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martes 29 noviembre, 2016 a las 8:32 am

El paraguas (Cuento)

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Jorge Muñoz Fernández - Mateo Malahora

MATEO MALAHORA

“Fue así que a la ciudad llegó el progreso montado en una nube de veinte mil bicicletas, usadas por trabajadoras que vestían de gris, pues sólo se admitía operarias, que trabajaban catorce horas frente a una máquina, con bajos salarios, en cuyos escenarios no se podía hablar de horas extras porque, según se argumentaba, estaban progresando. Los columnistas hablaron de civilidad y algunos de la Ciudad Gris”.

Cuando el Dios de la Lluvia le dijo a Tao Ming, en el siglo X, que inventara una sombra para proteger a las mujeres y los hombres temerosos del sol y el agua, pero sobre todo de las nubes, cuando se desplomaban en formas de gotas que caían del firmamento, cumplió su mandato.

El Dios de la lluvia había sido creado por Tao Ming, pero hacia tanto tiempo que éste no recordaba los momentos cuando le arrebataron su imaginación, creaba sus propias deidades, elaboraba mapas sin fronteras, invitaba al carnaval de los templos derruidos, llenaba las redes de peces, multiplicaba el trigo, cambiaba el rumbo de los vientos y sepultaba guerras.

Con gran capacidad apagaba los escombros en llamas, elaboraba almanaques, colocaba agujas a los recuerdos, barría la hojarasca de la melancolía y dejaba crecer o no a las flores prohibidas, que prosperaban en los días de primavera. Tantas cosas hizo, que se convirtió en súbdito de su propia creación.

Fue así que Tao Ming se internó en el bosque y recogió unas hojas de plátano; con ellas se protegió el cuerpo y dio inicio al precepto que le entregó la diosa de la lluvia, pero, después tuvo una idea genial: la de forrar con tela treinta y dos varas circulares de bambú y construir el primer “quita lluvia” y “quita sol” que hubo en el universo.

Por esos tiempos Tao Ming era una especie de profeta, que se parecía mucho a Melquiades, el gitano de Aracataca, personaje que de tarde en tarde pasaba por el pueblo y preguntaba a sus moradores qué les hacía falta, que no usaran como un lujo, como había ocurrido en Paris con las sombrillas, para complacerlos; quería regarles la bandera del día para combatir la noche, con la condición que ellos fueran protagonistas de la aurora.

Invitó, entonces, a almorzar al boticario para contarle sobre sus maravillosas iniciativas y supo que éste, cuando se miraba en el espejo no lo hacía de frente sino por detrás y optó por no dialogar con ninguno de los personajes que le habían recomendado, consideró que era un acto inusual, como el comportamiento del sacristán de la Iglesia, que levitaba por las calles para economizar alpargatas.

Algunos moradores dóciles, conformistas, que vegetaban como aves de corto vuelo, obedientes, con ideas mansas, dijeron que no necesitaban nada, que la civilización del capital les había proporcionado todo lo imaginado y que el invento del paraguas era asombroso, haciendo únicamente énfasis en que la economía de ese Cantón giraba alrededor de la venta de paraguas, tanto que las autoridades no habían podido intervenir el monopolio impenetrable del mercado.

Los Movimientos Sociales del Paraguas sostenían que la lluvia se precipitaba en el país todo el año y por tal razón la compra y venta de paraguas disfrutaba de un culto ideológico, que era la hora de preocuparse por el precio, porque no era verdad que “una mano invisible lo regulaba”, como lo había anunciado, metafóricamente, un tal Adam Smith.

Por iniciativa del Ayuntamiento Municipal se estableció una maquila, con sede en Estados Unidos, es decir una empresa subcontratada para hacer exclusivamente paraguas, que las gentes celebraron porque se podían exportar los “quita soles y quita lluvias”, fabricadas con mano de obra barata en la zona franca del Condado de Las Palmas, que funcionaba como un Paraíso al occidente de la ciudad, donde no llegaba el control laboral ni fiscal.

Fue así que a la ciudad llegó el progreso montado en una nube de veinte mil bicicletas, usadas por trabajadoras que vestían de gris, pues sólo se admitía operarias, que trabajaban catorce horas frente a una máquina, con bajos salarios, en cuyos escenarios no se podía hablar de horas extras porque, según se argumentaba, estaban progresando. Los columnistas hablaron de civilidad y algunos de la Ciudad Gris.

Cuando intentaron fundar un Sindicato las lideresas fueron despedidas por los “propietarios del sol y de la lluvia”, como eran conocidos los dueños de la fábrica, quienes sostuvieron que el Sindicato era un ataque a la inversión extrajera.

Como anécdota, una trabajadora dijo un día: “estamos muertas de facto” y las compañeras comenzaron a buscar el significado de esas palabras en las oficinas de trabajo y encontraron que las personas que trabajaban sin Seguridad Social no eran auténticas ciudadanas, sólo parcialmente. “De facto trabajábamos en una compañía fúnebre”, dijo Lucila Palacios, quien fuera Presidente del Sindicato defenestrado.

Sin embargo, la gente se reunió en el rumiadero burocrático, una especie de muro donde los trabajadores iban a lamentarse y comentar que todo estaba hecho y cumplido, que eran felices con las pompas fúnebres de la rutina, que los dejaran pensar, y fue así como en toda la ciudad no se habló del Año Nuevo, que estaba por abatirlos, sino de la procastinación.

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