El periodista no es de piedra

Entre la falsa imparcialidad y el deber de la verdad
Por Alfonso Luna Geller / Persiste en nuestra sociedad una creencia anacrónica, casi ingenua, que sugiere que el periodista debe ser una especie de eunuco ideológico; un ser inanimado, sin alma, sin credo, sin postura política y sin convicciones, para poder ejercer su oficio con dignidad. Se nos exige, erróneamente, renunciar a nuestra condición humana bajo el pretexto de una «objetividad», de una “imparcialidad”, mal entendidas.
Es necesario, por higiene mental y democrática, poner los puntos sobre las íes: el periodista es, ante todo, un ciudadano. Un ser humano con idénticos derechos a cualquier otro compatriota.
La objetividad y la imparcialidad no son rasgos de la personalidad, son herramientas del oficio. Son imperativos técnicos que se aplican al resultado de la labor (la noticia), no a la conciencia de quien la escribe. Un médico puede ser conservador o liberal, católico o ateo, pero cuando entra al quirófano, su bisturí obedece únicamente a la ciencia médica. De igual manera, el periodista tiene todo el derecho constitucional a militar en un partido, profesar una fe, apoyar movimientos sociales o defender causas comunitarias. Lo que le está vedado, bajo sanción ética y social, es permitir que esas pasiones contaminen los hechos.
El error —y la confusión pública— nace de dos orillas.
Por un lado, hay lectores que restan mérito al trabajo investigativo solo porque el autor piensa diferente a ellos. Olvidan que, en este oficio, la firma de una columna de opinión o un editorial es el espacio sagrado de la libertad de expresión, donde el periodista, despojado de la frialdad del reportero, orienta, analiza y fija su postura ciudadana con transparencia.
Pero, por otro lado —y aquí hago un mea culpa gremial—, el caos reina cuando es el propio periodista quien no entiende la diferencia. Es inaceptable, y un atentado a la ética, ver cómo algunos colegas disfrazan sus opiniones de noticias, inyectando veneno ideológico en los reportajes o, peor aún, editorializando los titulares para manipular la percepción de la audiencia. Eso no es periodismo, es contrabando informativo.
En Proclama del Pacífico tenemos claro este mandato. La noticia es sagrada y debe ser tratada con rigor aséptico, verificable y contrastado. Pero la opinión es libre.
Por eso, defenderé siempre mi derecho, y el de mi equipo, a pensar, a creer y a disentir como ciudadanos libres. Porque ser imparcial al narrar un hecho no significa ser indiferente ante la injusticia, ni mudo ante la realidad. El periodista que no siente, que no opina y que no tiene causa, no es objetivo; simplemente, es un ser de piedra que no le sirve a la sociedad.
Aquí seguiremos informando con rigor y opinando con carácter. Que se entienda la diferencia.
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