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Sábado, 3 de octubre de 2026

EL OFICIO DE SEGUIR PENSANDO

EL OFICIO DE SEGUIR PENSANDO

Imagen por: https://chatgpt.com/

Guido Germán Hurtado

Historiador y politólogo.

El sábado 22 de agosto le envié a mi amigo Delfín Grueso Vanegas un texto que titulé «El verdadero Cauca: territorio fragmentado, economía de guerra y el fracaso de la planeación». Delfín es doctor en filosofía, profesor de la Universidad del Valle y quizá quien mejor conoce la obra de John Rawls en Iberoamérica. Él no lo admite por humildad. Yo sí lo afirmo.

No se lo envié solo a él. Se lo envié a tres académicos, a un senador y a un representante a la Cámara elegidos por las curules del Cauca, a dos exrepresentantes a la Cámara por el Cauca y a dos voceros de los gremios económicos del Cauca. En total, nueve personas que han tenido o tienen la responsabilidad de pensar y decidir por este territorio.

De todos, solo uno respondió por escrito: el profesor Harold Banguero. Los demás, silencio total.

Al día siguiente, domingo 23 a las 10:07 de la mañana, me llamó Delfín. Hablamos 36 minutos. De los 36, él habló 33. No fue una conversación, fue un monólogo. Uno de los mejores que he escuchado en mi vida. Esa llamada es el centro de este artículo.

Me llamó para decirme que el texto estaba bien, para felicitarme, pero sobre todo para ir más allá. El texto fue el pretexto. A partir de ahí, se puso a hilar fino.

Su pero no fue a mi texto. Fue al país. Fue una radiografía de académico persianista, de los que tejen puntada por puntada, sin afán, con densidad, con paciencia, sin dejar una salida fácil. Cuando colgué, tuve que sentarme una hora a digerir lo que me había dicho. Me hizo muchos más análisis, pero si los escribo aquí no termino nunca.

Me propuso un recorrido histórico que no se me va a olvidar. Me dijo: Guido, después de la Violencia liberal conservadora este país quedó tan traumatizado, con tantos muertos por gritar viva el partido, que se despolitizó a propósito. A nadie le importaba la política. La política era cosa sucia, cosa de allá, de Bogotá. El ciudadano de a pie no quería saber nada. Era el péndulo del miedo.

Y ahora estamos en el extremo opuesto. Hiperpolitizados. Todo el mundo habla de política, pero no con argumentos, sino con insultos y gritos. Es una politización sin política. Tan tóxica que ya no solo divide al país, divide familias enteras. En la mesa ya no se discute por el partido liberal o conservador, se discute por dos mesías que no piden pensar, piden fe. De un lado te exigen odiar, del otro te exigen idolatrar. En ninguno te exigen estudiar.

Y ahí la academia queda arrinconada. Porque la academia no sirve para gritar, sirve para matizar. Y el matiz hoy es visto como traición. Si matizas, eres tibio. Si pones un dato que incomoda a tu tribu, eres vendido. Confundimos coherencia intelectual con lealtad de barra brava.

Luego me hizo la radiografía más dura: la del tecnócrata que el Estado necesita y que el Estado vomita. El Estado colombiano necesita tecnócratas serios que sepan de presupuesto, de vías, de salud pública. Pero el sistema político no los tolera. Los usa al principio como adorno, como prueba de seriedad, y luego los tritura, porque el tecnócrata dice esto no se puede, los números no dan, y el político necesita decir sí se puede, aunque sea mentira.

Esa es la pinza que nos tiene atrapados: una sociedad que pasó de no querer saber nada de política a no hablar de otra cosa que no sea política gritada, y un Estado que necesita conocimiento pero premia la obediencia.

Y me puso los espejos que evitamos nombrar.

Estados Unidos, donde la discusión técnica sobre aranceles, inflación o salud pública, que debería ser de economistas y salubristas con datos, quedó sepultada por la guerra cultural. Ya nadie discute si el arancel sirve, discuten si eres patriota o traidor.

Brasil, donde la evidencia técnica sobre la Amazonía o sobre gasto público fue aplastada por dos relatos emocionales. De un lado la motosierra como símbolo de libertad, del otro el árbol como símbolo de pureza. En el medio, los técnicos que sabían cuánto bosque se perdía y cuánto iba a costar, arrinconados y gritados por ambos lados.

