EL DURMIENTE BAJO LA MANTA ROJA EN EL RÍO


Loco-mbiano

A todos los indigentes del mundo.
No obstante las lluvias o los calores sofocantes o el inclemente frío en las noches y madrugadas, la escena la hemos visto repetida. Un hombre, a quien no le conozco la estatura, mas sí la figura, su barba y su indigencia, ha adoptado el costado de la orilla del Río Cali por lecho de sueño y descanso en la cercanía del Barrio Santa Rita.
Mientras las iguanas demuestran su poderío entre las ramas de un árbol corpulento, los canarios alegran con sus saltitos de amarillo y copete rojizo, los gavilanes avisan su presencia con largos silbidos o el río cambia de color, caudal y rumor cada día, este hombre nos sorprende con su bulto recostado debajo de una cobija bermeja al abrigo del Río.
A nuestro paso mira uno a la izquierda y lo ve allá, arropado, seguramente dormido, soñando con escenas del día pasado.
No tener Fortuna ni andar de la mano de la prosperidad da unos placeres que nadie los llamaría felicidad. Sin embargo, poder dormir sobre el pecho de la ribera y arrullado por el rum, rum del río son dones que muchos desearíamos como parte del confort al llegar el alba.
Nos imaginamos en la simplicidad al casual durmiente. Pasa el día buscando como el pez el alga o como el pajarillo su gusano o la semilla sobre troncos o picando la tierra como un labriego. Entre guijarros busca alimento en las basuras abandonadas por los ricachones que viven a sus espaldas y, cansado, ve llegar el final del día y el momento de desplegar la cobija vinolenta que le cubrirá las penas.
Con paciencia y dulzura limpia la tierra que lo abrazará de noche, extiende los trapos que ha conseguido conforme a la medida de su cuerpo y se deja caer para empezar la tarea más importante de su azarosa vida: dormir bajo el dulce color rojo de su colcha a cuadros.
Se cubre todo. Piernas, pies, brazos y espaldas. Tapa su cara y sus cabellos, esconde sus manos entre las piernas para agarrar el calor que sale de su vientre y empieza a llamar al sueño.
Como un eremita o un santón hindú siente con su pecho que el suelo lo acoge y asienta la cabeza contra él. Su oído percibe claramente el borboteo cercano del agua que le entona una canción lejana. Percibe, tal vez, los latidos del corazón de su madre cuando era niño y a lo lejos un coro de ranas enanas le croa un mantra monacal. Entrará en letargo y aparecerá de pronto con su uniforme, su escuela, los regalos, los dulces y las miradas compasivas de mujeres en su juventud precaria.
En la ciudad habrá ruido, crimen, turnos mal pagos en las fábricas, bailes y revueltas en burdeles. Eso no será parte de sus sueños. Ya las ocupaciones y problemas de la sociedad de consumo no le llenan las neuronas que alimenten su relax. Amanecerá y volverá a soñar en ser pez, martín pescador, iguana o ruiseñor y se despertará muy a las diez de la mañana a continuar su otro canon de rutinas.



