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Viernes, 2 de octubre de 2026

El éxito como delito imaginario

El éxito como delito imaginario

Alfonso Luna Geller

  • Hay quienes, incapaces de construir una escalera para subir, dedican su talento a serruchar la escalera de quienes van ascendiendo.
  • La mediocridad se vuelve peligrosa cuando deja de ser una condición individual y consigue organización, micrófono y audiencia.
  • El éxito ajeno convertido en la condena del mediocre.
  • La cultura del resentimiento, del inmovilismo y del sabotaje al progreso.
  • El fracaso convertido en ideología.
  • El miedo al progreso también empobrece regiones.

Hay sociedades que compiten para crecer y otras que gastan su energía en impedir que otros crezcan. Las primeras construyen futuro. Las segundas convierten la envidia en política, el atraso en identidad y la mediocridad en mecanismo de control social.

En estas, el crecimiento ajeno provoca irritación. El éxito despierta sospechas. La innovación incomoda. La prosperidad empresarial se interpreta como una amenaza. El reconocimiento obtenido por alguien del mismo territorio produce una reacción que resulta difícil de comprender desde cualquier lógica de desarrollo.

Una comunidad que utiliza sus medios, sus redes sociales, sus conversaciones públicas y algunos de sus liderazgos para perseguir a quien prospera termina construyendo una cultura donde la mediocridad es la protegida.

Entonces, el atraso es convertido en zona de comodidad. Y puede llegar a defenderse con sorprendente ferocidad. Miremos nuestro entorno.

Investigar para destruir

La investigación debería servir para descubrir soluciones, identificar oportunidades, vigilar el poder, denunciar irregularidades comprobables, encontrar nuevas rutas de desarrollo y mejorar la vida colectiva.

Pero existe otra forma de investigación. La que empieza con un objetivo previamente definido: encontrar algo, cualquier cosa, que permita golpear al que ha avanzado. Allí desaparece la curiosidad y aparece la persecución.

Se buscan contratos, relaciones, fotografías, errores, declaraciones antiguas, rumores, documentos y circunstancias con una sola finalidad: construir una narrativa que reduzca al exitoso hasta el tamaño emocional de quien lo observa.

Ese ejercicio consume tiempo. Consume inteligencia. Consume recursos. Y produce exactamente cero desarrollo.

Mientras unos trabajan para conquistar mercados, modernizar procesos, formar equipos, generar empleo y construir patrimonio, otros pasan jornadas enteras intentando demostrar que ese crecimiento debería avergonzar a quien lo consiguió.

La diferencia entre ambos modelos termina viéndose en los resultados. Que se convierten en envidia.

El éxito como delito imaginario

Una de las características más dañinas de las sociedades estancadas consiste en convertir el éxito en una sospecha.

El empresario que crece tiene que explicar por qué creció.
El medio de comunicación que aumenta su audiencia debe justificar que tenga audiencia.
El profesional reconocido debe disculparse por ser reconocido.
El emprendedor que compra tecnología despierta sospechas.
La empresa o entidad que contrata personal empieza a ser observada como si hubiera cometido una falta o un delito.

Así se construye una cultura profundamente contraria al desarrollo.

La riqueza obtenida legalmente, el empleo creado, la productividad, la expansión empresarial y la innovación deberían ser indicadores positivos para cualquier territorio.

Una región necesita empresas fuertes.
Necesita profesionales capaces.
Necesita medios sostenibles.
Necesita emprendimientos que sobrevivan.
Necesita personas que quieran ganar más, producir más, emplear más y llegar más lejos.

El desarrollo empieza cuando una sociedad comprende que el éxito de uno puede convertirse en oportunidad para muchos.

Proclama del Pacífico y el pecado de crecer

El éxito como delito imaginario

Proclama del Pacífico conoce muy bien esa paradoja.

Su crecimiento ha permitido sostener de manera digna a más de veinte grupos familiares vinculados directamente con su operación.

Detrás de cada empleo existe una familia.
Detrás de cada contrato existe una actividad económica.
Detrás de cada expansión tecnológica existe inversión.
Detrás de cada nuevo lector existe trabajo periodístico.
Detrás de cada plataforma que crece existen años de esfuerzo, riesgo empresarial, jornadas interminables, equivocaciones, correcciones y decisiones.

Ese proceso debería entenderse como una buena noticia para cualquier territorio.

Sin embargo, para el nuestro, termina convertido en combustible.

El crecimiento irrita.
La audiencia molesta.
El reconocimiento incomoda.
La capacidad empresarial despierta resentimientos.

Entonces aparecen campañas, comentarios, insinuaciones y publicaciones cuya finalidad parece reducir lo construido.

