EL LEÓN CERRÓ LA BOCA
www.portaltarot.com/zodiaco/Leo.htmPor Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombia
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Ya, a punto de acabar el período que los astros le han cedido para su reinado en el calendario, el león llegó a la puerta del palacio que el ermitaño había aderezado para meditar en la compañía más grata: la soledad y su criterio. Después de recorrer la extensión sin horizonte el gran felino con su melena despeinada llegó confiado a recostar sus humores y cansancio sobre la mirada de su sabio amigo.
Durante un año estuvo Leo, como un profeta herido, rugiendo y meneando su cabeza tierna, frente a antílopes, jirafas, cebras, cobras, dromedarios y gaviotas. Los sicomoros y los beduinos bereberes lo vieron pasar predicando la valentía, la dignidad y la majestad que todo león debe ostentar. No puede un león bajar nunca la testa ante la dificultad ni alzarse vanidoso y prepotente ni ante el tigre, su contendor, ni ante la gacela con su prole abandonada. Él es el rey de la selva y los desiertos y, aún con escasez de la presa indispensable, deberá ser conciente de su papel de señor y dueño de los instintos.
El balance de su agenda era amplio y fecundo. Pero la parte baja de sus ojos lucía el signo del cansancio en un sombreado profundo. También los reyes sufren y las huellas del trabajo responsable hacen mella en su robustez y poderío. No convenía a su estatus dejar ver sus debilidades leoninas ante los demás animales que siempre lo ven como un ejemplo de tenacidad, dominio de las pasiones y precariedad en los banquetes.
El ermitaño conmovido salió al instante, cuando percibió el olor del pelaje en los ijares y del almizcle de sus garras y cojones. El león no venía herido ni sus plantas estaban escaldadas. Tenía la mirada cansada y su respiración algo alterada. En su hígado había un tenue dolor y la congoja fluía por la hendidura entreabierta de su semblante. Entró y tomó un vaso de alabastro en el que guardaba un bálsamo de resina de pino y con el frotó los miembros inferiores del aquel hermoso felino que acudía a él cabizbajo y sin corona. Sin decir una palabra y sin abrir apenas las fauces, expresó con un gruñido su gratitud y solaz por el consuelo.
– Veo que estás exhausto, León amigo, le dijo con ternura. Entra y toma asiento sobre la frescura de la tierra en mi aposento y bebe agua pura que guardo del manantial en el oasis. Calmarás la sed y conversaremos de los simunes, del viento, de los huracanes y del rocío en la mañana. Me contarás tus alegrías y tus temores y tu interior dejará salir los abrojos y amarguras y, así, quedarás con tu alma nueva. También a los animales los lastiman los espinos, la sed y la envidia de raposas y de lobos.
El león descansó a los pies del eremita toda la noche. Sintió la largueza de su amigo y su cuerpo experimentó la dulzura de su tono y la liviandad de su mano sobre sus flancos. Al alborear el día hizo una seña con sus ojos y se levantó del suelo agradecido. Con su pata derecha y las orejas abrió la puerta y sin despertar a su anfitrión salió y husmeó hacia el oriente. Miró, atrás, hacia la cueva que lo había acogido y desplegó su figura hacia el lugar de las arideces y la arena.
Una nueva fuerza estaba corriendo por sus venas. No era el agua ni la resina bienhechora, era la palabra queda y complaciente del amigo la que había obrado el milagro de la calma y el alborozo.
18-09-09 – 10:23 a.m.