En ambos casos los técnicos advirtieron. Pero el algoritmo no premia el matiz, premia el grito.

Y luego lo aterrizó en Colombia. Me recordó que el programa más coherente, completo y serio técnicamente en 2022 y 2026 fue el de Sergio Fajardo. No hablo de su candidatura, hablo de su programa como objeto de estudio técnico. Un programa hecho por técnicos, sin una sola mentira estadística. Y en ambas elecciones perdió. No perdió por malo. Lo destruyeron por bueno, por ponderado, por aburrido para un público que pide sangre. Le decían tibio, que se fuera a ver ballenas. Lo atacaban no por estar equivocado, sino por no odiar lo suficiente.

Y separó dos momentos. El del gobierno de Petro entre 2022 y 2026, donde muchos académicos y tecnócratas honestos llegaron con la ilusión de aportar y se estrellaron contra una lógica donde la lealtad ideológica vale más que el dato. Y el que apenas comienza con Abelardo De la Espriella hasta 2030, donde el riesgo es que se repita la misma historia al revés: que la evidencia vuelva a quedar sepultada, ahora por otras consignas.

Aquí aparecen dos formas distintas de resistir.

Delfín, como filósofo, tiene el deber de lo trágico. Ver la estructura y decir lo que la época no quiere oír. Ve, como Rawls, que sin razón pública no hay democracia, y ve que esa razón está arrinconada.

Harold, como economista, tiene el deber del taller. Su oficio no le permite quedarse en lo trágico. Si todo está perdido, no hay modelo. Harold es economista, profesor jubilado de Univalle, riguroso y profundo como siempre. Lo leyó el sábado en la noche, hizo anotaciones al margen y me las envió el domingo en la mañana. No para decirme que estaba bien, sino para mostrarme dónde podía estar mejor. Esa es su forma de resistir: seguir corrigiendo.

Somos tres caucanos, tres qulichagüeños, tres académicos. No lo digo como credencial. Lo digo como lugar desde donde hablamos. Pensamos el Cauca desde el Cauca, no desde Bogotá. Y por eso nos duele distinto.

Mi texto sostiene, con datos del DANE, UNODC, Ministerio de Defensa e Indepaz, que el Cauca no es un departamento sino siete territorios distintos con siete rezagos distintos. Que el territorio roto genera el vacío, el vacío lo llena la economía de la guerra y la planeación fragmentada impide que el Estado vuelva con acueductos, vías y universidades.

Ese texto que leyeron Delfín y Harold no se queda en un documento privado. Lo voy a publicar aquí en tres entregas. Mis próximos tres artículos serán esa radiografía completa del verdadero Cauca. Y por eso mi texto sobre el Cauca no cabe en un trino: porque el territorio roto no se arregla a gritos.

Cada ocho días escribo un artículo y se lo envío a 497 contactos. Me responden comentándolo entre 7 y 10 personas semanalmente. No sé si todos los demás lo leen. No lo sé y no importa. Sigo insistiendo.

Esa insistencia es mi forma de resistencia.

Aquí traigo a Ernesto Sábato y su libro La Resistencia, del año 2000.

Sábato dice que la resistencia no es heroica. Es pequeña, testaruda y cotidiana. Resistir es seguir haciendo bien el oficio cuando todo te invita a abandonarlo. Escribir cuando casi nadie responde. Pensar cuando todos gritan. Corregir un texto ajeno un sábado en la noche cuando nadie más lo hizo.

Y aquí está mi tesis.

La resistencia democrática hoy necesita de los dos oficios al mismo tiempo. Necesita del filósofo que nos impida autoengañarnos y nos diga con crudeza: estamos gritando, no pensando. Y necesita del economista de taller que, aun sabiendo que gritamos, se sienta y diga: aun así, por aquí puede quedar mejor.

Sin Delfín, nos volvemos ingenuos.
Sin Harold, nos volvemos cínicos.

Resistir es mantener los dos oficios vivos al mismo tiempo. Pensar el abismo, pero seguir construyendo el puente.

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