EL PODER DE LAS PALABRAS


Una de las conquistas más grande del ser humano es la palabra, con tanto valor como la conquista del trabajo en el desarrollo de la humanidad.
Nada hay que no comience con el lenguaje. Incluso el silencio es una forma de comunicación. Todo gira en torno a la palabra. Palabra liberadora o palabra alienante. No hay término medio.
Arqueólogos y antropólogos han rescatado el alma colectiva de muchas culturas y pueblos desaparecidos de la faz de la tierra solamente conociendo los rasgos fundamentales de su comunicación o sus testimonios culturales codificados en sus escritos de origen milenario.

Hay palabras eternas en todas las civilizaciones como la palabra Dios y palabras pasajeras como la palabra castellana adiós, palabras que llevan toda la impotencia del ser humano como la palabra miedo y esperanzadoras como revolución.
Todas las palabras, por inocentes que sean, tienen una inmensa carga histórica que las perpetúa y suele defenderlas de su desaparición.
Muchas de ellas han sobrevivido en condiciones inhóspitas, sin que nadie las hubiese utilizado durante largo tiempo y aún así superviven en la conciencia universal como la palabra cambio social.
Los poderosos le tienen miedo a las palabras que revelen autonomía y decoro, sólo aceptan a su alrededor vasallos que repitan idóneamente palabras que sepan a lisonja. Temerosos de ser repudiados, excluyen del lenguaje público las palabras que tengan dignidad.
Grandes bibliotecas del mundo fueron incineradas por los sátrapas de la inteligencia. Arde aún la biblioteca de Alejandría. Pinochet llevó a la hoguera la palabra escrita y sin embargo palabras como solidaridad y respeto por el otro siguen vivas, se refugiaron en las mentes de millones de mujeres y hombres que hoy las han convertido en canciones de protesta, democracia y poesía. Bachelet es un símbolo de ello.
En Colombia arden libros en Bucaramanga, y la hoguera fue prendida por quien hoy funge como Procurador. El mundo jamás olvidará las palabras de García Lorca, Miguel Hernández, Víctor Jara, Lennon y Neruda, tantos otros, mientras la humanidad ha ido excluyendo de su memoria para siempre el nombre de sus detractores.
Palabras como paz y justicia conducen el destino de millones de mujeres y hombres en el mundo desbrozando caminos de equidad, convivencia pacífica y fraternidad social.
Hubo palabras en bocas de los herejes, de los inconformes, de los iconoclastas, disidentes y apóstatas y de los irreverentes que cambiaron el mundo. Hoy esas palabras pasan por el meridiano de la ecología para la paz y conmueven las murallas de la globalización.
Hay palabras inocentes como la palabra niño, palabras llenas de dulcedumbre como la palabra miel, y palabras para cambiar el mundo como las palabras paz económica y social.
Palabras que conspiran contra el invierno como la palabra primavera. Otras como la palabra invierno, frías, gélidas, con existencia congelada, y en las que el fuego y la llama se refugian en las chimeneas esperando el verano libertario.
Palabras como la palabra libertad, en cuyo nombre se han cometido los más grandes crímenes de la humanidad, sojuzgado pueblos y perpetuado la indignidad como en Guantánamo.
Palabras como la palabra amor, que se mantiene viva en todos los idiomas y conserva intacta su fuerza seductora, pese al tedio de los amantes que ya no se quieren, el asedio de los puritanos, el dolor de las separaciones, la fugacidad de los encuentros, el amor convencional, la rutina de los afectos obligados, el sufrimiento de las rupturas o el dolor lacerante de las despedidas.
Palabras que han sido proscritas, tergiversadas, enterradas, expulsadas del lenguaje popular, palabras peligrosas como solidaridad política. Palabras que en las dictaduras trabajan en la clandestinidad.
Pero entre todas, hay una palabra que ha sido saqueada, despojada, utilizada, arrebatada, sometida al pillaje de su contenido histórico: la palabra democracia.
Los inquisidores del poder la convirtieron, en muchos países, en una comedia electoral y no en la viable realidad donde el pan, la paz y las rosas pertenezcan al reino de todos.
Los mismo impostores de ayer, los grandes jerarcas del neoliberalismo, que hoy pretenden falsear la justicia, convertir la igualdad en una mentira gigantesca y colocarle, en diciembre y enero, cuando los seres humanos le cantan a la fraternidad, murallas a la luz.
Feliz Navidad y 2014 pleno de realizaciones. Hasta pronto.



