El laberinto del debate público y la ilusión de tener siempre la razón

La pérdida del sentido común en la conversación

El debate público atraviesa una crisis de desgaste acelerado. En la conversación cotidiana, en las plazas digitales y en los escenarios de discusión política, la confrontación de ideas dejó de ser un ejercicio de construcción para convertirse en un choque de dogmas. Cada interlocutor opera desde su propia lógica, asumiéndose poseedor de una verdad absoluta e inmune a la evidencia.
En ese mercado de vanidades intelectuales, la discusión estéril sólo produce agotamiento. Renunciar a la pelea infructuosa representa una postura de madurez analítica y economía emocional.
Hace poco apareció en Facebook, en un grupo llamado Ejercicios Mentales en Mislata, una imagen sencilla: varios vasos conectados entre sí por tubos, con una pregunta igualmente sencilla sobre cuál de ellos se llenaría primero. Cuando vi este asunto, más de doscientas personas habían respondido. El resultado fue lo más revelador para confirmar lo dicho sobre la naturaleza humana y sus certezas.
José Díaz dijo que el orden era 2, 5 y 7. Sara Zalazar dijo que el 7 primero. Eva Alday apostó por el 2, luego el 5 y después el 7. Jorge Luis Guzmán dijo simplemente el 2. Emigail Ramírez confirmó el 2 con absoluta seguridad. Orleans Suárez señaló que ninguno tenía tapón. Mario Avendano eligió el 3. Eduardo Quintero Calderón también eligió el 3. Mario Berrocal Llorente respondió el 3 con la contundencia de quien no admite réplica. José Alberto Martín Álvarez votó por el 5. Alba Delmastro por el 7. Silvia Brito del Pino dijo el 5, medido con la regla. Miriam Terpay dijo el 4.
Doscientas personas. Un solo problema. Decenas de respuestas distintas, cada una entregada con la convicción del que sabe.
Eso es la humanidad en su estado más puro: cada quien con su verdad, cada quien con su lógica, cada quien absolutamente convencido. Y todos, en alguna medida, con algo de razón y algo de error. El ejercicio no era una trampa ni una pregunta con doble fondo filosófico. Era un problema con una respuesta definida. Pero la certeza de cada participante no dependía de la respuesta correcta sino de la forma en que cada uno procesó la imagen, la pregunta y sus propias referencias previas.
Este fenómeno, en apariencia inofensivo, sintetiza la tragedia del debate moderno. Si la sociedad encuentra imposible ponerse de acuerdo sobre un hecho observable y físicamente verificable en un dibujo, la posibilidad de pactar consensos sobre asuntos complejos como la economía, la política, la justicia o el desarrollo territorial se vuelve remota. La evidencia objetiva fue sustituida por la convicción personal. Esa es la polarización… la Ilógica…
En este mercado de opiniones contrapuestas, la terquedad desplazó al argumento. Renunciar a la pelea o a la discusión reiterada no significa apatía ni falta de carácter; constituye una postura analítica frente al desgaste inútil. Comprender que el entorno está sobrepoblado de «iluminados» intocables por la lógica permite administrar las energías intelectuales para transformaciones reales y conversaciones fecundas.
La madurez del pensamiento radica en reconocer los límites del debate. Cuando la razón se vuelve una mercancía ruidosa donde todos creen ostentar el monopolio de la verdad, el silencio analítico y la firmeza en las convicciones propias se convierten en la mejor trinchera periodística y ciudadana.
Esto no significa que la verdad no exista o que todos los argumentos valgan lo mismo. Significa que la discusión rara vez es el camino hacia ella. Las personas cambian de opinión en soledad, en el silencio de una reflexión propia, cuando algo que leyeron o vivieron les sacude una certeza desde adentro. Casi nunca cambian porque alguien los convenció en una discusión.
Decidí entonces ocupar la energía que antes destinaba a convencer en algo más útil: observar, entender y escribir. Proclama del Pacífico existe para eso. Para poner los hechos sobre la mesa, para documentar lo que ocurre, para hacer las preguntas que nadie quiere responder. El lector construye su propia conclusión. Esa es la única forma honesta de hacer periodismo y, al mismo tiempo, la única forma sensata de relacionarse con la pluralidad de verdades que conviven en el mercado humano.
Doscientas personas respondieron el ejercicio de los vasos. Ninguna llamó al resto ignorante. Cada una simplemente dijo su número y siguió su día. Tal vez en eso hay más sabiduría de la que parece.
Y mientras terminaba de escribir estas líneas, me sorprendí discutiendo con la inteligencia artificial sobre cuál vaso se llenaba primero. Quería ver cómo «analiza» la máquina. Dos veces me dio una respuesta equivocada con absoluta certeza. A la tercera convencí a la I.A. de que el vaso 2 es la respuesta correcta: el primero que recibe el flujo directo desde el tubo principal, por física básica. Nadie escapa de esto. Ni yo. Ni la máquina.
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