreza lleva a que la vida sea trágica, fatalista, escéptica. Crea un destino del que es difícil escapar. Jacques es un huérfano de la guerra. No tenía padre en quien arraigar. Más cuando asiste a la escuela del barrio se encuentra con el maestro Bernard.

La escuela quebró el infortunio y la orfandad: “fue interesante porque el maestro amaba apasionadamente el trabajo. Sabía sacar del armario, en el momento oportuno, los tesoros de la colección de minerales. El señor Bernard daba un tono viviente y divertido a las clases. El mundo se hacía luminoso, cuestión que no ocurría en el barrio ni en el hogar. “En la clase del señor Bernard por lo menos la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. El paso por la escuela, gracias al maestro Bernard, quebró la inmediatez, el conformismo y, pudo romper la atmósfera opaca de la vida pobre. La lectura en voz alta, durante la clase, de libros de aventuras quebraba la realidad cotidiana porque dichas lecturas abrían las puertas de lo desconocido. “…esos relatos eran la encarnación del exotismo. Soñaba con ellos, llenaba sus ejercicios de redacción con las descripciones de un mundo que no había visto nunca.” Así en la escuela el pequeño se inicia en la paideia en la formación del hombre en el mundo intelectual.  “Pero el método del señor Bernard, que consistía en no aflojar en materia de conducta y por el contrario en dar a su enseñanza un tono vivo y divertido, triunfaba incluso sobre las moscas. Siempre sabía sacar del armario, en el momento oportuno, los tesoros de la colección de minerales, el herbario, las mariposas y los insectos disecados, los mapas (…) que despertaban el interés languideciente de sus alumnos. Era el único en la escuela que había conseguido una linterna mágica y dos veces por mes hacía proyecciones sobre temas de historia natural o de geografía. El señor Bernard enseñaba matemática, lengua e historia.  Leía relatos de la guerra en los cuales habían muerto los padres de los pequeños estudiantes. La lectura sobre la guerra sumía a los niños en silencio.  La peste del olvido se afianza en los pobres. “La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez deja el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris.”

 Ante la carencia del padre, el maestro se convierte para Jacques en la figura central. Y, el chico puede ganar la beca del Liceo –seis años – de bachillerato. Para la familia es una pena porque esperaba que comenzara a trabajar, porque para los pobres seis años de estudio no se justifican. El Liceo era un lugar desconocido. Se encontraba ubicado en el otro extremo de la ciudad de Argel, lejos de la pobreza del barrio Belcourt. Era un mundo extraño.  En el tranvía eléctrico se alejaba del arrabal, del cual no se había apartado, sólo en raras ocasiones. No era nada fácil pues estaba acostumbrado al rincón de miseria. Por eso aquel   el viaje en trole hasta el Liceo le parece extraño. Se separaba de la miseria y eso le dolía. En el Liceo se encuentra con jóvenes de diferentes clases: Inmigrantes, los hijos de los nuevos ricos, los burgueses coloniales. Pero no era propiamente eso lo que le hizo sentirse extraño. Descubre las limitaciones del barrio, de la familia, que la madre es una “criada” cuestión que le sorprende, porque para Jacques la madre trabajaba para la familia no para los otros. “se detuvo y de golpe conoció la vergüenza y la vergüenza de haber sentido vergüenza.”  El Liceo fue como la escuela. Frente a la miseria de la vida familiar; de gente pobre, que a duras penas conseguían para vivir, el Liceo le ofrecía, al otro extremo de Argel, un mundo diferente. Comprendió que era un ser sin patria, a pesar de que el padre había muerto por ella. Se encontró con la abstracción de que él era “ciudadano”. La formación sólida que adquirió en la escuela elemental le daba una superioridad, ortografía, seguridad en los cálculos, memoria ejercitada y el ansia de conocimiento. “Más el fútbol era el preferido y Jacques descubrió, desde los primeros recreos, que aquella pasión, desarrollada en la playa lo convertía en el rey del patio y de la vida.” No obstante, la escisión se hacía presente cuando en la noche se terminaba el estudio. El tranvía a la salida del Liceo, poco a poco, iba quedando vacío, al cruzar la ciudad, hasta llegar a Belcourt.

El mundo estaba escindido y no era posible la unidad. Aunque su vida pasada fuese en realidad ese barrio, su vida presente y aún más su futuro estaba en el Liceo. A pesar de ello, esa división entre el mundo familiar y del barrio, que no ofrecía nada, que se dislocaba en el camino hacia el Liceo, tenía su instante de unión. Jacques Cormery junto con la abuela y la madre asistían a los actos de clausura del año escolar en el Liceo. Aquel día se mezclaban el mundo familiar y la vida del estudiante. La abuela y la madre se asombraban y enorgullecían de Jacques. Éste recibía los premios. Un volumen de libros, que deseaba abrir pronto cuando llegara a casa. Pero el acto solemne se unía con el otro extremo, al terminar las clases en el Liceo había que ir a conseguir trabajo. Y le daba seguridad y libertad el trabajo: “Si era un hombre, pagaba un poco de lo que debía. Y la idea de haber disminuido con su trabajo, en algo la miseria de aquella casa lo llenaba de orgullo. Es así el primer hombre que sale en busca de su destino que se forja en el quehacer del trabajo. Jacques no cae en la fatalidad que muchas veces lleva la pobreza. Del barrio Belcourt, de la casa de orfandad y limitaciones saldrá por la labor del maestro en la escuela elemental. Lucha por escapar del anonimato de la vida pobre, de la ignorancia. Y en el Liceo descubre, en el espejo de sí mismo, un horizonte en el cual es brillante por el quehacer intelectual y la pasión por el juego. Por eso en Jacques Cormery crece el individuo “para abordar el mundo de los de los hombres y de su espantosa historia.”

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Silvio E. Avendaño

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