El Dios de Einstein


Foto: Huellas de una mente libre.
El Dios de Einstein

“Dios no juega a los dados” es una famosa frase que con frecuencia encontramos en la portada de revistas, libros, plegables y todo tipo de publicaciones de las distintas religiones existentes; principalmente aquellas de raíces cristianas. Una frase que de manera casi invariable tiene como fondo la imagen desgreñada del gran genio de la física, y de su famosa fórmula E= mc2 resaltada en una gran viñeta.
Y cuando nos adentramos en las páginas de estas publicaciones, o tenemos la desgracia de toparnos con alguno de los apóstoles de la religión que pregonan, no es extraño que se nos espete con expresiones tales como: “Albert Einstein, el más grande científico de todos los tiempos creía en Dios; ¿con qué derecho, entonces, tiene usted el descaro de llamarse ateo?”.
Pero ocurre que la frase en cuestión –como suele suceder con todas aquellas que se aíslan de su contexto– puede ser utilizada al amaño de quien la cita, convirtiéndose en una tergiversación de la idea original o en una gran patraña, como es este el caso. Algo que evidentemente no le importarle un comino a los “apóstoles”; y en general a los creyentes de cualquier secta o religión, quienes estiman que la mentira utilizada con fines proselitistas no sólo no es inmoral, sino lícita y virtuosa.
La razón por la cual los creyentes recurren a este engaño radica en el llamado Argumento o principio de Autoridad; un procedimiento que en epistemología se expresa mediante la locución latina magister dixit (el maestro lo dijo). Es decir, no se trata de una proposición científica sustentada por hechos y argumentos demostrables, sino aceptada por el solo hecho de estar o ser afirmada por un texto o un personaje de prestigio; verbigracia la Biblia, Arquímedes o; como en este caso, Albert Einstein.
¿Y cuál es el contexto original de la frase Dios no juega a los dados?
Einstein, partidario del determinismo laplaciano («si se conocieran las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, todo el futuro quedaría explicado»), se oponía al «Principio de Indeterminación» de Heisemberg; el cual afirma que es imposible determinar con precisión absoluta y de manera simultánea algunas magnitudes físicas; tales como la velocidad y la posición; lo cual, obviamente, invalidaría el Determinismo de Laplace.
Respaldando este indeterminismo de la nueva física, el físico alemán Max Born escribe en una carta a Albert Einstein: “El corazón de la teoría de la mecánica cuántica late de forma aleatoria e incierta, como si sufriera una arritmia. Mientras que la física anterior a la cuántica siempre había consistido en hacer esto y obtener aquello, esta nos dice que cuando hacemos esto, obtenemos aquello sólo con una cierta probabilidad. Y en algunas circunstancias podríamos obtener lo otro”. A lo que Einstein; amante de la poesía, la filosofía, la literatura y el arte en general, recurriendo a una suerte de metáfora o alegoría para referirse a las rigurosas leyes que subyacen tras los fenómenos físicos del universo; incluidos los atómicos, le responde en una carta fechada el 4 de diciembre de 1926: “La mecánica cuántica es ciertamente imponente. Pero una voz interior me dice que no es todavía la verdad completa. La teoría dice mucho, pero no nos aproxima un ápice al secreto del “viejo”. Yo, en cualquier caso, estoy convencido de que él no lanza dados”.
Y en otra misiva al mismo Born, fechada en 1944: “Tú crees en el Dios que juega a los dados, y yo en una total ley y orden en un mundo que, de manera salvajemente especulativa, estoy tratando de capturar”.
Fue de ahí, entonces, que los partidarios del movimiento creacionista sacaron del contexto la famosa frase del gran físico; suscribiéndolo de paso como uno más de sus miembros, y además justificando con ella el famoso camelo llamado “Diseño Inteligente del Universo”, según el cual todo está planeado y ejecutado por la voluntad de un Dios omnipotente y omnisciente.
Pero, ¿en realidad creía o no creía Einstein en la existencia de Dios?
