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Lunes, 5 de octubre de 2026
sábado 26 diciembre, 2015 a las 12:56 pm

EL PESEBRE OLVIDADO

Fernando Dorado G.

Dedicado a mi gran amigo Víctor Rebolledo “Pedernera”

Fernando Dorado G.
Por Fernando Dorado G.

En diciembre pasado me fui de copas en compañía de mi amigo Ciro. Al otro día me atacaron unas ganas enormes de visitar a un viejo compañero que vive solo en el barrio en donde pasé mi niñez. Sabía que estaba enfermo. En realidad quería superar la resaca haciendo algo positivo en vez de irme a refugiar en mí mismo e incriminarme por esa indisciplina alcohólica.

Llegué a mi viejo barrio donde me crie en medio de grandes limitaciones económicas pero donde aprendí a relacionarme con toda clase de personas. Es un barrio con una enorme historia de discriminación ya que siempre fue refugio de ladronzuelos y rufianes, además de ser la “olla” de Popayán. Se le dice así porque allí habitan los vendedores de droga, marihuana y “bazuco”, a quienes en la jerga maleva les llaman “jíbaros”, además de ser el centro de toda clase de reducidores de bienes robados en otras zonas de la ciudad. Claro está, sólo son unas pocas personas las que afectan el prestigio del barrio, pero para pesar de los buenos vecinos ese es un ‘karma’ que posiblemente siempre sufrirá ese sector de la ciudad. Aunque uno nunca sabe.

Cuando llegamos mi amigo no quería que entráramos a su casa. Vive en una pobreza franciscana y se sintió acomplejado por nuestra sorpresiva visita. Hacía más de veinte años que no lo visitaba. Nos recibió en la pieza de entrada que hace de sala. Nos acomodamos en unas banquitas de madera. Entablamos una amena conversación reviviendo los mejores momentos de ese pasado remoto que siempre estará en nosotros.

Como estaba muy oscuro en un primer instante no me percaté que en frente de mi había un pesebre. Estaba organizado sobre unas tablas cubiertas de papel de sacos de cemento. No lo cubría el musgo sino arena amarillenta. Le pedí a mi amigo que prendiera la luz para apreciarlo mejor y él presuroso prendió las lucecitas que iluminaron por completo el establo, los espacios y recovecos llenos de los adornos propios de ese tipo de elaboraciones navideñas.

En el primer instante no reconocí lo que tenía ante mis ojos. Después comprendí que conocía cada uno de los componentes de ese hermoso pesebre. Desde la estrella de David, pasando por el rústico establo, hasta las casitas y pequeñas iglesias, así como las ovejas y demás animalitos, todo fue apareciendo como si fuera un sueño. Las imágenes de la Virgen y San José, la mula y el buey, los reyes magos, y el Niño Dios habían sido parte de mi vida. Hasta la instalación de luces era la misma.

Rápidamente comprendí lo que había ocurrido. Mantuve silencio para no incomodar a mi amigo, pero me invadió una enorme emoción. Me expliqué la situación suponiendo que cuando decidimos irnos del barrio, mi madre – que ya no está con nosotros -, seguramente había entregado a la mamá de mi amigo ese valioso conjunto de elementos que ya no utilizaba. Llevaba muchos años de estar guardado y, ella seguro consideró que era mejor entregárselo a alguien que lo usara en vez de llevárselo en el largo viaje que teníamos por delante.

Me sentí conmovido por re-encontrarme con mi pequeña historia. Admiré la fidelidad al pasado demostrada por mi amigo. Cualquier otra persona necesitada económicamente como él, ya habría vendido ese precioso patrimonio. Me sentí abrumado por su enorme integridad y dignidad. Fui a visitarlo y terminé reviviendo momentos hermosos de mi niñez que casi había olvidado. Fue un descubrimiento de mis emociones y sentimientos reprimidos por varias décadas. Cuando me “convertí” a las ideas socialistas abandoné, infantilmente, muchas cosas que consideraba “atrasadas” o “reaccionarias”, como era todo lo que tenía que ver con las creencias religiosas.

Lo más emocionante fue entender a mi amigo. Al rehacer el pesebre año tras año, revivía sus recuerdos y se acompañaba de quienes habían estado en las “novenas” que se hacían por entonces. No le dije nada sobre el origen del pesebre porque hubiera roto algo de esa magia, además que hubiera sido violentar la voluntad de mi madre. Mi amigo había convertido ese pesebre en parte de su vida. Me lo imaginaba solo, cada diciembre, pensando en cómo organizarlo, diseñando el paisaje y su disposición espacial. Figuré a mi madre acompañándolo cada año, gozando con cada momento de ese ritual. Sentí que mi amigo – sin querer y sin saberlo – le hacía más honor a mi propia madre que yo mismo, y de verdad que me sentí muy hermanado y agradecido con él.

En ese momento sentí lo que es pertenecer a una verdadera comunidad. Me sentí acompañado por todos los que en nuestra casa participaban de esos ritos navideños, que ahora que los miro en perspectiva, son verdaderos momentos de encuentro y compenetración espiritual, más allá de lo religioso.

Esa visita me ha ayudado a seguir cuestionando muchas de las rigideces propias de un racionalismo mal entendido, que ha deshumanizado al hombre. Todo ello se me vino a la mente en ese instante y le agradecí a mi amigo el haberme motivado – sin darse cuenta – tantas reflexiones y haberme hecho revivir emociones tan fuertes y en parte olvidadas. Amé más a mi madre valorando su mejor cualidad que era la capacidad de desprenderse de cosas materiales.