El negocio de ahora es el oro
Por: Luís Barrera
Nuestra sociedad ha llegado a un momento en que ya no adora al becerro de oro como lo hacían los israelitas, sino al oro del becerro. La minería legal o ilegal es un problema y debe ser tratada como tal.
La gente más rica del mundo está respondiendo a la preocupación por la economía comprando barras de oro, en algunos casos lingotes que suman una tonelada, y sacando activos del sistema financiero, advierten los banqueros que atienden a clientes muy pudientes.
El concepto de «sustentabilidad» está siendo vaciado cada vez más de contenido, especialmente a manos de quienes realizan actividades básicamente insustentables. Entre ellos es necesario mencionar una actividad que ya por definición no es sustentable: la minería.
Se puede argumentar que la minería es necesaria para suministrar diversos bienes a los seres humanos, pero lo que por cierto no se puede argumentar es que sea sustentable, siendo como es una actividad basada en la extracción de recursos no renovables.
Invertir en oro en Colombia y en cualquier parte del mundo es el negocio de ahora. Invertir en oro es seguro, invertir en oro es rentable, invertir en oro es bueno, invertir en oro es buen momento, aunque el oro hace soberbios, y la soberbia, necios, pues esa es la fiebre que parece apoderarse del sistema monetario sin dejar de ver el enorme daño que se está haciendo al medio ambiente.
Cuando las bolsas se debaten entre los vaivenes de la economía mundial, entre las desconfianzas y los malos resultados de los últimos meses, cuando la crisis financiera hace tambalear sistemas económicos que otrora se pensaban sólidos e imbatibles, uno de los valores refugio en los que la gente está invirtiendo sus ahorros es el oro, reconocido como una de las alternativas más rentables en épocas de crisis.
Las compraventas casi que exclusivamente se han dedicado a los préstamos en alhajas de oro, pues no quieren correr riesgos en prendas como electrodomésticos y muebles, que las gentes dejan perder en medio de la crisis económica.
En el Cauca también se vive la fiebre del oro y hace parte de la creciente desordenada minería ilegal que ha llegado a distintos lugares con su promesa de generación de riquezas y empleo, pero se cuentan en miles quienes en todo el departamento pueden dar testimonio de los altos costos sociales que trae consigo: apropiación de las tierras de las comunidades nativas y campesinas, impactos en la salud, alteración de las relaciones sociales y de convivencia, destrucción de las formas de sustento y de vida de las comunidades indígenas y afrodescendientes, desintegración social, cambios radicales y abruptos en las culturas regionales, y desde luego violencia y desplazamiento de otras actividades económicas propias de las comunidades ancestrales.
Frente al panorama minero ilegal del Cauca, analistas han señalado que se requieren acciones inmediatas articuladas con labores de mediano plazo.
Pero la clave está en cambiar de enfoque: Reconocer a la minería ilegal como problema de Estado, donde el Gobierno Nacional debe liderar; no las regiones, y donde el sector que produce Energía y Minas es responsable ideológico del caos reinante con la repartición alegres muchas veces de los llamados títulos mineros.
Rechazar la justificación de la minería ilegal como amparo de los pobres. La codicia, no la pobreza, impulsa a los peces gordos –perfectamente identificables– con cientos de millones de pesos de dudosa procedencia invirtiendo en maquinaria y equipos, que son los devastadores principales.
Es a estos a los que se debe golpear con contundencia. No a los pobres barequeros y operarios o simple empleados. Ahora curiosamente el objetivo urgente no es ambiental sino humanitario: salvaguardar la integridad física y la dignidad humana de las personas –muchas, menores de edad— en riesgo o sometidas a iniquidades.
Por su parte las autoridades ambientales del Cauca, organizaciones sociales y comunitarias ya han advertido el tremendo daño medioambiental que ha generado esta ilegal actividad en la que miles de habitantes sin empleo o trabajo han encontrado como alternativa de sobrevivencia.
Lo más grave es que el enorme consumo de agua que requiere la actividad minera generalmente reduce la capa freática del lugar, llegando a secar pozos de agua y manantiales.
El agua suele terminar contaminada por el drenaje ácido, es decir la exposición al aire y al agua de los ácidos que se forman en ciertos tipos de aplicaciones químicas -especialmente las sulfúricas- como resultado de la actividad minera, los que a su vez reaccionan con otros minerales expuestos.
Generando así como el caso de Zaragoza en el Valle un vertido auto perpetuado de material tóxico ácido que puede continuar durante cientos o incluso miles de años. Por otro lado, las pequeñas partículas de metales pesados que con el tiempo pueden separarse de los residuos, se diseminan con el viento depositándose en el suelo y los lechos de los cursos de agua e integrándose lentamente en los tejidos de organismos vivos como los peces.
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