El ocaso de los partidos

CARLOS E. CAÑAR SARRIA
Los partidos políticos, teóricamente son los pilares básicos de las democracias representativas. Como la población es grande, es imposible reunir a todos los ciudadanos a que discutan los asuntos de interés público, tal como lo pueden concebir las democracias directas. Los cargos de representatividad popular que requieren del voto, en general son derivados del papel que ejercen los partidos.
Los partidos como intermediarios entre la sociedad civil y el Estado se hacen invisibles; de ahí el hecho de ser considerados como maquinarias electoreras, nada más. Se presupone que los partidos deben ser los canalizadores de las demandas sociales en procura de que estas se traduzcan en políticas públicas. Pero no. Tal es el desencanto que producen los partidos que la gente siente apatía por la política. Esto explica hasta cierto punto la abstención electoral, pues la democracia que debiera ser la voluntad de las mayorías, termina en manos y en provecho de unas minorías privilegiadas.
Hoy encontramos en nuestro país una serie de grupúsculos políticos, sin ejes programáticos definidos, sin fundamentaciones filosóficas y sin rutas de navegación. Una mezcolanza, producto de las coyunturas y de las necesidades de aquellos que pretenden mantener o lograr el poder. Por eso, en lugar de modernizarse, los mal llamados partidos siguen enclaustrados en sus prácticas politiqueras y clientelistas. El denominado transfuguismo contribuyó notablemente en la desaparición de lo que teníamos por partidos. Por eso se hizo normal acostarse con un partido y amanecer en brazos de otro.
Lo cierto es que los partidos necesitan modernizarse y ello sólo es posible en la medida en que entren a llenar las expectativas de la gente y del electorado. No son necesarios tantos partidos para hacer visible la democracia. No se trata de partidos únicos, o bipartidos, pero si de un número considerable que permita discernir con mesura, las opciones que más convengan. Elegir personas de intachable peso moral y comprometidas con el interés público. La necesidad de una nueva clase política es evidente, pero no asoma por ningún lado. La depuración de los partidos debe darse en el seno de los mismos; pero si siguen renuentes a autodepurarse, ni modos. Unos partidos fuertes y coherentes seguramente evitarían la apatía que se siente por los partidos y por los políticos.
Cuando la gente no evidencia los aciertos de la democracia, simplemente se desmotiva. Norberto Bobbio en su libro “El futuro de la democracia”, afirma que el Estado liberal y el Estado democrático son interdependientes: “Es improbable que un Estado no liberal pueda asegurar un buen funcionamiento de la democracia, y por otra parte es poco probable que un Estado no democrático sea capaz de garantizar las libertades fundamentales. La prueba histórica de esta dependencia está en el hecho de que el Estado liberal y el Estado democrático cuando caen, caen juntos”. Pensamos que en un Estado liberal, es decir, en un Estado democrático, sería posible contar y experimentar unos partidos políticos modernos, es decir, democráticos.




