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Jueves, 8 de octubre de 2026
martes 16 marzo, 2010 a las 1:01 pm
EL DÍA DE LA QUEMA SE VIO EL HUMO
carlosprieto.net/…/opinion/columnistas/
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
No todo fue folclor y orden, seguridad y transparencia el día de elecciones. Hubo congestiones, faltaron mesas, sobraron jurados, aparecieron formularios pre-marcados y se vieron simpatizantes soplando al oído sus favoritos. Faltó control y a la postre no se advirtieron las posibles consecuencias de los tarjetones tan complejos de manejar por el ciudadano raso.

¿Qué hubo elecciones democráticas? Tal vez sí, con exageración. Pero como en la comida y en la vida, todo aquello de lo que se abusa, se vuelve pernicioso. La Constitución del 91 permitió que a la alta dignidad de representante y senador se llegara sin apenas requisitos que garantizaran idoneidad. Por solo el hecho de ser colombiano y de tener un límite en la edad cualquiera puede convertirse en Padre la Patria y llegar a representar a Colombia ante el concierto de naciones.

El domingo hubo varios fenómenos que el colombiano común no ha sopesado con cuidado. Salieron a votar los liberales de ruana y camisa roja por el discurso de Pardo, de Simón Gaviria y la esperanza del vicepresidente joven. Fue heroico el resultado de poner en las urnas la cantidad suficiente para mantener la fuerza en el Congreso sin las artimañas y las montañas de plata de las campañas adictas al gobierno que fenece. El liberalismo se hizo patente, con los votos rojos y aún con la gente que desertó de sus filas para unirse a partidos como la U y Cambio Radical. Así vistas las cosas, sigue siendo el partido más compacto y fiel a sus principios.

Brilló la honestidad a prueba de Mockus, y su combo. Jamás había sucedido que una tripleta lograra abrirse paso sin insultos, sin untar la mano ni llenar estómagos. Con la gentileza a flor de labios, demostrando que la cortesía y la honestidad puede ser otro estilo de gobierno. ¿Con quién se aliará Mockus ahora, o quiénes más lo querrán acompañar en esta empresa de cambiar la corrupción, la altanería y el desgreño administrativo por la solidaridad, la transparencia y el buen uso de los recursos públicos? ¿Quiénes le apostarán a desbaratar este capital bien habido que no se debe desperdiciar?

Los conservadores como gatos se agrandaron para sacarse unos a otros las uñas, haciendo lo que le aprendieron al jefe. Mientras cada uno iba ganando todo fue calma, pero cuando vino el cambio de candela para la torta, llegaron las quejas y los reclamos y rabietas de niño chiquito. Ni los amigos lo pudieron ocultar y llegaron con agua tibia a apagar las llamas.

Se nos coló gato por liebre, se nos cambió el rótulo de demócratas por el de compradores de votos. La plata rumbó por las calles, los tamales y el hambre pudieron más que la sana conciencia. ¿Quién se sentará al lado de ellos en la cámara o en el Senado como en aquellos tiempos del “patrón”? Este invento del Pin y otros partidos es un antecedente peligroso para la competencia democrática. Mal ejemplo es que todo mundo quiera “colaborar” y llenar las urnas a cambio de una recompensa o infelices $40.000 pesitos.
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