En el libro “Mi Visión del Mundo”, que recoge en su primera parte los escritos en los que Einstein reflexiona no sólo sobre su propia vida, sino también sobre la sociedad, la religión la política y la economía, dice:
“No puedo concebir un Dios que premia y castiga a sus criaturas, o que tiene voluntad, tal como la tenemos nosotros. Tampoco quiero ni puedo concebir que un individuo sobreviva a su muerte física: Dejad a los espíritus débiles atesorar estos pensamientos, movidos por el miedo o absurdo egoísmo”.
En el libro “Mis ideas y opiniones”; una selección de sus escritos preparada por el mismo Einstein poco antes de su muerte, dice:
“El deseo de ser guiado, amado, y apoyado se expresa en los hombres en su concepción social y moral de Dios… el hombre que está convencido del funcionamiento universal de la ley de la causa no puede entretenerse en la idea de un ser que interfiere en el curso de los acontecimientos… un Dios que premia y castiga no es concebible para él”.
Y en «Albert Einstein: The Human Side«, de Dukas y Hoffman, Princeton University Press, 1954:
«No creo en la inmortalidad del individuo, y considero que la ética es un asunto humano que no debe tener ninguna autoridad supra humana detrás.”
«Todo eso que usted lee acerca de mis convicciones religiosas es una mentira sistemáticamente repetida. No creo en un Dios personal, siempre lo he expresado claramente.”
Entrevista en New York Times, 19 de abril de 1955:
«No puedo imaginarme un Dios que premia y castiga a los objetos de su creación, cuyos propósitos están modelados según los nuestros… un Dios, por decirlo brevemente, que no es sino el reflejo de la fragilidad humana. Tampoco puedo creer en un individuo cuya vida sobrevive a su cuerpo, a pesar de que almas débiles mantienen semejantes cosas por miedo o un egoísmo ridículo»
En Science, Philosophy, and Religion, A Symposium (Un Simposio de ciencia, filosofía y religión):
“Cuanto más imbuido esté un hombre en la ordenada regularidad de los eventos, más firme será su convicción de que no hay lugar —del lado de esta ordenada regularidad— para una causa de naturaleza distinta. Para ese hombre, ni las reglas humanas ni las \»reglas divinas\» existirán como causas independientes de los eventos naturales. De seguro, la ciencia nunca podrá refutar la doctrina de un Dios que interfiere en eventos naturales, porque esa doctrina puede siempre refugiarse en que el conocimiento científico no puede posar el pie en ese tema. Pero estoy convencido de que tal comportamiento de parte de las personas religiosas no solamente es inadecuado sino también fatal. Una doctrina que se mantiene no en la luz clara sino en la oscuridad, que ya ha causado un daño incalculable al progreso humano, necesariamente perderá su efecto en la humanidad. En su lucha por el bien ético, las personas religiosas deberían renunciar a la doctrina de la existencia de Dios, esto es, renunciar a la fuente del miedo y la esperanza, que en el pasado puso un gran poder en manos de los sacerdotes. En su labor, deben apoyarse en aquellas fuerzas que son capaces de cultivar el bien, la verdad y la belleza en la misma humanidad. Esto es de seguro, una tarea más difícil pero incomparablemente más meritoria y admirable” … Sí, indudablemente ‘una tarea difícil’ para todo tipo de religiones, sectas y demás grupos fanáticos que, como bien anotara el mismo Max Born un año antes de su muerte (1970), tienen “La creencia en una única verdad y en ser poseedores de ella es la raíz más profunda de todo el mal del mundo”
Y para que quede clara de una vez por todas la posición frente a este tema, del eterno contestatario que fue Einstein, leamos esta cita, tomada de la carta que en enero de 1954 dirigiera al filósofo alemán Eric Gutkind; la misma que en 2008 fuera subastada en 400 mil dólares:
“La palabra Dios no es para mí más que la expresión y el producto de la debilidad humana, la Biblia una colección de honorables, pero aun así primitivas leyendas que son, no obstante, bastante infantiles. Ninguna interpretación, no importa cuán sutil sea, puede (para mí) cambiar esto”.
