El día al día



El día al día
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Viene un día y sigue el otro como el segundo al segundo. Un poco más lento, pero como la tortuga, llega. Los días son fieles a sí mismos. No se copian. Tienen los mismos segundos y minutos. Empiezan a la misma hora que mostraba el reloj ayer o hace un año.
Sí, los días, en tanto su duración y su estructura interna son iguales. Solo de esto estoy hablando. Porque un día no se parece a otro. Cada día es fiel a sí mismo. Da su tiempo al ser humano y a todo aquello que lo acompaña. A los árboles, a los vientos, al mar, al sol. A todos les cumple.
Nace el día sin preguntarle a nadie qué necesita. Cada día no tiene una libreta para señalar cómo va a alumbrar o si va llenarlo de tempestad o calma o si en su seno va a nacer una criatura o un presidente se va a suicidar o va a tomar posesión de una nación.
Cada día será fiel al tiempo que significa y que corre por sus segundos. Dejará que cualquier cosa ocurra. Alguien podría tomar el libro que registra la historia de cada día y vería que no hay uno solo – desde que los días existen – que sea igual al anterior o al que sigue o a cualquier otro de hace miles de años. Qué tal que un día se repitiera… y que ocurrieran las mismas cosas que ocurrieron el día que repite.
Sería desastroso que algo así ocurriera cada cien años o que un día el día quisiera darse vacaciones y se detuviera y no amaneciera un lunes. Y apareciera la semana siguiente con el cuento de que estaba en Miami o en Bagdad, Moscú o Buenos Aires.
Cada día tiene su afán, dice el dicho. Como si los días tuvieran afán. Quienes tienen afán son los novios o los esclavos o los aburridos o los presos a quienes les faltan 2400 días para cumplir su condena. Los días no tienen corazón y no laten por el cansancio o por la espera de otros ni tienen quien les exija que marchen más rápido.
Cada día de la semana o del año les cumple a todos. A cada trabajador al completar su período para vacaciones, a la madre que espera al hijo que bulle en sus entrañas o al recluso que cuenta uno por uno los días que le faltan para cumplir la condena. A nadie le corre el día. Cada una noche se acostará tranquilo cada día porque ha cumplido su tiempo exacto. Nadie le podrá reclamar porque se demoró o se anticipó o se saltó al día siguiente o dejó de salir el miércoles y alteró el calendario.
Yo puedo ser cumplido y lo he sido. Pero no soy repetitivo como los días en su horario. Nadie podrá ni querrá tener el destino de los días. Nacemos con otra cuerda y maquinaria.
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07-05-19 – 10:04 a.m.



