EL LECTOR DEL BIGOTE BLANCO


Loco-mbiano

En la misma banca de madera en que descansan o esperan los caminantes o clientes de La Sebastiana a la salida al Mar en La Portada, lo vi tranquilo con sus ojos negros. Leía el miniperiódico ADN con aire de descuido. Parece que le importaba más el panorama de en frente.
Cuando crucé por su lado me miró con curiosidad y hundió luego sus ojos otra vez entre el periódico. ¿Qué estaría leyendo? ¿Algo en especial le interesaría o solo lo hacía porque alguien pagado lo puso a su disposición?
El hombre lector de unos 70 años, tenía algo de especial y no solo destacaba en él su pronunciado bigote casi blanco, algo amarillento tal vez porque alguna vez fumó por largo tiempo y su mostacho se tiñó de humo.
El hombre en cuestión, tal vez, era pensionado, viudo o en algún tiempo tuvo comodidades. Su ropa, sus maneras de presentarse, su rostro afeitado y sus zapatos hablaban de su condición. ¿Quién era, por qué esa soledad, a qué se debía su presencia en ese lugar a hora tan temprana del día?
Su bigote que le imprimía seriedad, era reflejo de un ser que alguna vez debió tener familiares a su lado. El periódico hoy era su única compañía. Ni saber de la situación de James o de la lesión de Falcao o ver el rostro quemado de Natalia o las noticias de La Habana le interesaban. La lectura de ADN era el pasatiempo perfecto y la disculpa para sentarse a las puertas de la panadería de la que salían quienes desayunaban a esa hora.
¿Qué haría después, cuando ya se cansara de tener el periódico entre sus manos sin que le dijera nada? Tal vez lo dejaría sobre la silla o lo colocaría bajo sus axilas y caminaría sin rumbo calle abajo o seguiría, más bien, el curso del río.
Merced a su bigote blanco había llenado una página del año en un Bulevar que va registrando hechos y figuras. La Sebastiana no lo tuvo entre sus clientes aunque estuvo a sus puertas y su nariz captó el olor del pan, el chocolate y los huevos revueltos. La Mariamulata de córvido pico lo miró con sus ojos de hojalata y el ojo con la ceja izquierda elevada de Borges en el poste le guiñó a modo de sonrisa cómplice.
Seguramente al hombre del mostacho ahumado no lo volveré a ver. Su porte, su figura que guarda unos secretos detrás de sus pestañas probablemente nunca más volverán a aparecer a leer en esta silla. El tiempo se lo llevará en el chaleco y lo conducirá a otro estadio a dejar su halo tal vez con la suerte de probar distinto pan que el de La Sebastiana o los delicatessen del Valparaíso, al frente.
Buen viento y poco sol hirviente para este lector que nos proporcionó la oportunidad de conocerlo por primera vez, y tal vez, la última.