Por último, una carta de Einstein, enviada a Guy H. Raner Jr, el 2 de julio de 1945, en respuesta a un rumor de que un sacerdote jesuita lo había convertido desde el ateísmo:
“He recibido su carta del 10 de junio. Nunca he hablado con un sacerdote jesuita en mi vida y estoy asombrado por la audacia de tales mentiras sobre mí. Desde el punto de vista de un sacerdote jesuita, soy, por supuesto, y he sido siempre un ateo.”
Y; a manera de reivindicación, las siguientes reflexiones que aparecen en “Mi visión del mundo”:
“El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir. Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de la ciencia verdaderos. Quien no la conoce, quien no puede asombrarse ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han extinguido.
Esta experiencia de lo misterioso -aunque mezclada de temor- ha generado también la religión. Pero la verdadera religiosidad es saber de esta Existencia impenetrable para nosotros, saber que hay manifestaciones de la Razón más profunda y de la Belleza más resplandeciente sólo asequibles en su forma más elemental para el intelecto.
En ese sentido, y solo en éste, pertenezco a los hombres profundamente religiosos”.
En conclusión:
- El Dios de Einstein no era ni siquiera la ciencia; tenía una prudente confianza en ella –como la que puede tenerse en la fidelidad de la pareja, por ejemplo–, no una fe… (sobra decir ciega, pues esa es la principal “virtud” de la fe auténtica). Sabía muy bien que tanto una como otra son concepciones humanas; es decir, falibles. De hecho, en su celebrada Teoría General de la Relatividad, concretamente en las llamadas ecuaciones de campo de Einstein, introdujo la famosa constante cosmológica, la misma que a la luz de las posteriores observaciones astronómicas, le llevaron a decir que había sido el mayor error de su vida como científico.
- Para Einstein, Dios no juega a los dados con el universo; como tampoco Einstein juega a los dioses con la ciencia.
- Al pobre Einstein sólo le faltó desear que Dios existiese, para que pudiera dar fe de que él (Einstein) no creía en la existencia de él (Dios).
- Más que una conclusión es un interrogante: ¿qué pasaría sí, como opina la mayoría de físicos cuánticos, Dios si juega a los dados; es decir, el universo es probabilístico y sólo razonablemente predecible? Respuesta: pues que Dios perdería dos de sus principales atributos; esto es, la omnisciencia y la omnipotencia. Algo que obviamente sería una inconsistencia, una contradicción que a su vez estaría dando lugar a una irónica paradoja: que Einstein, el ateo, con su “Dios no juega a los dados”, se convierta en el principal defensor de Dios, su gran partidario; al dar por sentadas su omnipotencia y omnisciencia para lograr determinar con absoluta precisión hacia dónde se dirige el universo que alguna vez pusiera en marcha.
12 TRINOS
- El 21 de marzo –dizque Día Mundial de la Poesía– recordé un hermano que siempre me presentaba a sus amistades como “mi hermano, el poeta”. Yo, azorado, sonreía en silencio. Él ya descansa en paz. Y también yo.
- ¿Cuál fue el pensador que dijo que lo importante no es ser un pensador sino parecerlo?
- El poeta, como el guayacán: sin hojarasca, desnudo para florecer.
- Principio de culpabilidad: todo político es culpable; mientras no se demuestre lo contrario.
- A esos ridículos esnobs (¿pleonasmo?) que hablan de la Pachamama, da ganas de mentarles la Putamadre.
- Viendo el estado de algunas personas en su cumpleaños, uno se pregunta si de verdad es bueno cantarles eso de “…que los sigas cumpliendo hasta el año 3000”.
- Tengo una alacena donde guardo poemas para que se añejen, para que maduren… La mayoría se agria, se pudre.
- Al cruel despecho le sigue, irremediablemente, algo más cruel y más triste aún: el desencanto.
- Una amiga me escribe: “los perros son ante todo unos poetas”. Le pregunto si también cree en la recíproca: “los poetas son; ante todo, unos perros”.
- Es muy fácil separar la paja del grano; no así del cine porno.
- Los mismos que niegan los viajes del hombre a la luna, creen firmemente en viajes astrales y hombres que han visitado Ganimedes.
- A los grandes maestros se les llama maestros precisamente porque siempre nos enseñan cosas que no pueden aprenderse.
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