La pregunta es inevitable: ¿qué gana una región destruyendo aquello que funciona?

Nada.
Pierde empleo.
Pierde empresas.
Pierde inversión.
Pierde referentes.
Pierde confianza.
Pierde futuro.

El pasado convertido en refugio

Algunas regiones viven excesivamente enamoradas de sus antiguas glorias.

Recuerdan personajes ilustres, épocas de esplendor, instituciones que alguna vez fueron referentes y momentos históricos que todavía ocupan buena parte de la conversación pública.

La memoria tiene valor. El problema empieza cuando sustituye al futuro.

Una sociedad puede sentirse orgullosa de lo que fue y, al mismo tiempo, preguntarse qué está construyendo hoy.

La modernidad exige nuevas empresas, conectividad, inteligencia artificial, educación pertinente, infraestructura, innovación, cooperación regional y capacidad para competir.

Las estatuas no generan empleo. Las nostalgias no aumentan productividad. Los relatos sobre antiguos esplendores no sustituyen una economía moderna.

Una región que vive mirando permanentemente hacia atrás termina descubriendo demasiado tarde cuánto avanzaron las demás.

La envidia tiene costos económicos

La envidia suele analizarse como un defecto individual.
También puede convertirse en un problema colectivo.

Cuando una sociedad castiga socialmente al que progresa, reduce los incentivos para emprender.
Cuando cada logro provoca una campaña de descrédito, el mensaje dirigido a los jóvenes resulta devastador.
Cuando abrir una empresa, tener éxito o conseguir reconocimiento termina convirtiéndose en motivo de persecución, algunos simplemente deciden marcharse.

Así ocurre la fuga de talento.
Así se pierden inversiones.
Así los mejores proyectos terminan instalándose en otro lugar.

El territorio conserva entonces a quienes aprendieron a convivir con el estancamiento y expulsa a quienes estaban dispuestos a desafiarlo.

La consecuencia queda reflejada años después en indicadores de empleo, competitividad, productividad, innovación y calidad de vida. Observar los indicadores DANE para el departamento del Cauca.

Crecer juntos

El éxito como delito imaginario

El desarrollo regional exige otra mentalidad.

Santander de Quilichao, Popayán, Cali, Buenaventura, Pasto, Quibdó y cualquier municipio del Pacífico necesitan entender que sus economías pueden complementarse.

Una empresa que crece en Quilichao puede generar oportunidades en Popayán.
Una universidad fuerte en Popayán puede formar profesionales para todo el Cauca.
Una plataforma tecnológica creada en Cali puede beneficiar emprendimientos del norte del Cauca.
Un medio regional que amplía su audiencia puede darle visibilidad a empresas, entidades oficiales, organizaciones y comunidades de toda la región.

Así funciona un ecosistema moderno.

La cooperación multiplica.
El resentimiento divide.

El verdadero adversario

Nuestro adversario regional jamás debería ser quien prospera limpiamente.

El adversario es la pobreza.
El desempleo.
La informalidad.
La falta de educación.
La ausencia de tecnología.
La baja productividad.
La violencia.
La corrupción.
La incapacidad para competir.
El atraso.

Quien crea empleo está ayudando a combatirlos.
Quien innova está ayudando a combatirlos.
Quien invierte está ayudando a combatirlos.
Quien construye una organización sostenible está ayudando a combatirlos.

Quien destruye gratuitamente esas iniciativas está ayudando exactamente al problema que dice combatir.

El progreso no necesita permiso

El éxito como delito imaginario

Ninguna empresa seria debería reducir su crecimiento para tranquilizar a quienes se sienten incómodos frente al éxito ajeno.
Ningún emprendedor debería pedir disculpas por prosperar.
Ningún profesional debería ocultar sus logros.
Ningún medio debería renunciar a ampliar su audiencia porque algunos interpretan el crecimiento como arrogancia.

Las regiones salen adelante gracias a quienes construyen.
Y construyen pese a quienes intentan impedirlo.

El Pacífico colombiano necesita más empresas exitosas, más universidades competitivas, más investigadores, más tecnología, más inversión, más medios sólidos, más empresarios responsables y más jóvenes convencidos de que su futuro puede ser mucho mayor que el horizonte limitado que otros quieren imponerles.

Proclama del Pacífico sigue su ruta de expansión, sostiene sus compromisos y construye su futuro con hechos. La respuesta a la envidia siempre ha sido la misma: más resultados. En consecuencia, pronto estaremos anunciando la próxima expansión, el próximo proyecto, el próximo logro.

Porque el atraso también tiene defensores, ya es hora de dejar de obedecerles.

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Imágenes generadas con inteligencia artificial por ChatGPT para Proclama del Pacífico.


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